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Chapter 14

Un sábado de mayo, ya con el piso de la calle Rúa Nueva definitivamente suyo y de Diego, y las cajas de la mudanza vacías desde hacía semanas, Elena recibió una llamada de Rosa, del Archivo Histórico Provincial, con una noticia que no esperaba.

Elena, sentada a la mesa de la cocina con el teléfono en una mano y una taza de café ya frío en la otra, sintió una emoción que no esperaba: alivio, y algo parecido al orgullo por alguien a quien no había conocido nunca y con quien, sin embargo, no compartía ningún lazo de sangre.

Rosa le envió la copia por correo esa misma mañana, y Elena la leyó de una sentada, deteniéndose especialmente en la última línea manuscrita del expediente, sin firma identificable: "Visto.

Sin más actuación por el momento." No era una absolución.

Era, simplemente, el cierre burocrático de un asunto que a alguien, en algún despacho que ya nadie podría identificar, le había parecido no merecer mayor atención.

Y sin embargo, pensó, esa misma frase mínima era la prueba de que la resistencia de aquel médico —que ni siquiera era de su propia sangre, el sucesor de su bisabuelo— había funcionado exactamente como él esperaba.

Aquella noche se lo contó a Diego mientras cenaban en la cocina nueva, todavía con el eco metálico de un piso recién estrenado y sin apenas muebles, con dos sillas plegables que pensaban cambiar en cuanto ahorraran un poco más.

—Es raro pensar que hay gente que hizo lo correcto sin que nadie se lo agradeciera nunca —dijo Diego, sirviéndose la segunda copa de vino—. Ni Bazán supo si su gesto sirvió de algo. Ni tu bisabuelo supo qué pasó con el pueblo después de irse.

—Y sin embargo los dos actuaron igual, por su cuenta, sin saber el uno del otro.

Eso es lo que más me sorprende de todo esto.

No hizo falta que se pusieran de acuerdo.

Bastó con que los dos vieran el mismo peligro con la misma claridad, separados por veinticinco años y por no haberse conocido jamás.

—¿Y eso te hace sentir mejor sobre el resto de la cadena? Sobre toda la gente que sí miró para otro lado, quiero decir.

Elena pensó la respuesta más tiempo del que la pregunta parecía requerir, dando vueltas al tenedor entre los dedos.

—No sé si mejor. Pero sí me hace pensar que la historia no es solo la suma de quienes no preguntaron. También es la suma, mucho más pequeña y mucho más silenciosa, de quienes sí lo hicieron.

Fue Diego quien, unas semanas después, con el último de los muebles ya montado y la casa empezando por fin a parecer un hogar y no solo un espacio recién comprado, volvió a sacar el tema que había planteado meses atrás, la noche en que habían leído juntos las primeras páginas del cuaderno de Aurelio Duarte.

—¿Y si vamos este fin de semana? A Valdehierro, digo.

Elena, que llevaba semanas sin volver a mencionar aquella posibilidad, aunque no había dejado de pensar en ella de manera intermitente, levantó la vista del libro que fingía leer más de lo que realmente leía.

—No sé qué esperamos encontrar allí, la verdad. El diccionario decía que apenas queda vecindario. Puede que ni siquiera haya nadie con quien hablar.

—Puede que no. Pero también puede que sí. Y aunque no haya nadie, quiero verlo contigo. Llevas meses hablando de un sitio que yo no consigo imaginarme del todo.

·  ·  ·

El pueblo, cuando llegaron el sábado siguiente tras un último tramo de carretera cada vez más estrecha y peor asfaltada, resultó ser exactamente lo que el diccionario geográfico decimonónico había anunciado: un puñado de casas de piedra, la mayoría cerradas o en distintos grados de ruina, alrededor de una plaza pequeña con una iglesia cuyo tejado mostraba, en varias zonas, huecos visibles desde el suelo.

Elena aparcó junto a la plaza y ambos caminaron en silencio, sin saber muy bien qué buscaban, con el único sonido del viento entre las casas vacías y algún pájaro que Elena no supo identificar.

La primera casa a la que llamaron, más cercana a la iglesia, tenía las contraventanas entornadas pero nadie respondió, ni a los nudillos ni a los dos minutos largos que esperaron después, con el motor del coche todavía enfriándose a su espalda.

En la segunda, un hombre mayor los recibió con una desconfianza que no llegó a disiparse del todo, y que solo se convirtió en cortesía distante cuando comprendió que no venían a venderle nada ni a preguntarle por ninguna herencia.

No conocía ningún apellido Duarte, dijo, ni recordaba haber oído hablar nunca de ningún médico con ese nombre; llevaba en la casa solo veinte años, comprada a una familia de fuera, y del pueblo de antes de la guerra no sabía prácticamente nada.

Elena le dio las gracias y se quedó un momento en la calle vacía, con la misma sensación de topónimo equivocado que había sentido meses atrás, en la provincia vecina, preguntándose si aquel viaje entero iba a terminar en otro callejón sin salida más, esta vez sin ni siquiera la excusa de la coincidencia de nombre.

—Ahí —dijo Diego, señalando una casa de dos plantas, algo mejor conservada que las demás—. Parece que alguien todavía la usa.

Elena llamó a la puerta con los nudillos, sin mucha esperanza. Al cabo de un minuto, una mujer de unos ochenta años, con un pañuelo en la cabeza, los miró de arriba abajo con la cautela comprensible de quien recibe a dos desconocidos en un pueblo que ya casi nadie visita.

—Perdone que la molestemos —dijo Elena—. Mi bisabuelo fue médico en este pueblo, hace mucho tiempo. Aurelio Duarte, se llamaba. Estamos aquí solo por curiosidad, para conocer el lugar.

La expresión de la mujer cambió de golpe, de la cautela a una sorpresa casi emocionada.

—¿El doctor Duarte? Eso sí que es un nombre que no oía desde hace muchísimos años. Mi abuela hablaba de él a veces, cuando yo era pequeña. Decía que había sido el primer médico que de verdad se preocupó por la gente de aquí, y no solo por cobrar la visita. Pasen, pasen, no se queden ahí fuera.

Se presentó como Amparo, una de las tres únicas personas que todavía pasaban, según explicó, "más de la mitad del año" en el pueblo, y les sirvió café en una cocina que conservaba, en sus muebles y su distribución, un aire de otra época que a Elena le resultó extrañamente familiar, como si reconociera en aquel espacio algo que solo había visto antes en fotografías.

—Mi abuela nació aquí en 1918, así que no llegó a conocer al doctor Duarte de niña más que de pasada —contó Amparo, sirviendo el café con manos que temblaban ligeramente por la edad—.

Pero le oí contar, cuando yo ya era mayor, que su propia madre, mi bisabuela, había sido una de las familias que el doctor visitaba con más frecuencia, porque no tenían agua en casa y había que acarrearla desde el pilón viejo.

Decía que gracias a esas visitas, dos de sus hermanos, que habían nacido muy débiles, consiguieron salir adelante, cuando en otras casas del pueblo, en esos mismos años, los niños se morían con mucha más facilidad.

—¿Y usted siempre ha vivido aquí? —preguntó Diego, mirando alrededor de la cocina, con la curiosidad genuina de quien no consigue imaginar del todo cómo sería una vida entera en un lugar tan pequeño.

—Siempre no, hijo. Me fui a la capital de joven, como casi todos los de mi generación, a servir en una casa mientras estudiaba de noche para sacarme el graduado.

Volví en el 79, cuando se murió mi padre y mi madre se quedó sola, y pensé que sería cosa de un año, dos como mucho, hasta que ella se recuperara del disgusto.

—Amparo se sirvió su propio café, con la misma calma con la que contaba cualquier otra cosa, aunque a Elena le pareció detectar, en el modo en que evitó mirarlas a los ojos durante un instante, que aquel recuerdo no le costaba tan poco como fingía—.

Mi madre vivió veintitrés años más de los que nadie esperaba, y para cuando se murió ella, ya no tenía a qué volver en la ciudad.

Mi marido había rehecho su vida con otra, mis hijos ya eran mayores y vivían lejos, y este pueblo, con lo poco que quedaba de él, se había convertido, sin que yo lo decidiera del todo, en el único sitio donde de verdad me sentía en mi casa.

Así que me quedé. Y aquí sigo, cuarenta y cinco años después, siendo casi la única que se acuerda de nada de lo que pasó aquí antes de que yo naciera.

—¿Y no le pesa la soledad? —preguntó Elena, con una delicadeza que no supo si Amparo agradecería o no.

—Menos de lo que la gente cree, la verdad.

Una se acostumbra a hablar con las paredes, y las paredes de esta casa tienen mucho que contar, si se sabe escuchar.

Además, ahora tengo esto —dijo, señalando con la barbilla hacia Elena y Diego—, gente que viene de vez en cuando a preguntar por quienes ya no están.

No es lo mismo que tener familia cerca. Pero se le parece más de lo que una imaginaría antes de probarlo.

—¿Sabe usted el apellido de esa familia? —preguntó Elena, casi sin poder contener la curiosidad, con la taza de café detenida a medio camino de la boca.

—Bernal, se apellidaban. Los Bernal de la casa del arroyo, aunque esa casa ya no existe, se cayó hace décadas.

Elena se quedó un momento en silencio, recordando la entrada que había leído meses atrás en el primer cuaderno de su bisabuelo: "Casa de los Bernal, cinco hijos, dos vivos.

Sin fuente propia, acarrean desde el pilón viejo.

Prioridad máxima." Y debajo, con letra distinta: "Visitada 14 y 21 de mayo. Mejoría del más pequeño."

—Tengo el cuaderno donde mi bisabuelo anotó esa visita —dijo—. Si quiere, puedo enviarle una copia de esa página.

Amparo se llevó una mano a la boca.

—Eso sería un regalo que ni sabía que podía pedir, hija. Mi abuela murió sin saber jamás por escrito lo que siempre contó de memoria.

·  ·  ·

Antes de marcharse, con la tarde cayendo sobre el valle con esa luz dorada y horizontal de los atardeceres de junio, Amparo insistió en acompañarles a ver lo que quedaba del antiguo consultorio: una casa deshabitada desde hacía décadas, de la que apenas se sostenían en pie dos de sus cuatro paredes, con matas de hierba creciendo entre las piedras caídas.

—Aquí era —dijo, deteniéndose frente al hueco entre los muros, con la vegetación ya reclamando el espacio que antaño había sido suelo—.

Mi madre me lo señaló una vez, de pequeña, y yo nunca lo he olvidado.

Decía que aquí despachaba el doctor Duarte, y luego el que vino después, y el que vino después de ese.

Tres médicos distintos, en total, antes de que ya no quedara gente suficiente para justificar que viniera ninguno más.

—¿Y la escuela? —preguntó Elena, recordando de pronto al maestro sin apellido conocido del que le había hablado Consuelo—. ¿Sabe usted dónde estaba?

Amparo señaló hacia el otro extremo de la plaza, donde un edificio algo más grande que las casas de alrededor, con una fachada todavía reconocible aunque el tejado se hubiera hundido por completo en algún punto, se alzaba entre la maleza.

—Esa de ahí. Mi abuela me contaba que el maestro de antes de la guerra era muy querido en el pueblo, que enseñaba a leer también a los adultos que no habían tenido oportunidad de niños, por las noches, sin cobrar nada.

Pero de él no queda casi memoria, la verdad, ni siquiera el nombre completo, más allá de que le decían "el maestro Fructuoso".

Se ve que después de la guerra ya no se habló mucho de él en el pueblo, y las cosas de las que no se habla, con el tiempo, acaban perdiéndose del todo.

Elena anotó aquello en su libreta, sin decir nada, con la sensación concreta de haber tropezado con un hilo suelto que no sabía todavía adónde la llevaría.

No había leído ese nombre en ninguno de los cuadernos de su bisabuelo, al menos no en las páginas que había conseguido descifrar hasta entonces, y sin embargo algo en la manera en que Amparo lo había mencionado —con esa mezcla de cariño y vaguedad que se reserva a las historias que se han contado tantas veces de oídas que ya casi han perdido los detalles concretos— le pareció importante, del mismo modo en que le habían parecido importantes, meses atrás, la mutualidad del investigador de las cofradías o el topónimo escrito a lápiz en el reverso de una fotografía.

Pensó que aquella coincidencia —un maestro querido, sin apellido conocido, del que "ya no se habló mucho después de la guerra"— merecía, en algún momento, una pregunta más concreta a su tía Consuelo, o una búsqueda propia en el archivo provincial.

Elena se quedó frente a las ruinas, con Diego en silencio a su lado, intentando imaginar la sala pequeña con una mesa y dos sillas que su bisabuelo había descrito en la única carta que se conservaba de su llegada al pueblo, el maletín de cuero heredado de un tío, el armario vacío que con los años se llenaría de legajos capaces de sobrevivir, de una forma u otra, más de un siglo.

No sintió ninguna revelación definitiva, ningún cierre completo de la investigación que llevaba meses persiguiendo.

Sintió algo más modesto: la certeza tranquila de haber estado, por fin, en el lugar exacto donde todo aquello había empezado.

—¿Volveremos? —preguntó Diego, ya de vuelta en el coche, mientras el pueblo se empequeñecía en el retrovisor.

—Creo que sí —dijo Elena—. Aunque ya no sea por el seguro. Ni siquiera por el cuaderno. Simplemente porque ahora esto también es un poco mío, y no quiero que vuelva a quedarse otros cien años sin que nadie de la familia lo visite.

Pararon a comer en el único bar del pueblo vecino, más grande y todavía con algo de vida, un menú del día servido en una mesa de formica con mantel de papel, y Diego, mientras esperaban los primeros platos, sacó del bolsillo el móvil para revisar las fotos que había hecho durante la mañana.

—Mira esta —dijo, mostrándole a Elena una imagen de la fachada de la escuela, con el hueco del tejado hundido dejando entrar la luz directamente sobre lo que en su día debió de ser la pizarra—.

Hay algo casi bonito en esa ruina, ¿no te parece?

Como si la propia luz quisiera seguir enseñando algo, aunque ya no quede nadie a quien enseñárselo.

—Es un poco macabro pensarlo así, pero sí, tienes razón. Es bonito y triste a la vez, como casi todo lo que hemos visto hoy.

—A lo mejor así son casi todos los sitios que se quedan vacíos. Bonitos porque ya no tienen que demostrarle nada a nadie, y tristes por la misma razón.

Elena guardó aquella frase, sin decírselo a Diego en ese momento, como una de las que anotaría más tarde en su libreta, junto a las fechas y los nombres, porque le pareció que resumía mejor que cualquier dato concreto lo que sentía por aquel pueblo que ya era, sin remedio, un poco suyo.