Chapter 5 #2
Esa noche, incapaz de concentrarse en otra cosa, Elena sacó de nuevo los tres cuadernos de su bisabuelo y empezó, por primera vez desde que los había recuperado del trastero de su madre, una lectura sistemática y no solo un hojeo superficial, empezando por el primero, el de 1912, con la libreta y un lápiz al lado para ir tomando notas del mismo modo en que lo hacía con cualquier fuente primaria en el archivo.
Diego, que había aprendido ya a reconocer cuándo Elena entraba en ese estado de concentración particular que no admitía interrupciones, se retiró pronto al dormitorio con un libro, dejándola sola en el salón bajo la luz de la lámpara.
Las primeras páginas confirmaban lo que ya había visto por encima: una lista de familias organizada por proximidad geográfica dentro del pueblo, con columnas de hijos vivos y fallecidos, y una tercera columna de marcas simples —aspas, guiones, círculos— cuyo significado Elena no lograba descifrar del todo hasta que, hacia la página veinte, encontró una anotación al margen, en letra más pequeña que el resto, que parecía funcionar como una leyenda improvisada: "X: sin acceso a fuente propia.
Prioridad de cartilla." Entendió entonces, con una claridad que la sorprendió por lo simple que resultaba en el fondo, que aquellas marcas no clasificaban a las familias por ningún criterio moral o social.
Las clasificaban, sencillamente, por su acceso al agua potable, el factor que su bisabuelo, según pudo deducir de varias anotaciones dispersas a lo largo de las primeras páginas, consideraba determinante en los casos de mortalidad infantil que había empezado a registrar aquel primer año en el pueblo.
Encontró, entre las anotaciones de aquel primer año, una entrada que le llamó la atención por su extensión, mayor que la de las demás, apenas una frase escueta al margen de una de las familias registradas: "Casa de los Bernal, cinco hijos, dos vivos.
Sin fuente propia, acarrean desde el pilón viejo.
Prioridad máxima." Debajo, con una letra ligeramente distinta, como si la hubiera añadido en otro momento, otra línea: "Visitada 14 y 21 de mayo.
Mejoría del más pequeño." No había nada más sobre los Bernal en esa página, ni ninguna mención posterior que Elena pudiera localizar en una revisión rápida del resto del cuaderno, pero aquella brevísima secuencia —la necesidad anotada, la visita registrada, la mejoría constatada— le pareció, más que cualquier otra cosa que hubiera leído hasta entonces, la prueba más clara de que aquel cuaderno había nacido, en efecto, exactamente para lo que su bisabuelo decía que había nacido: para ayudar a gente concreta con nombres y apellidos, no para clasificarla en abstracto.
Leyó hasta pasada la medianoche, avanzando cuaderno tras cuaderno, viendo cómo el sistema de su bisabuelo se iba haciendo, con los años, ligeramente más complejo —una cuarta columna añadida hacia 1920 para anotar visitas realizadas, una quinta hacia 1928 para anotar visitas pendientes— sin que en ningún momento aquellas anotaciones dejaran de responder a la misma lógica original y modesta: repartir mejor un recurso escaso entre quienes más lo necesitaban.
Hacia la mitad del segundo cuaderno, en una entrada fechada en el otoño de 1924, encontró una de las pocas reflexiones personales que se permitía Aurelio Duarte en todo el conjunto de anotaciones, escrita al final de una jornada especialmente dura, a juzgar por el tono: "Enterré hoy al pequeño de los Salcedo.
Tres años. Si hubiera podido dedicarle la visita del jueves en lugar de la del viernes, no lo sé, quizá nada habría cambiado.
Este cuaderno no salva a nadie. Solo intenta repartir mejor lo poco que hay.
" Elena releyó la frase dos veces, con la libreta olvidada un momento sobre las rodillas, sintiendo, por primera vez desde que había empezado toda aquella investigación, algo parecido a una emoción sin filtro profesional, más cercana a la conmoción que a la simple satisfacción metódica de encontrar un dato: la de escuchar, a través de un siglo entero, la voz cansada de un hombre que dudaba de la utilidad de su propio método el mismo día en que más lo necesitaba.
No encontró, en ninguna de las páginas que consiguió leer aquella noche, nada que se pareciera al "Índice de Aptitud Familiar" que había visto impreso en las fichas de 1941, ninguna letra clasificatoria, ninguna referencia a la "estabilidad del núcleo familiar" ni a ningún otro criterio que no fuera estrictamente material y verificable.
Las últimas páginas del tercer cuaderno, ya en los años treinta, mostraban una letra algo menos firme que la de origen, quizá por el paso del tiempo, quizá por las circunstancias que se adivinaban entre líneas sin llegar nunca a explicitarse del todo: menos anotaciones por página, algún borrón, una entrada de la primavera de 1936 en la que Aurelio mencionaba, sin dar más detalles, "cierta inquietud en el pueblo estos días, aunque las visitas continúan con normalidad".
La última entrada de todas, la del verano de aquel año, no tenía nada de especial en sí misma —una familia visitada, un niño con fiebre, una recomendación de reposo— y era precisamente esa normalidad aparente, el hecho de que nada en el propio texto anunciara que sería la última, lo que a Elena le resultó más difícil de leer.
Fue esa ausencia de aviso, más que cualquier presencia dramática, lo que se quedó con ella cuando finalmente cerró el tercer cuaderno por su última página escrita, y apagó la lámpara del salón: la certeza creciente de que fuera lo que fuera aquel índice que un día llegaría a determinar, un siglo después, el precio de su propio seguro de vida, no había nacido con su bisabuelo.
Había nacido después. Con otra persona, en otro momento, bajo otras circunstancias que ella todavía no conocía, y que el nombre de Ricardo Bazán, firmado al pie de una circular de 1941, era la única puerta que tenía, de momento, para empezar a averiguar.
Se quedó un rato más sentada en el salón, con los tres cuadernos cerrados y apilados frente a ella, sin ganas todavía de moverse hacia el dormitorio, escuchando el silencio del piso interrumpido solo por el zumbido lejano de algún coche ocasional en la calle.
Pensó en la frase de su bisabuelo sobre el pequeño de los Salcedo, en la extraña honestidad de un hombre que dudaba de su propio método el mismo día en que más lo necesitaba, y la comparó, sin poder evitarlo, con la actitud de todas las personas con las que había hablado en las últimas semanas al otro lado de un mostrador o de una línea telefónica: nadie, en ninguno de esos casos, se había permitido esa misma duda.
Nadie le había dicho, ni siquiera Fermín Otazu con toda su buena voluntad, "no sé si este sistema sirve para lo que dice que sirve".
Todos, de un modo u otro, se habían limitado a aplicar lo que tenían delante, confiando en que alguien, en algún punto anterior de la cadena, ya se hubiera hecho esa pregunta por ellos.
Cuando por fin entró en el dormitorio, pasada la una de la madrugada, Diego seguía despierto, con el libro abandonado sobre el pecho y la luz de la mesilla todavía encendida, como si hubiera estado esperándola sin querer admitirlo.
—¿Has encontrado algo? —preguntó, incorporándose un poco.
—Creo que el bisabuelo no tiene la culpa de nada —dijo Elena, sentándose en el borde de la cama, todavía con la libreta en la mano—. Creo que hizo exactamente lo contrario de lo que yo estaba temiendo. Y creo que el problema, sea el que sea, empezó con otra persona, después de que él se fuera.
—¿Eso te tranquiliza o te inquieta más?
Elena apagó la luz antes de responder, y se quedó un momento a oscuras, mirando el techo, pensando en la pregunta de Diego con la misma atención con la que hubiera pensado cualquier otra que le importara de verdad.
—Las dos cosas —dijo finalmente—. Me tranquiliza por él. Y me inquieta por todos los que vinieron después.