Chapter 12
Bazán tenía veintiséis años y llegaba a su primer destino con la mezcla de idealismo y cautela de quien ha estudiado medicina pensando sobre todo en ayudar a la gente y se encuentra, de golpe, ejerciendo en un país partido en dos, sin saber muy bien de qué lado quedaba él mismo a ojos de sus nuevos vecinos.
Decidió continuar el cuaderno donde Duarte lo había dejado, adaptando sus columnas a las nuevas circunstancias con la misma lógica práctica que intuía, sin haberla visto nunca explicada por escrito, que había guiado a su predecesor.
Pasó así los primeros tres años, atendiendo a una población empobrecida primero por la guerra y después por la escasez de la inmediata posguerra, con los mismos criterios de prioridad que había heredado: familias sin agua propia, número de hijos, enfermedad crónica.
Fue a consultarlo, sin mucha esperanza, con el secretario del ayuntamiento, un hombre mayor que llevaba en el cargo desde antes de la guerra y que había aprendido, con los años, a moverse por aquellos tiempos sin llamar demasiado la atención sobre sí mismo.
—A mí no me pregunte, doctor. Yo firmo lo que me mandan firmar y relleno lo que me mandan rellenar, y hasta ahora eso me ha permitido seguir aquí, con mi familia, sin sobresaltos. Le recomiendo que haga usted lo mismo, a su manera.
—¿Y si lo que me mandan rellenar no me parece justo?
—Entonces rellénelo de forma que a usted le parezca justo, doctor, pero rellénelo. Nadie en Madrid va a venir a comprobar letra por letra lo que usted escribe en cada ficha. Lo que sí van a comprobar es si la ficha existe o no existe.
Aquella misma noche, en su diario personal —distinto del registro sanitario, que nunca mostraba a nadie, guardado en el fondo de un cajón bajo unas camisas que apenas usaba—, Bazán escribió una reflexión que resumía el dilema con una honestidad que no se hubiera permitido en ningún documento oficial: "Me piden que clasifique a las familias del pueblo según su 'aptitud', una palabra que no sé bien qué significa fuera del lenguaje de quienes la han escrito, y sospecho que ni ellos mismos lo saben con precisión.
Puedo negarme, y perder el puesto, dejando a este pueblo sin médico en un invierno que se anuncia duro.
O puedo cumplir la letra de la orden sin cumplir su espíritu, usando mi propio criterio para que la letra que cada familia reciba no dependa de nada que no sea, como hasta ahora, su necesidad real. "
Decidió, en los meses siguientes, hacer coincidir la letra clasificatoria del índice con los mismos criterios materiales que ya usaba su predecesor —agua, hijos, enfermedad crónica— en lugar de introducir ninguna valoración sobre la conducta política, religiosa o moral de las familias, algo que sabía que otros médicos de la provincia, según los rumores que le llegaban en las reuniones de la Junta, sí estaban incorporando a sus propias fichas, y de los que se hablaba en voz baja, con la mezcla de censura y prudencia con la que se hablaba entonces de casi todo.
En varias ocasiones, cuando sospechaba que una familia concreta podía atraer una atención política no deseada —un pariente exiliado, un comentario imprudente escuchado en la plaza—, introdujo deliberadamente una letra más favorable de la que una lectura estrictamente material hubiera justificado, un gesto de protección silenciosa que nunca explicó a nadie.
—Doctor, ¿por qué a los Cerezo les ha puesto una B, si tienen seis hijos y apenas tierra propia? —le preguntó una vez el practicante que le ayudaba con las visitas más alejadas—. Con esos números, cualquiera diría que les corresponde una C, como a los Bernal.
—Los Cerezo tienen seis hijos vivos y una casa que, aunque pequeña, resiste bien el invierno.
Los Bernal tienen cuatro hijos vivos, dos muertos, y una casa que se inunda cada vez que llueve más de dos días seguidos.
El índice mide necesidad, no número de bocas.
Al menos así es como yo lo mido, y mientras sea yo quien lo rellena, así seguirá siendo.
El practicante no volvió a preguntar, y Bazán entendió aquel silencio como una forma tácita de complicidad, aunque nunca llegaron a hablar del asunto con más claridad de la que aquel breve intercambio había permitido.
No siempre acertó con aquel criterio, y él mismo lo supo mejor que nadie.
A la familia Illescas, que vivía en las afueras del pueblo y con la que Bazán había tenido, años atrás, un roce personal por un diagnóstico que el cabeza de familia consideró equivocado, la clasificó sistemáticamente con una letra más baja de la que sus circunstancias materiales —tan parecidas a las de los Cerezo, a quienes sí protegía— habrían justificado con el mismo criterio que decía aplicar a todos por igual.
Nunca llegó a reconocerlo como lo que probablemente era.
No una evaluación fría de agua y de hijos.
El resquemor de una discusión antigua, filtrado en la letra de una ficha sin que él se lo permitiera admitir del todo.
El diagnóstico en cuestión había sido, según constaba en las propias notas de Bazán de aquel año, la muerte de un cerdo que la familia Illescas criaba con la esperanza de venderlo en la matanza de aquel invierno, y que el cabeza de familia, un hombre orgulloso y de mal carácter llamado Eusebio Illescas, atribuyó a una negligencia del médico, que había recetado un tratamiento veterinario improvisado —Bazán no era veterinario, pero en un pueblo sin acceso a uno, los médicos rurales de la época se veían obligados a atender también al ganado cuando no había otra opción— sin que el animal llegara a recuperarse.
Eusebio se lo reprochó delante de medio pueblo, en la plaza, un domingo después de misa, con palabras que Bazán no olvidaría en años, y aunque nunca lo reconoció ni siquiera para sí mismo con la claridad suficiente, aquel reproche público, aquella humillación menor pero real, se había ido filtrando, ficha tras ficha, año tras año, en la letra que le asignaba a una familia que, en cualquier otro criterio material, hubiera merecido exactamente la misma prioridad que sus vecinos.
Los Illescas perdieron, dos inviernos seguidos, la prioridad en el reparto de mantas de la Junta, y uno de sus hijos menores pasó una pulmonía que quizá se hubiera tratado antes con una visita más temprana.
Bazán no lo anotó nunca en su diario. Fue, de todo lo que hizo en Valdehierro, lo único de lo que no dejó constancia ni siquiera para sí mismo.
Alguien, sin embargo, sí llegó a notarlo, aunque fuera de pasada y sin saber muy bien qué hacer con la observación.
Un inspector provincial que revisó el legajo en 1943, comparando las fichas de varias familias de circunstancias similares, anotó en un papel suelto que las fichas de "la serie de los Illescas" —así las llamó, sin mayor precisión— mostraban "una discrepancia respecto al criterio material declarado en la circular, no justificada por los datos objetivos que constan en la propia ficha".
No profundizó más, ni el asunto llegó a ningún expediente formal: el inspector archivó su propia nota junto al legajo, como una simple curiosidad estadística sin mayor recorrido, y allí se quedó, sin que nadie volviera a mirarla, hasta que casi un siglo después una archivera llamada Rosa la encontraría por casualidad y se la mencionaría a Elena como algo que "a lo mejor te interesa, aunque no tenga relación directa con lo que buscas".
· · ·
Dos años después, en el invierno de 1943, aquel criterio silencioso se puso a prueba de verdad.
El alguacil del pueblo, un hombre nuevo en el cargo llamado Casimiro Roldán, designado meses atrás con más entusiasmo ideológico que experiencia administrativa, se presentó una mañana en el consultorio, todavía con la escarcha de la calle en las botas, con una petición que Bazán no había recibido nunca de nadie: quería consultar las fichas del índice para elaborar "un informe sobre la fiabilidad política de las familias del término municipal, a instancias de la superioridad".
—Esa información no está a su disposición, Casimiro. Las fichas sanitarias son de uso exclusivo del médico titular y de la Junta de Sanidad. No están destinadas a ningún otro fin.
—La superioridad dice que el índice de aptitud sirve precisamente para eso, doctor. Para saber qué familias merecen más confianza y cuáles menos.
Bazán sintió la misma sensación de vértigo frío que había anotado en su diario dos años antes: la certeza de que el lenguaje ambiguo con el que Madrid había diseñado aquel índice estaba empezando a producir, exactamente como había temido, el tipo de interpretación torcida que él llevaba dos años intentando evitar.
—El índice mide necesidad material, Casimiro. Agua, hijos, enfermedad. No mide nada sobre política, ni sobre religión, ni sobre nada que no sea estrictamente sanitario. Si alguien le ha dicho lo contrario, le han informado mal.
—Eso lo dirá usted, doctor. Pero yo tengo una orden.
Sin ceder la ficha, Bazán ofreció una solución intermedia que llevaba pensando desde el primer segundo de la conversación: redactaría él mismo un informe sanitario general sobre el estado del pueblo, sin datos individualizados, que el alguacil podría remitir a la superioridad.
—Un informe general no es lo que me han pedido —protestó Casimiro, aunque con menos convicción de la que había mostrado al principio, como si él mismo empezara a dudar de la firmeza de la orden que decía traer.
—Es lo único que estoy dispuesto a entregar sin una orden judicial expresa, no una simple instrucción verbal de "la superioridad", quienquiera que sea esa superioridad exactamente. Si insiste, que me lo pidan por escrito, con membrete y firma, y entonces veré qué hago.
El alguacil, sin autoridad real para insistir más, se marchó con el informe general que Bazán le entregó dos días después, redactado con el mismo cuidado con el que redactaba cualquier documento oficial:
"Don Ricardo Bazán, médico titular de este municipio, tiene el honor de informar a quien proceda que el estado sanitario general de Valdehierro, a fecha de la presente, puede calificarse de aceptable dentro de las limitaciones propias de la posguerra, sin que se hayan detectado brotes epidémicos de consideración en los últimos doce meses.
La mortalidad infantil, si bien continúa siendo superior a la deseable, ha experimentado un descenso sostenido en las últimas tres décadas, atribuible en buena medida a la mejora progresiva del acceso al agua potable.
No se dispone, en este consultorio, de ningún dato que permita informar sobre cuestiones ajenas al ámbito estrictamente sanitario, por no ser competencia ni objeto de este archivo. "
Casimiro adjuntó el informe a su propio oficio de vuelta al ayuntamiento, dejando constancia de que no había insistido más "al carecer de instrucción escrita que respaldara mi petición".
El expediente se cerró con una nota manuscrita al margen, de letra distinta, sin firma identificable: "Visto.
Sin más actuación por el momento." No fue una absolución, ni un reconocimiento.
Fue, simplemente, el cierre burocrático de un asunto que a alguien, en algún despacho que ya nadie podría identificar, le pareció no merecer mayor atención.
Y esa misma frase mínima y anónima era, en el fondo, la prueba de que la resistencia de Bazán había funcionado exactamente como él esperaba.
No como un gesto que alguien reconociera.
Como una negativa tan bien envuelta en el lenguaje correcto de la propia administración que nadie por encima de él encontró motivo para insistir.
Bazán ejerció en Valdehierro hasta 1959, dieciocho años en total, hasta que un ascenso le llevó a la capital de provincia, dejando el pueblo en manos de un sucesor mucho más joven al que apenas tuvo tiempo de transmitir, en las pocas semanas de solapamiento, la lógica exacta que había aplicado durante casi dos décadas.
—Verá usted que hay una columna, el Índice de Aptitud, que a lo mejor le exigen seguir rellenando —le dijo, la última tarde que pasaron juntos revisando el archivo, con las maletas ya casi hechas en la habitación de al lado—.
Yo la he ido rellenando siempre pensando en la necesidad real de cada familia, no en ninguna otra cosa.
Le recomiendo que haga usted lo mismo, si nadie le dice expresamente lo contrario.
—¿Y si me lo dicen?
—Entonces tendrá usted que decidir, como tuve que decidir yo, cuánto está dispuesto a ceder y cuánto no.
Se casó tarde, a los cuarenta y tres años, con una viuda de la comarca vecina que había perdido a su primer marido en el frente, y no tuvieron hijos propios, aunque criaron juntos, durante casi una década, a un sobrino de ella que se había quedado huérfano de padre y madre.
Ricardo lo trató siempre, según recordarían los vecinos que llegaron a conocerlo en aquellos años, con la misma atención cuidadosa con la que trataba a cualquier paciente del pueblo, ni más ni menos, algo que el propio muchacho agradecería después, ya adulto, en una carta que Ricardo conservó el resto de su vida en el mismo cajón donde guardaba sus notas clínicas.
Murió en 1988, sin haber vuelto a pensar en aquella columna con la frecuencia con la que había pensado en ella durante aquellos primeros años de posguerra, convencido de que su pequeña forma de resistencia —adaptar la letra sin declarar jamás su desobediencia— había sido, dentro de los límites estrechos de lo que un médico rural podía permitirse en aquellos años, lo más parecido a un acto de justicia que había estado en su mano ejecutar.