Chapter 13
El alcalde, un hombre mayor de manos encallecidas que lo recibió con más curiosidad que calidez, le mostró el consultorio que le correspondía: una sala pequeña con una mesa, dos sillas y un armario vacío, sin apenas instrumental más allá del que Aurelio había traído en un maletín de cuero heredado de un tío también médico.
No había ningún archivo previo que consultar: su predecesor, ya mayor, había muerto meses atrás sin dejar, según le explicó el alcalde con cierta incomodidad, como quien se disculpa por algo que no es responsabilidad suya, "ningún papel que sirva de mucho, porque llevaba las cosas más en la cabeza que en ningún cuaderno".
Los primeros meses fueron los más duros de su vida profesional: recorría a pie o a caballo las casas dispersas por el término, atendiendo enfermedades que su formación universitaria le había enseñado a tratar en teoría pero que en la práctica se complicaban por la desnutrición crónica y la falta de higiene básica, en un pueblo donde el médico anterior apenas había dejado costumbre alguna de prevención más allá de curar lo que ya estaba enfermo.
Fue aquel primer verano cuando notó un patrón que le inquietó desde el principio: la mortalidad infantil del pueblo, ya alta según cualquier estándar de la época, se concentraba de manera desproporcionada en las familias que vivían más lejos del centro, cerca del arroyo, sin acceso a ninguna fuente de agua limpia propia, dependientes para todo de un pilón comunitario, viejo y probablemente contaminado, a más de un kilómetro de sus casas.
—¿Cuánta leche recibe usted para repartir? —le preguntó al secretario del ayuntamiento, un mes después de su llegada, tras haber atendido el tercer caso de fiebre infantil de la semana en la misma zona.
—La que envía la sociedad benéfica provincial, doctor. No es mucha. Suele llegar cada quince días, y hay que repartirla entre todas las familias con niños pequeños que la soliciten.
—¿Y cómo se decide a quién le corresponde más y a quién menos?
—Por orden de solicitud, doctor. El que llega primero, se lleva su parte. El que llega tarde, a veces se queda sin nada.
Aurelio entendió, en aquel instante, sentado en la misma sala pequeña donde despachaba las consultas, que aquel sistema —simple, aparentemente justo en su neutralidad formal, pero completamente ciego a la necesidad real de cada familia— era, probablemente, una de las causas silenciosas de la mortalidad que llevaba semanas observando: las familias más alejadas, las que más necesitaban aquella leche precisamente por carecer de agua limpia propia, eran también las que, por la propia distancia, llegaban sistemáticamente tarde al reparto.
Decidió, sin consultarlo con nadie porque no había con quién consultarlo, empezar a llevar un registro propio, organizado por necesidad material verificable, no por orden alfabético ni por proximidad al centro.
Compró, con su propio dinero, un cuaderno de tapas de hule negro en la única tienda del pueblo que vendía algo parecido a material de escritorio, y escribió en la primera página, con la letra firme de quien acaba de empezar su vida profesional: Registro de familias.
Valdehierro, año 1912. Pasó las semanas siguientes visitando, casa por casa, a todas las familias del pueblo, anotando el número de hijos vivos y fallecidos, el acceso o no a una fuente de agua propia, y una marca simple —una equis— para las familias prioritarias a la hora de repartir la leche y de programar las visitas.
—¿Y esto para qué es, doctor? —le preguntó una de las mujeres del pueblo, con cierta desconfianza, mientras Aurelio anotaba los datos de su familia sentado en el umbral de su casa—. ¿Nos va usted a cobrar algo por esto?
—No, señora. Es solo para que yo sepa a quién visitar primero cuando no puedo visitar a todo el mundo el mismo día, y para que la leche que llega cada quince días se reparta según quién más la necesita, no según quién llegue antes a pedirla.
—Con tal de que la leche llegue, doctor, apunte usted lo que quiera.
El sistema funcionó con una eficacia modesta pero real: la mortalidad infantil empezó a descender de manera perceptible en los años siguientes, especialmente entre las familias que antes quedaban rezagadas en el reparto.
Aurelio fue ampliando el cuaderno con los años —una columna para visitas realizadas, otra para pendientes— sin cambiar nunca, en lo esencial, el criterio original.
No fue, sin embargo, un criterio aplicado con la misma limpieza en todos los casos, y el propio Aurelio lo supo, aunque tardara años en anotarlo.
A la familia Recuenco, que vivía tan lejos del pilón como los Bernal y con una necesidad material casi idéntica, la marcó durante casi una década con una prioridad menor de la que sus circunstancias, medidas con su propio criterio declarado, habrían justificado.
El motivo, que Aurelio nunca escribió en el cuaderno pero que sí confesó, mucho después, en una carta a un antiguo compañero de universidad, tenía que ver con un pleito viejo por unas tierras que su propio padre había mantenido, años atrás, con el abuelo de aquella familia, y que Aurelio, pese a considerarse a sí mismo un hombre por encima de esas rencillas de pueblo, no había conseguido dejar del todo fuera de su consultorio.
Solo lo corrigió, y de forma repentina, cuando una de las niñas de los Recuenco estuvo a punto de morir de una fiebre que él mismo tardó en tratar con la urgencia que el caso merecía.
A partir de entonces les marcó con la misma prioridad que a cualquier otra familia del pueblo, sin decir nunca por qué había cambiado, y esa corrección tardía, tan silenciosa como el error que la había precedido, fue lo más parecido a una disculpa que se permitió en toda su vida.
Hubo noches, además, en que la modestia de aquel método se le hizo dolorosamente evidente por razones que nada tenían que ver con sus propios sesgos.
Enterró en el otoño de 1924 al pequeño de los Salcedo, tres años, y escribió esa noche en el cuaderno, con la letra algo menos firme de lo habitual, una de las pocas reflexiones personales que se permitió en todo el conjunto de sus anotaciones: "Si hubiera podido dedicarle la visita del jueves en lugar de la del viernes, no lo sé, quizá nada habría cambiado.
Este cuaderno no salva a nadie. Solo intenta repartir mejor lo poco que hay. "
· · ·
En julio de 1936, veinticuatro años después de haber llegado al pueblo, ya con cuarenta y siete, Aurelio escribió en su cuaderno la última entrada que dejaría constancia de su paso por Valdehierro: una familia visitada, un niño con fiebre, una recomendación de reposo, en apariencia idéntica a cientos de entradas anteriores.
Para entonces era ya la figura de mayor autoridad moral del pueblo después del cura, alguien a quien varias generaciones de una misma familia habían visto nacer, enfermar y, en los casos más afortunados, envejecer.
Las noticias de lo que ocurría en el resto del país llegaban con varios días de retraso y con una fiabilidad muy desigual, a través de los pocos vecinos que tenían acceso a una radio o que viajaban de vez en cuando a la capital de provincia.
Aurelio, con escaso interés declarado por la política de fuera del valle, sintió en las semanas siguientes al estallido de la guerra una inquietud creciente, confirmada por las conversaciones cada vez más cautelosas del pueblo, por las miradas que algunos vecinos cruzaban entre sí antes de hablar delante de otros.
—¿Ha oído lo que dicen que ha pasado en la capital?
—le preguntó una tarde Fructuoso Salas, el maestro del pueblo desde hacía casi veinte años y uno de los pocos amigos intelectuales que Aurelio se había permitido en todos aquellos años, sentado con él en el porche de su casa con dos vasos de vino que ninguno de los dos llegó a terminar—.
Dicen que esto va a durar meses. Puede que años.
Fructuoso había llegado al pueblo dos años después que Aurelio, en 1914, procedente de una capital de provincia donde se había significado, siendo todavía muy joven, con algunas ideas sobre la educación pública que sus superiores de entonces consideraban demasiado avanzadas para los tiempos: que los niños pobres merecían la misma calidad de enseñanza que los ricos, que las niñas debían estudiar exactamente lo mismo que los niños, que un maestro rural debía cobrar lo suficiente para no tener que buscarse otro oficio complementario los fines de semana.
Aquellas ideas, que en la capital le habían costado más de un roce con la inspección educativa, encontraron en Valdehierro un terreno más discreto donde ponerlas en práctica sin tanta vigilancia, y Fructuoso las aplicó con una dedicación silenciosa que, con los años, se ganó el respeto incluso de quienes al principio habían desconfiado de un maestro tan joven y tan hablador de cosas que, según algunos vecinos, "no le correspondían a un soltero sin tierras propias".
Los dos hombres, el médico y el maestro, habían encontrado el uno en el otro, casi desde el primer año, la única conversación intelectual que ninguno de los dos podía tener con nadie más en un pueblo de menos de trescientas almas: discutían de libros que se prestaban por correo desde la capital, de las reformas sanitarias y educativas que ambos consideraban necesarias y que ninguno de los dos vería completadas en vida, de la injusticia concreta de que un pueblo tan pequeño tuviera que arreglárselas con un médico y un maestro para todo, sin ningún tipo de refuerzo ni de relevo cuando alguno de los dos enfermaba o se ausentaba.
Aquella amistad, nacida de la simple escasez de interlocutores parecidos, se había convertido, veinte años después, en el afecto más profundo que ninguno de los dos, ninguno casado, ninguno con hijos propios, había llegado a sentir por otro ser humano fuera de su propia familia de sangre.