Chapter 6 #2
Abrió la carpeta sobre la mesa baja del salón, entre las dos tazas de café ya frías, y sacó primero un listado impreso en papel continuo, de esos con los bordes perforados que Elena reconocía vagamente de las impresoras matriciales de su infancia, con columnas de datos separadas por guiones y un encabezamiento en mayúsculas que le hizo contener la respiración un momento: FACTOR_L.
El papel, amarillento y quebradizo en los pliegues, olía a ese tipo de humedad seca característica de los archivos guardados durante décadas en cajas de cartón, un olor que Elena reconocía de inmediato, con la misma familiaridad con la que reconocería el olor de su propia casa, y que en aquel momento, mezclado con la tensión de lo que estaba a punto de leer, le pareció casi abrumador.
—Esto es de finales de los ochenta —dijo Ismael, señalando la fecha impresa en la esquina superior de la hoja—.
Cuando la compañía informatizó sus archivos antiguos, antes de que yo me hiciera cargo del negocio, nos entregaron a nosotros, junto con el papel original, una copia de este listado, como referencia de lo que habían volcado al ordenador.
Mi padre siempre decía que esa letra, la L, venía de "legado", aunque nunca tuve forma de confirmarlo del todo.
Lo cierto es que ni él ni yo llegamos a saber jamás qué significaba realmente ese campo más allá del nombre.
Para nosotros era, simplemente, un dato más del archivo que custodiábamos, uno entre miles.
—¿Y usted nunca sintió curiosidad por saber qué representaba?
Ismael se quedó callado un momento, mirando el listado sobre la mesa con una expresión que a Elena le pareció sincera en su incomodidad.
—Sí, la sentí. Más de una vez. Pero entienda una cosa, señora Duarte: yo llevaba un negocio de custodia documental, no de investigación histórica.
Mi trabajo era guardar bien lo que me daban, no interpretarlo.
Si me hubiera puesto a indagar el origen exacto de cada columna de cada archivo que pasaba por mis manos, no habría tenido tiempo para nada más.
Uno aprende, en este oficio, a no preguntarse demasiado sobre lo que guarda.
Es una forma de protegerse, supongo, aunque ahora, viéndola a usted aquí, no sé si fue la decisión correcta.
Elena asintió, sin juzgarle, porque reconocía en aquella explicación algo demasiado cercano a su propio oficio como para permitirse cualquier reproche fácil: también ella, en el archivo municipal, custodiaba a diario documentos cuyo contenido exacto no siempre llegaba a leer con detenimiento, confiando en que la clasificación general bastara para que, si alguna vez hacía falta, alguien pudiera encontrar lo que buscaba sin que ella tuviera que haberlo entendido todo de antemano.
La diferencia, pensó, era solo de escala y de consecuencias, no de naturaleza.
· · ·
—¿Y cómo acabó este archivo saliendo de sus manos? —preguntó Elena, después de un silencio que ninguno de los dos pareció tener prisa por romper.
—En 2004 mi empresa estaba en apuros —dijo Ismael, con la franqueza directa de quien ya no tiene nada que perder contando la verdad—.
Habíamos perdido dos clientes grandes seguidos, y con solo dos empleados a mi cargo, la cosa se puso fea.
Entonces apareció una consultora de Madrid, Estudios Actuariales Meridiano, que buscaba series históricas largas de datos de longevidad para modelos de esperanza de vida.
Les interesaba precisamente lo que yo tenía: archivos de mutualidades antiguas, con datos que se remontaban, en algunos casos, a principios del siglo pasado.
Me ofrecieron una cantidad que, en aquel momento, significaba la diferencia entre cerrar la empresa ese mismo año o aguantar unos cuantos más.
—¿Y usted les vendió todo? ¿Sin filtrar nada?
—Les licencié el acceso a todo el fondo, sí, el de Valdehierro incluido, con el Legado y con todo lo demás.
—Ismael bajó la mirada un instante. No parecía disculparse.
Repasaba, una vez más, una decisión que ya había justificado ante sí mismo muchas veces—.
No lo voy a disfrazar de otra manera: lo hice por necesidad, no por convicción.
Recuerdo que antes de firmar les pregunté, casi de pasada, qué era exactamente ese campo de la L, y el técnico que llevaba la negociación me dijo que no se preocupara, que era "ruido histórico sin relevancia estadística actual", una frase que en su momento me tranquilizó más de lo que debería haberlo hecho.
Firmé el contrato dos días después. Con ese dinero aguanté seis años más antes de jubilarme del todo.
Elena anotó el nombre de la consultora en su libreta, junto a la fecha, con la misma disciplina de siempre, aunque esta vez con la mano ligeramente más tensa de lo habitual, consciente de que aquel nombre —Estudios Actuariales Meridiano— era, probablemente, el siguiente eslabón de una cadena que empezaba a intuir mucho más larga y más ramificada de lo que había imaginado al principio.
Pensó, mientras terminaba de escribir, en la cantidad de decisiones parecidas a esta —una empresa pequeña en apuros, una oferta que llega justo a tiempo, la tentación razonable de no hacer demasiadas preguntas— que probablemente se habían tomado a lo largo de aquellos cien años sin que nadie, en el momento de tomarlas, pudiera imaginar que formaban parte de algo más grande que su propia circunstancia inmediata.
—¿Sabe si esa consultora sigue existiendo?
—No tengo ni idea, la verdad. Hace más de veinte años de aquello y no he vuelto a tener contacto con nadie de allí.
Pero le voy a dar algo mejor que un nombre de empresa que a lo mejor ya ni existe.
—Ismael rebuscó de nuevo en la carpeta y sacó una copia del propio contrato de licencia, ya con las esquinas dobladas por el tiempo, y se la tendió a Elena junto con el listado de finales de los ochenta—.
Quédeselo. Yo ya no lo necesito, y usted, por lo que me cuenta, lo va a necesitar más que yo.
· · ·
De vuelta en el coche, con Diego esperando y el motor ya en marcha, Elena se quedó un momento con los dos documentos sobre el regazo antes de guardarlos en el bolso, releyendo el nombre de la consultora impreso en el membrete del contrato con la misma atención con la que semanas atrás había subrayado la frase sobre el "encargado del tratamiento externo" en la primera carta de Previsión Peninsular.
Pensó en Ismael Ortigosa, en su librería llena de archivadores que ya nadie más querría conservar, en la frase que le había dicho justo antes de despedirse en la puerta —"uno aprende, en este oficio, a no preguntarse demasiado sobre lo que guarda"— y en cómo esa misma frase, con distintas palabras, podría haber salido de la boca de casi todas las personas con las que había hablado en las últimas semanas: el empleado del banco, la telefonista de la aseguradora, Fermín Otazu, quizá incluso su propio bisabuelo, dudando sobre la utilidad de su cuaderno la noche en que enterró al pequeño de los Salcedo.
Nadie, en ningún punto de aquella cadena que empezaba a dibujarse ante ella, parecía haber tenido intención de hacer daño a nadie.
Y sin embargo, pensó, mientras Diego arrancaba el coche y le preguntaba, con una media sonrisa, si por fin había averiguado algo, la suma de todas esas ausencias razonables de curiosidad había terminado produciendo, un siglo después, una letra en la pantalla de un empleado de banco que nadie sabía explicar.
—He averiguado un nombre —dijo Elena, mirando por la ventanilla mientras el coche dejaba atrás la urbanización—.
Una consultora de Madrid que ya no sé si existe.
Y he averiguado, sobre todo, que nadie en toda esta historia ha sido nunca el responsable único de nada.
Cada uno se limitó a hacer lo razonable con lo que tenía delante.
—¿Y eso te desanima o te anima a seguir?
Elena no respondió enseguida. Miró el contrato doblado sobre su regazo, el listado impreso con el encabezamiento FACTOR_L todavía visible entre las páginas, y pensó que la pregunta de Diego, formulada así, de manera tan directa, no admitía en realidad una sola respuesta.
—Me anima a seguir —dijo finalmente—. Porque si nadie es responsable del todo, entonces alguien tiene que ser, por lo menos, quien junte todas las piezas. Y ahora mismo esa parece que soy yo.