No consta Chapter 6
30%

Chapter 6

La carta, redactada con un tono más formal y más cauteloso que las anteriores, informaba a Elena de que su solicitud de acceso al depósito histórico había sido "parcialmente estimada": no se le concedía acceso directo al archivo físico, que la compañía consideraba de uso interno y sujeto a restricciones de conservación.

En cuanto al origen del dato, la carta se limitaba a confirmar lo que Elena ya sabía por la respuesta anterior: que parte del fondo histórico había sido gestionado en el pasado por "un tercero externo especializado en servicios de custodia y gestión documental, cuya identidad no puede facilitarse por razones de confidencialidad contractual entre las partes".

Ni nombre, ni teléfono, ni ninguna referencia que Elena pudiera seguir directamente.

Solo la confirmación, ya conocida, de que ese tercero había existido.

Elena subió las escaleras con la carta todavía en la mano, sin esperar el ascensor, y se sentó a la mesa de la cocina sin siquiera quitarse el abrigo.

No era el archivo en sí, ni siquiera un nombre.

Pero era, por primera vez, la confirmación por escrito de que existía una empresa concreta, ajena a la aseguradora, que había manejado aquellos datos en algún momento.

Y una empresa, a diferencia de una persona, deja rastro en sitios que ella sabía dónde buscar.

Empezó por lo obvio: el Registro Mercantil, buscando empresas dadas de alta en la provincia bajo epígrafes relacionados con gestión documental o custodia de archivos, filtrando por las que hubieran cesado actividad en los últimos veinte años, que eran, razonó, las más probables si Previsión Peninsular hablaba de aquel tercero en pasado.

La lista inicial tenía cerca de cuarenta nombres, la mayoría empresas de trituración de papel o de mudanzas que en algún momento se habían apuntado también a la custodia documental como servicio adicional, sin relación real con lo que buscaba.

Pasó dos tardes enteras descartándolas una por una, cruzando cada nombre con hemerotecas digitales por si aparecía mencionada en alguna noticia antigua sobre contratos con aseguradoras, sin éxito.

El hallazgo, cuando llegó, no fue especialmente elegante. Fue Fermín Otazu quien, en una segunda llamada que Elena le hizo casi por cortesía más que por esperanza real de sacar nada nuevo, recordó un detalle que no le había parecido relevante la primera vez.

—Ahora que lo dice, sí que me suena un nombre de hace años, de cuando yo empezaba —dijo—.

Una empresa pequeña, familiar, que llevaba parte de los archivos antiguos de las delegaciones antes de que se centralizara todo.

Corpus, se llamaba, o algo parecido. Corpus Datos, creo.

No le puedo asegurar más, llevo treinta años sin oír ese nombre.

Bastó con eso. "Corpus Datos Históricos S.L.

" no aparecía en su lista original —había cesado actividad hacía más tiempo del que Elena había fijado como filtro—, pero sí en el Registro Mercantil, con un último administrador registrado: Ismael Ortigosa.

Elena tardó otra tarde más en localizar un teléfono de contacto, a través de un antiguo anuncio de traspaso del local que todavía circulaba en una web de segunda mano, con un número de móvil al pie que, comprobó con el corazón acelerado, seguía dando señal.

Llamó esa misma tarde, antes de que le diera tiempo a pensárselo demasiado, y le atendió, tras un par de tonos, una voz masculina de hombre mayor, algo ronca.

—¿Diga?

—Buenas tardes, ¿hablo con Ismael Ortigosa?

—El mismo. ¿En qué puedo ayudarle?

—Me llamo Elena Duarte. Estoy intentando localizar a alguien que trabajara antes en Corpus Datos Históricos. Tengo entendido que gestionaron archivos de Previsión Peninsular hace años.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, no incómodo sino reflexivo, como si el hombre estuviera reorganizando en la memoria una información que no consultaba desde hacía tiempo.

—Corpus Datos Históricos ya no existe, señora Duarte, si le soy sincero.

La cerré hace ya diez años, cuando me jubilé.

Pero sí, durante bastante tiempo gestionamos archivos de varias aseguradoras, entre ellas Previsión Peninsular.

¿Cómo ha dado usted con este número, si no le importa que le pregunte? No es fácil encontrarlo.

—Con paciencia, sobre todo. Y con la ayuda de alguien que todavía se acordaba de su empresa.

Ismael se rió, con una risa breve y sorprendida.

—Pues no muchos se acuerdan ya. ¿Qué necesita saber exactamente?

—Un coeficiente aplicado a mi póliza, con el código L-07, que según me han dicho procede de una tabla actuarial muy antigua. Nadie en la compañía ha sabido explicarme su origen.

Otro silencio, esta vez más largo, y cuando Ismael volvió a hablar, su voz había cambiado ligeramente de tono, con un matiz que a Elena le costó identificar en el momento pero que reconocería después, al recordar la conversación, como una mezcla de sorpresa y algo parecido a la resignación.

—Eso sí que me suena, sí. El Legado, lo llamábamos nosotros.

Venía de un fondo bastante antiguo que licenciamos hace años a una consultora, cuando yo todavía llevaba el negocio de mi padre.

Mire, esto no es una conversación para el teléfono, si no le importa.

¿Tiene usted forma de acercarse hasta aquí?

Vivo en las afueras, no muy lejos de la ciudad.

Le puedo enseñar lo que me queda, que no es mucho, pero es más de lo que le va a contar nadie en esa compañía.

—Por supuesto. Dígame cuándo le viene bien.

—El sábado, si le parece. Entre semana tengo médico casi todos los días, cosas de la edad, ya sabe. El sábado estoy libre toda la mañana.

Elena colgó el teléfono con una sensación extraña, a medio camino entre el alivio y el orgullo pequeño y algo tonto de quien lleva tres días enteros tirando de un hilo administrativo y por fin lo ve moverse.

Aquella misma noche se lo contó a Diego con más detalle del que le había dado hasta entonces sobre toda la investigación, y él, que hasta ese momento había seguido el asunto con una mezcla de curiosidad y cierta distancia prudente, le propuso acompañarla el sábado, "aunque sea para esperar en el coche", según dijo, con la clase de gesto que Elena sabía reconocer como su forma particular de decirle que no estaba tan al margen de todo aquello como a veces aparentaba.

·  ·  ·

Ismael Ortigosa vivía en una casa unifamiliar de una sola planta, en una urbanización de las afueras construida en los años ochenta, con un jardín delantero pequeño y bien cuidado en el que un limonero cargado de fruta ocupaba casi todo el espacio disponible.

Elena llegó el sábado siguiente, con Diego esperando en el coche por discreción —"esto es cosa tuya, yo te espero leyendo"—, y encontró a un hombre de unos setenta y cinco años, de complexión menuda y mirada despierta, que la recibió en la puerta con un apretón de manos firme y la invitó a pasar a un salón dominado por una librería que ocupaba toda una pared, cargada de archivadores y carpetas más que de libros propiamente dichos.

En el camino hasta allí, durante los cuarenta minutos de trayecto, Elena había repasado mentalmente todo lo que sabía hasta el momento, como si preparara una entrevista profesional más que una conversación privada, consciente de que aquella sería, probablemente, la única ocasión que tendría de hablar con alguien que hubiera tenido el archivo original entre las manos.

—Disculpe el desorden —dijo, apartando de una silla una pila de revistas de jardinería para que Elena pudiera sentarse—. Cuando cerré la empresa me traje aquí todo lo que pude, más por cariño que por utilidad. Mi mujer lleva diez años pidiéndome que lo tire y yo diez años sin hacerle caso.

Le sirvió un café sin preguntar si lo quería, con la naturalidad hospitalaria de quien vive solo la mayor parte del día y agradece la compañía más de lo que estaría dispuesto a admitir, y se sentó frente a ella con las manos entrelazadas sobre las rodillas, en la postura de alguien que se prepara para contar algo que lleva tiempo sin tener ocasión de contar.

—Mi padre montó el negocio en los años sesenta —empezó, sin que Elena tuviera que preguntarle nada—.

Trabajaba para una aseguradora regional, llevando sus archivos, y cuando esa aseguradora fue absorbida por Previsión Peninsular, a finales de esa década, mi padre se quedó con parte de la documentación antigua que la compañía grande no quería gestionar directamente, bajo un contrato de custodia externa.

Con eso montó Corpus, que en realidad durante años fue poco más que un almacén con nombre de empresa.

Yo me hice cargo cuando él se jubiló, a mediados de los noventa, y seguí con lo mismo: guardar papel viejo que a nadie más le apetecía guardar.

—¿Y el Legado?

—A eso voy. —Ismael se levantó, con el paso lento pero seguro de quien conoce cada rincón de su propia casa, y sacó de uno de los archivadores de la librería una carpeta fina, ya amarillenta, que llevaba escrito a rotulador en el lomo, con letra desgastada por el tiempo: Fondo Valdehierro — Mutualidad rural (pre-58).

—Esto es lo poco que conservo yo mismo, aparte de lo que sigue guardado, si es que sigue guardado, en el depósito de la propia compañía.

Mi padre heredó este fondo cuando la vieja Mutualidad de ámbito rural se fusionó con las otras dos en el 58 y pasó a formar parte de Previsión Peninsular.

La compañía grande no quería cargar con archivos de pueblos pequeños que ya casi no existían, así que se los dejó en custodia externa a mi padre, que por entonces ya llevaba la gestión documental de otra aseguradora regional. Ahí empezó todo, en realidad.