Chapter 7 #2
—Eso sí generaría una obligación de respuesta, sí.
Pero le advierto, porque me parece lo justo advertírselo, que ese proceso puede tardar entre seis meses y dos años, según la carga de trabajo del organismo, y que el resultado más probable, incluso si se resuelve a su favor, sería una instrucción a la compañía para que revise el caso, no una garantía de que el campo se retire del sistema activo de forma inmediata.
Elena anotó aquello en su libreta, con la misma letra pequeña y apretada de siempre, valorando por primera vez, con una claridad que hasta entonces no había tenido, la diferencia entre ganar una batalla administrativa concreta y conseguir que el sistema entero aprendiera algo de ella.
Eran, comprendió en ese momento, dos objetivos distintos, que quizá no pudiera alcanzar los dos a la vez, ni siquiera con toda la paciencia y todo el rigor que llevaba dos meses aplicando a aquel expediente.
—Gracias por la sinceridad —dijo finalmente—. Creo que es lo más útil que me han dicho en toda esta investigación, más que cualquier respuesta formal que haya recibido por escrito.
—De nada. Y, si me permite decirlo, aunque no forme parte de mi guion de atención: espero que consiga lo que está buscando. No es habitual que alguien llegue tan lejos reconstruyendo algo así por su cuenta.
Elena entendió, sin que hiciera falta que la mujer lo dijera con esas palabras exactas, que su caso, al ser individual, probablemente no representaba para la compañía ningún incentivo urgente para actuar: ni el volumen económico ni el riesgo reputacional justificaban, desde el punto de vista de quienquiera que tomara esas decisiones, una revisión inmediata del sistema completo.
Aceptó, sin sorprenderse, con la misma resignación pragmática con la que había aceptado tantas otras pequeñas derrotas administrativas a lo largo de los años: la póliza se emitiría con la prima más alta, la hipoteca se cerraría a tiempo, el piso de la calle Rúa Nueva sería, por fin, oficialmente suyo y de Diego antes de que acabara el mes.
El problema concreto que la había llevado hasta allí, dos meses atrás, en una silla de skay verde de una sucursal bancaria, quedaba resuelto de la forma más anticlimática posible: pagando de más, sin que nadie corrigiera nada, sin que el propio sistema aprendiera absolutamente nada de todo lo que ella había conseguido reconstruir.
· · ·
Aquella noche, con la firma electrónica de la póliza ya confirmada en su correo y los tres cuadernos de su bisabuelo de nuevo sobre la mesa del salón, Elena se dio cuenta de que la resolución del problema práctico, lejos de cerrar la investigación, la dejaba con una libertad extraña: ya no necesitaba nada de Previsión Peninsular, ni de ningún banco, para seguir tirando del hilo.
Lo que quedaba por delante —entender qué había pasado exactamente en 1941 con Ricardo Bazán y las "discrepancias en fichas de la serie B" que Rosa le había mencionado, entender por qué Bienvenido Ferraz había insistido tanto en incorporar el archivo entero en 1963, entender quién, en algún despacho de los años ochenta, había decidido llamar a aquel campo "Legado"— ya no era una necesidad urgente vinculada a una hipoteca ni a un plazo bancario.
Era, simplemente, una pregunta que se había quedado viviendo dentro de ella, con la misma clase de permanencia silenciosa que Elena reconocía en tantos investigadores que llegaban al archivo municipal buscando un dato concreto y se marchaban, años después, todavía volviendo cada cierto tiempo, incapaces de dar por completamente cerrada una historia que ya no tenía, en realidad, ningún final definitivo al que llegar.
Guardó los cuadernos en la caja, esta vez con cuidado de envolverlos de nuevo en papel neutro, del tipo que usaba en el archivo para materiales sensibles, y los colocó en una balda del armario del salón, ya no en un trastero olvidado sino en un lugar visible, accesible, al alcance de la mano cualquier noche que quisiera volver a ellos.
Se quedó un momento mirando la balda, con la casa en silencio y Diego ya dormido en la habitación de al lado, pensando que aquella misma noche, exactamente un siglo y dieciséis años atrás, un médico joven recién llegado a un pueblo que ella no había visitado nunca había abierto un cuaderno de tapas de hule negro y había empezado a escribir, sin saberlo, la primera línea de una historia que todavía no había terminado de escribirse.
Antes de acostarse, cogió de nuevo la libreta con el esquema que había dibujado días atrás en el archivo —la línea de seis nombres, las fechas aproximadas, las flechas que unían un siglo entero de decisiones distintas— y le añadió, al final, un séptimo nombre, el suyo propio, con un signo de interrogación al lado en lugar de una fecha.
No sabía todavía qué papel iba a jugar ella misma en aquella cadena, si el de quien por fin conseguía cerrarla o solo el de quien añadía, sin proponérselo, un eslabón más.
Pero por primera vez desde que había encontrado la fotografía de su bisabuelo, dos meses atrás, tuvo la certeza tranquila de que aquella pregunta —qué hacer, ahora, con todo lo que sabía— ya no era una pregunta sobre el pasado.
Era una pregunta sobre lo que estaba dispuesta a hacer a partir de esa misma noche.