Chapter 11
Bienvenido había crecido en un pueblo no muy distinto de los que ahora tenía que incorporar, y conservaba una memoria muy precisa de lo que significaba, para una familia rural, no tener ningún tipo de cobertura frente a la enfermedad o la vejez: la de su propio abuelo, que había pasado los últimos meses de su vida sin más asistencia que la de un curandero local y la caridad de los vecinos, muriendo en una cama prestada porque la suya propia se la habían vendido, junto con casi todo lo demás, para pagar los médicos privados que la familia no podía permitirse.
Había sido el primero de su familia en salir del pueblo para estudiar, primero en un seminario que abandonó a los diecinueve años sin llegar a ordenarse, para disgusto de su madre, y después en la Escuela de Funcionarios de la capital de provincia, donde había conocido a Remedios, su mujer, hija de un modesto empleado de correos, con quien llevaba entonces veintidós años casado y con quien había criado a tres hijos, ninguno de los cuales había querido seguir sus pasos en la administración, algo que Bienvenido nunca terminó de reprocharles del todo, aunque en el fondo hubiera deseado que al menos uno continuara lo que él consideraba, con sinceridad, un oficio noble.
Recibió la circular con un entusiasmo que sus subordinados más jóvenes, acostumbrados a su carácter parco, no le habían visto nunca, y convocó esa misma tarde una reunión con sus dos técnicos, extendiendo sobre la mesa un mapa de la provincia con casi cuarenta municipios marcados a lápiz.
—Familias enteras que llevan toda la vida trabajando sin ninguna red de seguridad —dijo, señalando los puntos dispersos en las zonas de montaña, con el lápiz todavía en la mano—.
Si conseguimos justificar bien la incorporación, van a poder acceder a una pensión y a asistencia sanitaria como cualquier trabajador urbano.
No es poca cosa lo que tenemos entre manos, aunque a Madrid le parezca solo un trámite más.
—¿Y qué necesitamos exactamente para justificarlo? —preguntó uno de los técnicos, el más joven de los dos, hojeando ya la circular con cierta aprensión ante la cantidad de trabajo que se anunciaba.
—Archivos. Completos, ordenados, que demuestren que en cada municipio existe una estructura administrativa mínima capaz de sostener el sistema.
· · ·
La búsqueda resultó desigual, como suele pasar cuando se pretende medir con la misma vara cuarenta realidades distintas.
Algunos municipios conservaban registros relativamente ordenados, gracias a secretarios municipales meticulosos que se habían tomado en serio, generación tras generación, la tarea de guardar papeles; otros apenas conservaban nada utilizable, perdido entre mudanzas de ayuntamiento, goteras e incendios menores que nadie se había molestado en documentar.
Bienvenido recorrió, en aquellos primeros meses de 1963, una veintena larga de esos pueblos con su propio coche, un Seat 1400 ya con más de ciento veinte mil kilómetros que su mujer le insistía en cambiar y que él se negaba a jubilar todavía, convencido de que aguantaría, como él mismo, unos años más de servicio.
En algunos de esos pueblos encontró recibimientos casi festivos, alcaldes que le enseñaban el archivo municipal con el mismo orgullo con que hubieran enseñado la cosecha del año; en otros, sobre todo en los más pequeños y más alejados, encontró desconfianza abierta, secretarios que le preguntaban, sin rodeos, para qué quería Madrid tanto papel sobre gente que llevaba toda la vida arreglándoselas sin que nadie de la capital se hubiera interesado nunca por ellos.
Valdehierro, cuando Bienvenido lo visitó en persona aquella primavera, tras una mañana entera de carretera de montaña que le dejó el coche cubierto de polvo hasta los cristales, estaba en un punto intermedio: el ayuntamiento, una sola sala con un secretario que ejercía también de maestro en las tardes libres, apenas guardaba más que un padrón actualizado a duras penas cada pocos años.
Pero el consultorio médico, atendido entonces por Prudencio Nogales, un médico de treinta y dos años que llevaba cuatro en el puesto, guardaba en un armario cerrado con llave un conjunto de legajos que se remontaban, según le explicó él mismo con cierto orgullo, "más de cincuenta años atrás, desde que el primer médico titular del pueblo empezó a llevar cuentas de todo".
Prudencio había llegado a Valdehierro en 1959, recién casado con una maestra de la capital que le había seguido hasta allí con más resignación que entusiasmo, y había heredado el archivo de su predecesor, Ricardo Bazán, en apenas tres semanas de solapamiento: tiempo suficiente para memorizar dónde estaba cada legajo, pero no para entender del todo el criterio con que Bazán había ido rellenando, durante dieciocho años, una columna llamada Índice de Aptitud Familiar.
Prudencio la había seguido cumplimentando desde entonces con una regularidad más mecánica que reflexiva, sin preguntarse nunca demasiado por su origen ni por el uso que se le daba una vez que la entregaba, junto con el resto de sus informes anuales, a la Junta de Sanidad.
Su mujer, Adela, daba clase a los ocho niños del pueblo en la única aula disponible, y entre los dos habían llegado a formar, en aquellos cuatro años, una vida que a Prudencio, criado en una capital de provincia, todavía le sorprendía a veces por su lentitud, aunque hubiera aprendido a apreciarla más de lo que había imaginado al llegar.
—¿Puedo ver el archivo completo? —preguntó Bienvenido, ya con la libreta y el lápiz preparados para tomar notas.
—Llévese lo que necesite —dijo Prudencio, sacando las carpetas del armario sin dudarlo, como quien se quita de encima un peso del que ni siquiera era del todo consciente—. A mí, sinceramente, me sobra espacio para las fichas nuevas.
—¿Usted usa esto para algo en concreto? —preguntó Bienvenido, señalando la columna del índice mientras hojeaba las fichas más recientes.
—La verdad es que no mucho, más allá de rellenarla porque figura en el modelo. Mi predecesor me dijo que la siguiera rellenando, y yo la sigo rellenando. No sabría decirle si alguien, en algún despacho de la capital, la revisa de verdad alguna vez, o si simplemente se archiva sin más.
—Pues probablemente no. Pero para lo que yo necesito hoy, eso no cambia nada. Necesito el archivo completo, no depurado. Cuanto más completo, mejor me sirve ante Madrid.
—¿Y si hay algo ahí que no debería salir del pueblo? Son datos de gente que todavía vive aquí, o de sus padres, gente que no sabe que su nombre va a viajar hasta la capital.
Bienvenido levantó la vista del legajo, sopesando la pregunta con más seriedad de la que Prudencio esperaba de un funcionario que llevaba toda la mañana con prisa.
—Va a un fondo nacional de previsión social, doctor, no a ningún periódico. Va a usarse, si acaso, para que las familias de este pueblo tengan derecho a una pensión que hasta ahora no tenían.
—Me tranquiliza, sí. Entonces llévese lo que necesite, y buena suerte con el resto de pueblos que le quedan por visitar, que por lo que me cuenta no van a ser pocos.
· · ·
De vuelta en la delegación, con el legajo completo sobre la mesa entre pilas de expedientes de otros municipios, Bienvenido tomó una decisión que no le pareció, en el momento, en absoluto complicada: incluir el archivo entero, sin depurar ni seleccionar, en el expediente que remitiría a Madrid.
Revisar legajo por legajo, separando lo estrictamente demográfico de cualquier otra anotación, habría exigido un tiempo que el plazo de dieciocho meses, con casi cuarenta municipios pendientes, no le permitía dedicar a ninguno en particular.
—¿Incluimos también la parte más antigua, la de antes de la guerra? —preguntó el técnico, hojeando el legajo con cierta cautela, como quien no está del todo seguro de querer saber la respuesta—. Hay una columna con letras que no se explican en ningún sitio.
Bienvenido revisó las páginas que le señalaba. La columna de "Índice de Aptitud Familiar" le pareció, con la prisa del plazo pesando sobre toda la operación, un vestigio administrativo más de otra época, sin relevancia práctica para el objetivo inmediato.
—Inclúyelo todo —dijo, sin apenas detenerse a pensarlo más—. Si empezamos a decidir qué parte del archivo de cada pueblo es relevante y cuál no, vamos a tardar el doble, y Madrid, si detecta que hemos seleccionado el material, va a sospechar que estamos ocultando algo, aunque no sea así.
Había, además, una razón que Bienvenido no dijo en voz alta delante de su técnico, aunque la reconociera para sus adentros años después, ya jubilado, en alguna noche en que el sueño no le llegaba con la facilidad de siempre: aquel primer lote de doce municipios era también el que decidiría si a él le encargaban, o no, la coordinación de todo el plan provincial para los tres años siguientes, un ascenso que llevaba tiempo esperando y que dependía, en buena medida, de presentar cuanto antes un número respetable de expedientes aprobados por Madrid.
No era la razón principal de su prisa. Pero tampoco era ajena a ella, y Bienvenido lo sabía, aunque prefiriera no pensarlo mientras firmaba.
El oficio de incorporación, firmado el 4 de octubre de 1963, fue aprobado por Madrid seis semanas después, dentro del primer lote de doce municipios que la provincia consiguió justificar aquel año, un resultado que la propia dirección general felicitó por escrito, algo poco habitual en aquel tipo de trámites.
A Bienvenido le encargaron, en efecto, la coordinación del resto del plan provincial, tal como esperaba.
Lo celebraría siempre como uno de los logros de los que más orgulloso se sentiría en toda su carrera: cientos de familias rurales, entre ellas las últimas generaciones de Valdehierro, accederían por primera vez a una pensión y a una cobertura sanitaria formal.
Se jubiló en 1979, convencido hasta el final de que aquel expediente había sido una de las decisiones más justas de toda su trayectoria, y rara vez —quizá nunca del todo— se permitió recordar que la prisa por conseguirlo no había sido enteramente desinteresada.
Prudencio, por su parte, siguió rellenando la misma columna en las fichas nuevas hasta mediados de los setenta, cuando una directriz posterior, ya sin ninguna referencia a "aptitud familiar", sustituyó el viejo modelo por uno centrado exclusivamente en variables clínicas.
Nunca volvió a pensar en la visita de Bienvenido, ni en lo que había sido del archivo que había entregado sin hacer más que dos preguntas.
Adela, su mujer, dio clase en la escuela de Valdehierro hasta 1974, cuando el número de niños en edad escolar bajó de los seis que exigía la normativa para mantener una plaza propia, y el puesto se suprimió, obligando a los pocos niños que quedaban a desplazarse cada día al pueblo vecino en un autobús escolar que tardaba, en invierno, más de una hora en cada trayecto.
Fue, según recordaría Prudencio muchos años después, el primer síntoma claro de que el pueblo que él había conocido al llegar, con ocho niños en el aula y cierta esperanza de futuro, había entrado ya en la fase de declive que terminaría, décadas más tarde, dejándolo casi vacío.
Prudencio y Adela se marcharon finalmente de Valdehierro en 1988, cuando él mismo se jubiló, y se instalaron en la capital de provincia, cerca de su hija mayor, que se había casado allí años antes.
Prudencio guardó, durante el resto de su vida, una nostalgia contradictoria por aquellos años: por un lado, el orgullo silencioso de haber atendido a generaciones enteras de las mismas familias, de haber traído al mundo con sus propias manos a más de sesenta niños del pueblo a lo largo de casi tres décadas; por otro, una tristeza que nunca terminó de nombrar del todo por haber sido, sin buscarlo, uno de los últimos testigos de un mundo que se apagaba mientras él seguía allí, cumpliendo su turno, sin poder hacer nada para evitarlo.
Murió en 2003, un año antes de que, a cientos de kilómetros de allí, un hombre llamado Ismael Ortigosa firmara un contrato que él nunca llegaría a conocer.