Chapter 4 #2
No conocía todavía el significado exacto de esa expresión, ni el momento preciso en que había sustituido a las simples anotaciones de su bisabuelo, pero sintió, leyéndola por primera vez impresa en un formulario oficial, la misma clase de inquietud fría que había sentido semanas atrás frente al código L-07 en la pantalla del empleado del banco: la sensación de estar mirando la superficie visible de una decisión tomada por alguien, en algún momento, que ya no estaba allí para explicarla.
Pasó el resto de la mañana leyendo ficha tras ficha con el mismo método que aplicaba habitualmente a cualquier fondo desconocido: primero un vistazo general para entender la estructura antes de detenerse en el contenido concreto, resistiendo la tentación de buscar directamente el apellido que le interesaba, porque sabía por experiencia que esa prisa acababa casi siempre haciendo perder de vista información de contexto que luego resultaba imprescindible.
La sala de consulta, casi vacía a media mañana de un lunes, tenía ese silencio particular de los archivos que Elena conocía tan bien desde el otro lado del mostrador, roto solo por el ruido ocasional de una página al volverse o por la tos contenida de un hombre mayor, tres mesas más allá, que consultaba con una lupa idéntica a la del archivo municipal un plano que parecía de deslinde de términos.
Cada ficha reproducía el mismo formulario impreso: nombre del cabeza de familia, número de miembros, ocupación, acceso a agua corriente marcado con un simple sí o no, y, en la parte inferior, un recuadro más pequeño con la etiqueta "Índice de Aptitud Familiar" seguido de una casilla en blanco donde alguien había anotado, según la ficha, una letra o una combinación de letra y número.
La mayoría de las fichas más antiguas, fechadas a juzgar por la caligrafía y el tipo de papel en los primeros años cuarenta, mostraban esa casilla rellenada con una letra sola —una A, una B, una C— sin que ninguna leyenda visible en el propio legajo explicara la escala completa.
Le llamó la atención, hojeando el conjunto sin detenerse todavía en ninguna ficha concreta, la variedad de letras que aparecían a lo largo de las páginas, sin ningún patrón evidente que Elena pudiera reconstruir a simple vista: familias con muchos hijos y poca agua corriente que aparecían marcadas con una letra que en otras fichas correspondía a familias con menos hijos pero mejores condiciones, como si el criterio, fuera cual fuera, no respondiera a una fórmula mecánica sino a algo más parecido a un juicio personal, distinto de una ficha a otra, del médico que la hubiera rellenado en cada caso.
Pensó, sin poder evitar la comparación, en los propios formularios de valoración de riesgo que había visto de pasada en el resguardo de su seguro semanas atrás: también allí, detrás de una apariencia de objetividad numérica, había en algún punto de la cadena un criterio humano que ya nadie recordaba, aplicado en un momento y un contexto que el número, aislado de su origen, ya no era capaz de explicar.
Encontró, hacia la mitad del legajo, un separador de cartulina más gruesa que las fichas individuales, con un texto mecanografiado que reconoció de inmediato como distinto en naturaleza: una circular interna, no una ficha familiar más, fechada en 1941 y dirigida "a los señores médicos titulares de la provincia", en la que la Junta de Sanidad explicaba, con el lenguaje ampuloso y moralizante típico de la época que Elena había leído decenas de veces en otros fondos del archivo municipal, los criterios generales para cumplimentar el nuevo "Índice de Aptitud Familiar", vinculado, según el propio texto, a la asignación de cartillas de auxilio social y de visitas domiciliarias prioritarias.
La circular no detallaba ninguna fórmula exacta.
Dejaba solo una serie de criterios generales —número de hijos, situación económica, "estabilidad del núcleo familiar", una expresión que a Elena le pareció deliberadamente vaga— que cada médico titular debía ponderar según su propio criterio profesional para asignar la letra correspondiente.
Al final de la circular, en un espacio reservado para el sello del médico titular que la hubiera recibido y acusado recibo, encontró una firma manuscrita que no reconoció, junto a un sello de tinta ya muy desvaído: Dr. Ricardo Bazán, Médico Titular de Valdehierro.
No era la firma de su bisabuelo. Elena se quedó mirando el nombre un momento, sin saber qué hacer con él, hasta que comprendió, con la misma lógica elemental que aplicaba cada día a cualquier serie documental, que debía tratarse simplemente del médico que había sucedido a Aurelio Duarte en el puesto, años después de que este dejara el pueblo.
La circular, fechada en 1941, era veintinueve años posterior al primer cuaderno de su bisabuelo, y en ese tiempo, pensó, era razonable que el pueblo hubiera tenido ya, como mínimo, un médico distinto.