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Chapter 8

—¿Va todo bien? —le preguntó Rocío una tarde de julio, mientras ambos clasificaban un lote de correspondencia comercial de mediados del siglo pasado que un ayuntamiento vecino les había encargado catalogar—.

Llevas semanas raro. Y no de mal humor. Raro de estar todo el rato haciendo cuentas en la cabeza.

Ismael dudó un momento antes de responder, con la reticencia típica de quien no está acostumbrado a compartir sus preocupaciones económicas con sus propios empleados, por miedo, quizá, a que esa honestidad se interpretara como el anuncio de un despido inminente.

—Hemos perdido el contrato de la diputación —dijo finalmente, sin levantar la vista de los documentos—. El de catalogación del fondo notarial, el que llevábamos desde hace ocho años. Se lo han dado a una empresa nueva de Madrid que oferta más barato.

—¿Y eso qué significa para nosotros?

—Significa que ese contrato era casi la mitad de nuestros ingresos anuales, Rocío. Y que si no encuentro algo que lo sustituya antes de fin de año, no sé si voy a poder mantener los dos puestos.

Rocío, que tenía entonces veintisiete años y una hipoteca reciente sobre un piso pequeño que había comprado el año anterior, sintió el peso concreto de aquella frase con una claridad que no necesitaba más explicación.

No dijo nada, porque no había, en realidad, nada útil que decir en aquel momento, y siguió clasificando la correspondencia con la misma disciplina de siempre, aunque con la cabeza ya puesta, como la de Ismael, en cálculos que no terminaban de cuadrar.

·  ·  ·

Fue ella misma quien, dos semanas después, encontró por casualidad, hojeando una revista especializada en gestión documental que llegaba cada trimestre a la oficina, un anuncio breve de una empresa madrileña, Estudios Actuariales Meridiano, que buscaba "proveedores de series históricas de datos demográficos y sanitarios para proyectos de modelización actuarial", con una nota que precisaba que pagaban "condiciones competitivas por fondos completos con series continuas superiores a cincuenta años".

—Ismael, mira esto —dijo, dejando la revista abierta sobre su mesa—. Nosotros tenemos justo ese tipo de fondos. El de las mutualidades rurales, por ejemplo, tiene series de casi un siglo en algunos casos.

Ismael leyó el anuncio despacio, subrayando sin darse cuenta con el dedo la frase sobre las "condiciones competitivas", con la misma mezcla de esperanza cautelosa y desconfianza profesional con la que llevaba semanas leyendo cualquier posibilidad de ingreso nuevo, aprendida a fuerza de haber visto fracasar antes otras oportunidades parecidas.

—¿Y si nos piden vender los datos, no solo catalogarlos? Esos fondos no son nuestros del todo, Rocío. Son de la aseguradora, en custodia desde los tiempos de mi padre. Habría que consultarles antes de nada.

—Consúltalo, entonces. Peor no nos va a ir.

Julio, que había escuchado la conversación desde su propia mesa sin intervenir hasta entonces, levantó la vista del escáner que llevaba media hora manejando.

—Si esto sale bien, ¿nos afecta a nosotros de alguna manera? —preguntó, con la franqueza directa de quien lleva meses temiendo, en silencio, la misma pregunta que Ismael se hacía cada mañana en el trayecto de casa al trabajo.

—Si esto sale bien, seguimos los tres aquí un año más, por lo menos —respondió Ismael, y en su voz había, por primera vez en semanas, algo parecido a un alivio provisional—. Y si sale realmente bien, puede que más.

La llamada a Previsión Peninsular, cursada a través del mismo departamento con el que Corpus mantenía el contrato de custodia desde los tiempos del padre de Ismael, tardó casi tres semanas en obtener respuesta, y cuando llegó, fue mucho más permisiva de lo que Ismael había esperado: la compañía autorizaba la licencia de uso de los fondos históricos bajo custodia externa a terceros interesados, "siempre que dicha licencia no implicara la transferencia de titularidad ni la destrucción de los originales".

Ismael pasó la tarde anterior a la reunión con Meridiano revisando el inventario del fondo, comprobando que las series de Valdehierro y de los otros municipios rurales incluidos en el mismo lote estuvieran razonablemente completas, con el mismo cuidado profesional que su padre le había enseñado años atrás: nunca vender lo que no se puede garantizar.

No abrió, sin embargo, ninguna de las carpetas individuales con detenimiento suficiente para reparar en la columna del "Índice de Aptitud Familiar" que dormía en aquellos legajos desde hacía más de sesenta años; se limitó a comprobar fechas, extensión de las series y estado de conservación del papel.

·  ·  ·

El técnico que Meridiano envió a cerrar el acuerdo se llamaba Bruno Escrivá, tenía treinta y un años, y llevaba en la empresa el tiempo suficiente para haber aprendido algo: la parte más delicada de cualquier negociación nunca era el precio.

Era el momento en que el vendedor empezaba a hacer preguntas sin fácil respuesta.

Llegó a la pequeña oficina del polígono industrial con una carpeta de condiciones estándar y la instrucción de su superior de cerrar el trato ese mismo día si era posible, porque la empresa necesitaba completar cuanto antes el volumen de series históricas comprometido con su cliente final: una aseguradora regional que buscaba modernizar sus modelos de tarificación de vida con datos de longevidad que se remontaran, si era posible, más allá de mediados del siglo pasado.

—¿Y este campo, el de la L? —preguntó Ismael, cuando ya casi habían cerrado todos los términos económicos, señalando una columna del listado de muestra que Bruno le había entregado—. No aparece explicado en ningún sitio.

Bruno no tenía, en realidad, la menor idea de qué representaba aquel campo.

Su trabajo era evaluar la utilidad estadística de los conjuntos de datos que la empresa adquiría, no investigar el origen histórico de cada columna, y había hecho, antes de la reunión, lo que hacía siempre en estos casos: una prueba rápida de correlación entre el campo dudoso y las variables de mortalidad conocidas del propio fondo.

El resultado —una correlación baja pero no nula— le pareció, como casi siempre, ruido estadístico sin relevancia real.

El protocolo interno de Meridiano, cuando una correlación resultaba ambigua como aquella, recomendaba una segunda prueba más costosa, cruzando el campo con variables geográficas y socioeconómicas para descartar un efecto real oculto detrás del ruido; Bruno la conocía bien, la había aplicado otras veces, y aquella mañana decidió no hacerla, porque llevaba ya dos reuniones de retraso sobre su agenda del día y el cliente final esperaba el paquete cerrado antes de fin de mes.

No fue una decisión inconsciente. Fue, con toda precisión, la decisión de no mirar más de cerca algo que un protocolo escrito por su propia empresa le decía que podía merecer una mirada más de cerca.

—Es ruido histórico sin relevancia estadística actual —dijo, con la fluidez profesional de quien repite una frase que ha pronunciado docenas de veces—.

Estos fondos siempre traen columnas heredadas de sistemas de clasificación que ya no se usan.

Las incluimos en el conjunto completo porque así lo exige la integridad de la serie, pero en el análisis final se filtran si no aportan capacidad predictiva significativa. No tiene usted que preocuparse por eso.

—Me deja usted más tranquilo, la verdad —dijo Ismael, y lo decía en serio.

Llevaba semanas necesitando aquel dinero más de lo que le hubiera gustado admitir delante de sus empleados, y una explicación técnica y razonable era, en ese momento, exactamente lo que necesitaba oír para poder firmar sin que le remordiera la conciencia.

Firmó el contrato dos días después, con la misma pluma con la que había firmado, años atrás, la escritura del piso donde vivía.

Rocío y Julio celebraron la noticia aquella misma tarde con un café en el bar de debajo de la oficina, un gesto pequeño que en Corpus se había convertido, con los años, en la manera habitual de marcar cualquier victoria, por modesta que fuera.

Ismael les invitó, y durante media hora los tres hablaron de todo menos del contrato que acababan de firmar: del tiempo, de un partido de fútbol que ninguno había visto, de la hija pequeña de Rocío, que acababa de empezar a andar.

Fue solo al volver a la oficina, ya con el café terminado, cuando Julio hizo la pregunta que llevaba toda la tarde callándose.

—¿Y qué pasa con el resto del fondo, el de las otras mutualidades que no hemos vendido todavía? ¿Vamos a tener que hacer esto mismo otra vez el año que viene, si las cosas no mejoran?

Ismael no respondió enseguida, mirando por la ventana de la oficina hacia el polígono industrial, ya casi vacío a esa hora.

—Espero que no, la verdad. Pero si hace falta, lo haremos. Prefiero vender papel viejo que cerrar la empresa que montó mi padre. Ya encontraremos, si llega el momento, alguna forma de que no nos pese demasiado en la conciencia.

·  ·  ·

Lo que Bruno no llegó a comprobar aquel día —porque su trabajo terminaba en el instante en que el contrato quedaba firmado— era que aquella correlación baja pero no nula no era ruido en absoluto.

Era el eco estadístico de una realidad muy concreta: las familias que en 1912 habían sido marcadas con una equis en un cuaderno de tapas de hule negro, por carecer de acceso a fuente propia de agua potable, habían tenido tasas de mortalidad infantil más altas que las demás durante décadas, un efecto que se había ido diluyendo con el tiempo pero que dejaba todavía, casi un siglo después, una huella débil y medible en los datos agregados.

El campo no medía ningún mérito ni ninguna aptitud.

Medía quién había tenido agua corriente en su casa antes de que naciera el abuelo de cualquiera de los presentes en aquella sala.

Bruno incorporó el conjunto al catálogo general de Meridiano aquella misma semana, siguiendo el protocolo estándar —anonimizar identificadores directos, conservar variables agregadas—, y el campo, ahora rebautizado en la documentación técnica como "L_hist", pasó a formar parte de un paquete mayor, "mutualidades rurales pre-1958", que la empresa licenciaría en los años siguientes a varias aseguradoras que buscaban actualizar sus tablas de mortalidad regional.

Ismael, por su parte, usó el dinero de la venta exactamente para lo que lo había pedido: cubrir dos nóminas atrasadas, renegociar el alquiler del local con el casero, y sobrevivir, con las cuentas ajustadas al límite, hasta que un contrato mayor con una mutua de accidentes de trabajo, firmado seis meses después, estabilizó definitivamente la situación de la empresa.

No volvió a pensar en el fondo de Valdehierro con ninguna frecuencia, salvo alguna vez, de pasada, cuando alguna auditoría interna le recordaba qué activos había vendido aquel año difícil.

Guardó, eso sí, una copia impresa del listado completo antes de entregar los originales digitales a Meridiano, un gesto que en su momento le pareció simple prudencia administrativa, "por si algún día alguien me pregunta qué vendimos exactamente", y que dos décadas después resultaría ser la única prueba física, fuera de los propios sistemas de la aseguradora, de que aquel archivo había existido y había cambiado de manos.

En 2007, dentro de un contrato que Bruno ni siquiera llegó a gestionar personalmente, lo compró Previsión Peninsular, sin que nadie en la compañía relacionara aquel paquete genérico con el archivo que ellos mismos habían absorbido medio siglo antes.

Nadie estaba comprando de vuelta su propio pasado a sabiendas.

Simplemente lo estaban comprando, como se compra cualquier otro producto que promete mejorar un poco los números del trimestre.