Chapter 5
—Hoy no estás aquí del todo —le dijo su compañera de mostrador, Beatriz, a media mañana, mientras le devolvía un legajo que Elena acababa de entregarle mal ordenado—. Llevas así toda la semana.
—Tengo la cabeza en otra cosa, sí. Un asunto de familia.
—¿Algo grave?
—No lo sé todavía —respondió Elena, y se dio cuenta, al decirlo en voz alta, de que era la primera vez que formulaba la situación de ese modo tan preciso: no sabía todavía si lo que estaba encontrando era grave, curioso, triste o simplemente el tipo de historia menor que casi todas las familias guardan en algún cajón sin llegar nunca a mirarla del todo.
Beatriz no insistió, con la discreción propia de quien lleva años trabajando codo con codo con alguien sin necesidad de saberlo todo sobre su vida, y volvió a su propio mostrador dejando a Elena con el legajo mal ordenado todavía entre las manos.
Elena tardó un rato más de lo habitual en corregir el error, distraída por la misma pregunta que llevaba días repitiéndose sin llegar a una respuesta clara: por qué un asunto que, en términos puramente prácticos, no cambiaba en nada su vida presente —ni el precio del seguro, ni la fecha de la mudanza, ni ninguna decisión que tuviera que tomar en las próximas semanas— se había convertido, sin embargo, en lo único capaz de mantener su atención por completo.
Aprovechó la hora de la comida para llamar a su tía Consuelo por segunda vez en pocas semanas, algo tan inhabitual que la propia Consuelo, al descolgar, preguntó de inmediato si pasaba algo malo.
—No, tía, tranquila. Es que he encontrado unos cuadernos del bisabuelo Aurelio y hay algo que no entiendo. El último tiene anotaciones hasta el verano de 1936 y después se queda en blanco. ¿Sabes tú algo de eso?
Hubo un silencio al otro lado de la línea más largo que en la conversación anterior, y cuando Consuelo volvió a hablar, su voz había perdido parte de la ligereza habitual.
—Eso sí que lo sé, aunque tampoco mucho.
Mi padre —tu abuelo Marcelino— tenía entonces diecisiete años, y siempre contaba que aquel verano, el del treinta y seis, todo cambió muy deprisa en el pueblo, como en tantos sitios.
No entraba en detalles, o no delante de nosotros, pero sí decía una cosa que se me quedó grabada: que su padre, tu bisabuelo, "dejó de escribir el cuaderno el mismo día que empezó a tener miedo de lo que pudiera hacerse con lo que había escrito".
No sé exactamente a qué se refería con eso, hija.
Yo siempre lo interpreté como que tenía miedo de que alguien usara aquellas anotaciones —quién sabía qué familia tenía más o menos posibles, quién iba más o menos a misa, ese tipo de cosas que en un pueblo pequeño todo el mundo sabe pero que una cosa es saberlo y otra tenerlo por escrito— para señalar a la gente en un momento en que señalar a la gente podía costarle muy caro.
Elena anotó la frase con mano temblorosa, consciente de que aquella explicación, ofrecida por su tía con la cautela de quien repite algo escuchado de segunda mano hacía décadas, encajaba con una lógica histórica que ella misma conocía bien por su trabajo con documentación de la época: en los primeros meses de la guerra, en muchos pueblos, cualquier registro escrito que permitiera clasificar a las familias por afinidades, simpatías o circunstancias personales se había convertido, de la noche a la mañana, en un instrumento peligroso, y no era extraño que quienes custodiaban ese tipo de información hubieran optado, con buen criterio, por dejar de generarla o por ocultarla.
—¿Y sabes si el bisabuelo siguió siendo médico del pueblo después de eso?
—Durante un tiempo sí, creo. Pero se marchó antes de que acabara la guerra, eso sí que te lo puedo confirmar, porque tu abuelo Marcelino contaba que llegó a la ciudad siendo todavía adolescente, sin haber terminado el bachillerato en el pueblo.
No sé el motivo exacto de la marcha, ni si fue una decisión propia o si le obligaron de algún modo.
Como te dije la otra vez, en esta familia nunca se ha hablado mucho de aquello.
—¿Y llegaste a conocer tú a algún primo, algún vecino, alguien que todavía tuviera relación con el pueblo?
—No, hija. Cuando yo nací ya vivíamos todos en la ciudad y mi padre no volvió jamás, ni siquiera de visita, que yo recuerde.
Una vez, siendo yo adolescente, le pregunté si podíamos ir a conocerlo alguna vez, por curiosidad, y me dijo que no, sin más explicación, con un tono que no invitaba a insistir.
Yo entendí, sin que nadie me lo confirmara nunca, que aquello era territorio prohibido, y como tantas otras cosas de aquella generación, aprendí a no volver a preguntar.
Elena colgó el teléfono y se quedó un momento sentada en la sala de descanso del archivo, con el bocadillo a medio comer y la mirada perdida en la pared, pensando en cuántas familias, no solo la suya, habían aprendido a lo largo del siglo a no volver a preguntar sobre cosas concretas, y en cómo esa misma costumbre de silencio, multiplicada por miles de familias distintas a lo largo de generaciones, terminaba produciendo el mismo efecto que ella llevaba semanas observando en las instituciones: una acumulación de vacíos que nadie había decidido crear de forma deliberada, pero que ahora resultaba casi imposible de rellenar.
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Aquella tarde, sin decírselo a Diego para no darle más peso emocional del que quizá tuviera, Elena volvió a llamar al Archivo Histórico Provincial y le pidió a Rosa, con la voz más contenida de lo que sentía, si en el fondo de la Junta de Sanidad existía alguna documentación adicional sobre el nombramiento del doctor Ricardo Bazán como sucesor de su bisabuelo, y sobre las circunstancias exactas del cese de este último.
—Eso ya te va a costar más trabajo encontrarlo, si es que existe —le advirtió Rosa—.
Los nombramientos y ceses de médicos titulares de esa época concreta, la del 36 al 39, son de los fondos peor conservados que tenemos, precisamente porque en muchos casos la documentación administrativa normal se interrumpió durante la guerra y no se retomó con el mismo rigor hasta bien entrada la posguerra.
Puede que haya algo, puede que no haya nada. Te lo miro, pero no te prometo mucho.
—Lo entiendo. Es más una curiosidad personal que algo que necesite de verdad para lo del seguro.
—No sé yo si a estas alturas puedes seguir llamando a esto "curiosidad personal" —dijo Rosa, con un tono entre divertido y afectuoso que a Elena le recordó, por un momento, a sus propias palabras dirigidas tantas veces a investigadores que empezaban preguntando por un dato suelto y acababan meses después reconstruyendo la historia entera de una familia—.
Llevas ya tres visitas y dos llamadas por algo que, según tú, es solo curiosidad.
—Puede que tengas razón.
—Te lo digo con cariño, ¿eh? A mí también me ha pasado alguna vez, con mis propios papeles. Es difícil parar una vez que empiezas a tirar del hilo.
—Te lo agradezco de todas formas —dijo Elena, y notó, mientras lo decía, que la conversación se había desviado sin proponérselo hacia un terreno más personal del que solía compartir con Rosa, con quien hasta entonces solo había hablado de cuestiones estrictamente profesionales.
—Por cierto, una cosa que se me olvidó comentarte el lunes, y que a lo mejor te interesa aunque no tenga relación directa con lo que buscas: en el mismo legajo donde está el oficio de incorporación de 1963, el que firma ese Bienvenido Ferraz, hay una nota manuscrita en el margen, de otra letra distinta, que dice algo así como "revisar discrepancias en fichas de la serie B, años 40-45, antes de remisión definitiva".
No sabría decirte quién la escribió ni cuándo exactamente, pero por el tipo de tinta parece contemporánea al propio oficio, de la misma época de la incorporación a la Mutualidad.
Como archivista que eres, pensé que te llamaría la atención.
Elena colgó el teléfono con esa frase dándole vueltas en la cabeza durante el resto de la tarde: discrepancias en fichas de la serie B .
No sabía todavía qué serie era esa, ni qué tipo de discrepancias se habían detectado, pero la palabra misma —discrepancias— le sugería algo que hasta entonces no había considerado del todo: que quizá el doctor Bazán, el sucesor de su bisabuelo, hubiera hecho algo más que aplicar mecánicamente los criterios de la circular de 1941.
Que hubiera introducido, de un modo que alguien había detectado después sin llegar a corregirlo del todo, algún tipo de irregularidad en sus propias anotaciones.
Le escribió un correo breve a Rosa antes de salir del trabajo, preguntándole si la serie B correspondía a algún criterio concreto dentro de la clasificación del propio índice —quizá una de las letras de la escala, quizá una categoría distinta de familias— o si simplemente se trataba de una forma interna de organizar el legajo por fechas o por tipo de ficha.
La respuesta, breve y ya casi al final de la jornada de Rosa, no aclaraba mucho más de lo que ya sabía: "Buena pregunta.
En el propio legajo no hay ninguna leyenda que explique las series, solo aparecen mencionadas de pasada en esa nota marginal.
Habría que buscar en otro fondo, quizá en el reglamento interno de la Junta de Sanidad de esos años, si es que se conserva.
Lo añado a la lista de cosas pendientes. "
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