Chapter 7
· · ·
Aquella misma tarde, con el correo ya enviado y sin nada más que hacer al respecto salvo esperar, Elena se sentó a la mesa de la cocina con toda la documentación que había reunido en las últimas semanas extendida delante de ella, en el mismo orden cronológico con el que organizaría cualquier fondo documental antes de redactar un informe de conclusiones: la carta original del banco, las sucesivas respuestas de Previsión Peninsular, sus propias notas de las conversaciones con Fermín Otazu, con Rosa, con su tía Consuelo, los tres cuadernos de su bisabuelo, las fichas fotografiadas —o mejor dicho, transcritas a mano, ya que no se le había permitido fotografiarlas— del fondo de la Junta de Sanidad, el listado impreso y el contrato que le había entregado Ismael Ortigosa.
Todo aquello, dispuesto sobre la mesa, componía algo que ya no podía llamarse una simple curiosidad genealógica, ni tampoco, todavía, una explicación completa: era, más bien, el esqueleto visible de una historia cuyas articulaciones internas —los motivos exactos, las decisiones concretas tomadas en cada época— seguían, en su mayor parte, fuera de su alcance.
—¿Vas a colgar todo eso en una pared con hilos rojos? —preguntó Diego, asomándose desde la puerta de la cocina con una sonrisa que pretendía quitarle hierro a la pregunta.
—Estoy tentada, la verdad. —Elena no levantó la vista de los papeles, aunque sonrió también—. Pero no, solo quiero verlo todo junto de una vez, en vez de en la cabeza, donde cada pieza vive por separado.
Diego se sentó frente a ella, cogió la fotografía del bisabuelo —la misma que Elena había encontrado meses atrás buscando otra cosa completamente distinta, el detonante involuntario de todo lo demás— y la observó un momento en silencio.
—Es raro pensar que todo esto empezó porque un banco quería un seguro de vida —dijo, dejando la fotografía de nuevo sobre la mesa—. Si no llega a ser por la hipoteca, jamás habrías abierto ese cajón.
—Es verdad. Y me pregunto cuántas historias parecidas hay por ahí, esperando a que alguien necesite un papel concreto un día concreto para empezar a tirar del hilo. La mayoría, seguramente, se quedan sin nadie que tenga el tiempo, la curiosidad o la formación para seguirlas hasta el final.
—¿Y qué ves, ahora que lo tienes todo junto?
Elena tardó en responder. No le faltaban palabras.
Llevaba días intentando encontrar la manera más honesta de formular lo que había ido entendiendo.
Cogió su libreta, donde había ido anotando, cronológicamente y no por orden de descubrimiento, cada eslabón de la cadena que había reconstruido: 1912, el cuaderno de Aurelio Duarte, nacido para repartir mejor las cartillas de leche entre las familias sin agua propia; 1936, la página en blanco, el miedo de un hombre a que sus propias anotaciones pudieran usarse contra sus vecinos; 1941, la circular de la Junta de Sanidad y la firma de Ricardo Bazán, sucesor del bisabuelo, introduciendo el "Índice de Aptitud Familiar" bajo criterios que ella todavía no comprendía del todo; 1963, el oficio de Bienvenido Ferraz incorporando el archivo entero, sin depurar, al fondo nacional de la Mutualidad; algún momento no precisado de finales de los ochenta, la digitalización que había bautizado el campo como "Legado"; 2004, la licencia de Ismael Ortigosa a Estudios Actuariales Meridiano, por pura necesidad económica; y después, un tramo todavía completamente a oscuras, entre aquella consultora desaparecida y la tabla actuarial que un empleado de banco le había enseñado en una pantalla, incapaz de explicarle nada.
—Veo que nadie mintió —dijo finalmente—.
Ese es el problema. Si alguien hubiera mentido, sería más fácil.
Habría a quien pedirle cuentas, a quien exigirle una disculpa.
Pero lo que veo es una fila larga de personas que hicieron, cada una en su momento, lo que parecía razonable hacer con lo que tenían delante.
Y el resultado de todo eso, sumado, es algo que ninguno de ellos habría elegido si hubiera podido ver el final desde el principio.
—¿Y eso te deja más tranquila o menos?
—Menos —dijo Elena, sin dudarlo—. Porque si hubiera un culpable, se podría corregir el error castigando a esa persona, cambiando esa decisión concreta.
Pero si el problema es la suma de un montón de decisiones razonables tomadas por gente distinta en momentos distintos, no sé ni siquiera qué habría que corregir para que esto no volviera a pasar.
Y sin embargo va a seguir pasando, en otras formas, con otros nombres, con otras letras.
· · ·
El correo de Veritan Global Analytics llegó, contra todo pronóstico, apenas cuatro días después, firmado por alguien del departamento de cumplimiento normativo de la sede europea, con un tono considerablemente más profesional y menos evasivo que el de las comunicaciones anteriores de Previsión Peninsular.
La compañía, explicaba el correo, no conservaba en sus sistemas actuales ningún registro directamente vinculado al antiguo fondo de Estudios Actuariales Meridiano, absorbido "hace más de una década, en el marco de una operación corporativa que no incluyó la migración completa de archivos históricos previos a 2011, dado su escaso valor comercial en el momento de la integración".
El correo añadía, sin embargo, un dato que Elena no esperaba: antes de la fusión de 2011, Meridiano había vendido en varias ocasiones "paquetes de datos actuariales agregados y anonimizados" a distintas compañías de seguros para estudios de tarificación, entre ellas, según constaba en un listado de clientes históricos que la propia Veritan conservaba por motivos de auditoría interna, Previsión Peninsular.
Elena leyó el párrafo dos veces, sentada en su mesa del archivo municipal, con la misma sensación de vértigo controlado que había sentido semanas atrás al confirmar, en el legajo provincial, que el archivo sanitario de Valdehierro había sido incorporado a un fondo actuarial nacional en 1963.
El círculo, que llevaba semanas imaginando como una línea recta que se alejaba cada vez más de su punto de partida, resultaba ser, en realidad, mucho más parecido a lo que era de verdad: un bucle.
Previsión Peninsular no solo había heredado el archivo original de la antigua mutualidad rural en 1958; también había comprado, décadas después, sin saberlo con toda probabilidad —o quizá sabiéndolo, eso todavía no podía determinarlo—, una versión reprocesada de sus propios datos históricos, ya convertidos en un producto genérico de tarificación, vendido de vuelta a la misma compañía de la que originalmente habían salido.
Llamó esa misma tarde al servicio de atención al cliente de Previsión Peninsular por última vez.
Ya no era para pedir explicaciones —sabía ya, después de dos meses, que ninguna de las personas que la atenderían tendría acceso a esa información—.
Era para comunicar formalmente, para que quedara constancia por escrito en su expediente, todo lo que había averiguado: el origen del Legado en el registro sanitario de 1912, su transformación en índice clasificatorio en 1941, su incorporación al fondo nacional en 1963, su digitalización en los años ochenta, su venta a una consultora externa en 2004, y su reincorporación, probablemente involuntaria, al propio sistema de la compañía a través de un producto de datos de terceros comprado en algún momento posterior a 2011.
La persona que la atendió, una mujer joven cuya voz Elena no reconoció de ninguna de las llamadas anteriores, escuchó el relato completo sin interrumpir, y al final, con una sinceridad que a Elena le pareció genuina, le dijo que no tenía forma de confirmar ni desmentir nada de lo que acababa de escuchar, pero que anotaría todo en el expediente y lo derivaría al departamento de cumplimiento normativo "para que lo tengan en cuenta de cara a futuras revisiones del sistema".
—¿Y mi póliza? —preguntó Elena, casi como una ocurrencia tardía, después de dos meses en los que el propio seguro había quedado, en su cabeza, relegado muy por detrás de todo lo demás.
—Puedo tramitarle ahora mismo la aprobación con la prima recalculada que se le comunicó en marzo, si quiere resolverlo antes de que expire la oferta de su banco.
El coeficiente, tal y como está el sistema hoy, seguirá aplicándose, con independencia de lo que averigüe después el departamento de cumplimiento.
Lo siento, no puedo hacer nada más desde aquí.
—¿Y ese departamento, tarda mucho en responder normalmente a este tipo de comunicaciones?
—No sabría decirle con precisión. Estas cosas, cuando no hay una reclamación formal de por medio, no tienen un plazo legal de respuesta obligatoria. A veces se revisan pronto, a veces se quedan pendientes mucho tiempo, sobre todo si no afectan a un volumen grande de clientes.
—¿Y usted, en su experiencia, diría que mi caso es de los que se revisan pronto?
Hubo un silencio al otro lado de la línea, más largo de lo que la pregunta parecía merecer, y cuando la mujer volvió a hablar, su voz había perdido parte del tono estrictamente profesional con el que había llevado toda la conversación.
—Sinceramente, no. Llevo cuatro años en este puesto, y las comunicaciones como la suya, sin reclamación formal detrás, suelen archivarse sin que nadie vuelva a mirarlas, salvo que coincidan con algún proceso de revisión ya en marcha por otro motivo.
No es que a nadie le importe lo que usted ha contado.
Es que, en un sistema con miles de expedientes abiertos cada día, lo que no genera una obligación legal de respuesta tiende a quedarse donde lo deja la última persona que lo tocó.
—¿Y si presentara una reclamación formal, ante la autoridad de protección de datos, en vez de solo esta comunicación informativa?