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Chapter 4 #3

Anotó el nombre en su libreta, junto a la fecha y la signatura del documento, con la misma disciplina metódica que aplicaba siempre, y siguió avanzando por el legajo hasta llegar, casi al final, a otro documento distinto de las fichas individuales: un oficio mecanografiado en papel timbrado, fechado en 1963, dirigido "al Excmo.

Sr. Presidente de la Mutualidad Nacional de Previsión", en el que un funcionario provincial cuya firma resultaba esta vez perfectamente legible —Bienvenido Ferraz, Administrador Provincial— solicitaba formalmente la incorporación del "Registro de Salubridad e Índice de Familias de Valdehierro, y de otros municipios de análogas características", al fondo actuarial nacional de la Mutualidad, "en el marco de la ampliación de cobertura de pensiones a los núcleos rurales de la provincia, actualmente carentes de la debida protección social".

El oficio, redactado con la prosa administrativa característica de la época, insistía en el carácter "completo e íntegro" de la documentación remitida, sin que se especificara en ningún punto qué se entendía exactamente por esa integridad, ni si alguien, en algún momento del proceso, se había planteado separar los datos estrictamente sanitarios de aquella otra columna, la del índice de aptitud, que ya para entonces llevaba más de dos décadas acumulándose sin que nadie volviera a preguntarse para qué servía.

·  ·  ·

Rosa se acercó a su mesa poco antes de las dos, cuando ya casi todos los demás investigadores habían abandonado la sala, y encontró a Elena con la libreta cubierta de anotaciones y una expresión que reconoció, por experiencia, en muchos investigadores en el momento exacto en que su búsqueda dejaba de ser abstracta.

—¿Has encontrado lo que buscabas?

—He encontrado más de lo que esperaba, la verdad.

—Elena cerró la libreta, más por costumbre de discreción profesional que por verdadera necesidad de ocultar nada—.

Necesitaría volver, si es posible. Y quizá solicitar una autorización especial para consultar algo más de detalle sobre las fichas individuales, no solo los documentos generales.

—Eso ya te va a costar un poco más de papeleo, porque al tratarse de datos nominales todavía dentro del plazo de protección en algunos casos, si quieres acceder al contenido íntegro de fichas concretas —y no solo a la estructura general del fondo, que es lo que has consultado hoy— vas a tener que acreditar un interés legítimo directo, no solo profesional.

¿Hay alguna ficha en concreto que te interese?

Elena dudó un instante antes de responder, consciente de que la pregunta de Rosa la situaba, por primera vez desde que había empezado aquella búsqueda, en la posición exacta que tantas veces había ocupado al otro lado del mostrador: la de tener que justificar, con pruebas documentales, un parentesco que para ella era evidente pero que la institución, con toda razón, no podía dar por supuesto sin comprobarlo.

—La de mi propia familia —dijo finalmente—. Los Duarte. Mi bisabuelo fue el primer médico titular que aparece en este fondo.

—Entonces tráeme la próxima vez la documentación que acredite la filiación —dijo Rosa, sin sorprenderse, como si aquel tipo de coincidencia entre investigador y objeto de investigación no fuera, en su experiencia, tan infrecuente como pudiera parecer—.

Partida de nacimiento tuya, la de tu padre, la de tu abuelo si la tienes, hasta llegar a él. Con eso te lo autorizamos sin problema.

Elena salió del archivo pasadas las dos, con la libreta llena y la sensación, ya casi familiar después de un mes entero de gestiones parecidas, de que cada respuesta obtenida generaba, de forma casi mecánica, dos preguntas nuevas.

Condujo de vuelta a la ciudad bajo la misma luz gris de marzo con la que había empezado el día, pensando no en el código L-07, que llevaba ya varios días sin cruzarle la mente con la urgencia de las primeras semanas, sino en el nombre del médico que había firmado aquella circular de 1941, Ricardo Bazán, y en la pregunta que ese nombre dejaba abierta sin proponérselo: qué había sido exactamente de su bisabuelo Aurelio Duarte entre 1912, cuando empezaba a escribir su cuaderno con una letra todavía firme, y el momento indeterminado en que había dejado el pueblo para no volver jamás, cediendo su puesto, su cuaderno y, sin saberlo, el origen remoto de una letra que un siglo después determinaría el precio de un seguro de vida, a un médico cuyo nombre ella no había oído pronunciar nunca en su vida.

Aquella noche, antes de dormir, sacó de nuevo los tres cuadernos de hule negro y los ordenó sobre la mesa del salón por fecha, tal como había aprendido a ordenar cualquier serie documental antes de empezar a leerla en profundidad: el primero, iniciado en 1912, con las anotaciones más firmes; el segundo, sin fecha visible en la cubierta, que a juzgar por un vistazo rápido a las primeras páginas debía de corresponder a los años intermedios; y un tercero, más fino, con menos páginas escritas, cuya última entrada, comprobó pasando las hojas hasta el final, estaba fechada en el verano de 1936.

Después de esa fecha, el cuaderno se quedaba en blanco, sin ninguna anotación posterior, sin ninguna explicación de por qué un médico que llevaba veinticuatro años registrando con disciplina casi diaria la vida sanitaria de un pueblo entero había dejado, de un día para otro, de escribir.

Elena cerró el tercer cuaderno con cuidado, colocó los tres en fila sobre la mesa, y se quedó mirándolos un rato largo, consciente de que aquella página en blanco de 1936 —y no ninguna letra, ni ningún código, ni ninguna carta de una aseguradora— era, por primera vez desde que había empezado aquella búsqueda, la pregunta que de verdad le quitaba el sueño.