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Chapter 4

No era la primera llamada de Rosa sobre el asunto, ni la primera vez que a Elena se le aceleraba el pulso al oír su nombre en la pantalla del teléfono.

Diez días antes, Rosa la había llamado con un entusiasmo parecido para contarle que había localizado un "Fondo de Sanidad Municipal, Valdehierro", en el archivo de una diputación vecina, y Elena había pedido un día libre, había conducido casi dos horas hasta allí, y había descubierto, ya sentada en la sala de consulta con la caja abierta delante de ella, que aquel Valdehierro no tenía nada que ver con el suyo: era un despoblado homónimo de otra provincia, sin ningún Duarte, ningún Bazán, ninguna familia Bernal en sus fichas, una simple coincidencia de topónimo entre los cientos de "Valdehierro", "Valdehierros" y "Val de Hierro" que salpicaban el mapa de España desde la Edad Media.

Volvió a casa aquella noche con las manos vacías y una lección nueva que no había necesitado hasta entonces: que un nombre de lugar, por sí solo, no demostraba nada, y que cada pista tendría que confirmarse por algo más que la coincidencia de una palabra.

Rosa llamó el jueves siguiente, a media mañana, mientras Elena atendía a un investigador que consultaba un plano urbanístico de los años cincuenta con la lupa de aumento que el archivo reservaba para los documentos más delicados.

Le pidió disculpas por la interrupción, salió al pasillo con el teléfono todavía en la mano y escuchó, apoyada contra la pared fría junto a la puerta de la sala de consulta, la noticia que llevaba días esperando sin decírselo del todo a sí misma.

—Tenemos algo, y esta vez estoy bastante más segura que la última —dijo Rosa, con la satisfacción contenida de quien lleva media vida buscando cosas para otros y sabe medir bien el entusiasmo—.

En el fondo de la antigua Junta Provincial de Sanidad, que sí conservamos casi completo, hay una carpeta catalogada como "Registro de Salubridad e Índice de Familias, Ayuntamiento de Valdehierro".

Por la signatura, parece que entró en el archivo provincial en los años sesenta, procedente de una incorporación posterior, no del fondo original del ayuntamiento.

Y esta vez la provincia coincide con la que aparece en el acta de nacimiento de tu abuelo, así que las posibilidades de que sea un topónimo repetido son mucho más bajas.

No he podido abrirla todavía, solo confirmarte que existe y que está en condiciones de consulta.

Elena se quedó un momento en silencio, con la espalda todavía apoyada en la pared, notando cómo la frase de Rosa encajaba, con una precisión que no esperaba tan pronto, en el hueco exacto que llevaba semanas dejando abierto en su cabeza: un archivo que no había nacido en el propio ayuntamiento del pueblo.

Se había incorporado después, en algún momento de los años sesenta, a un fondo mayor.

La misma lógica, pensó, que Fermín Otazu le había descrito para las mutualidades antiguas de la aseguradora: algo local que en un momento dado deja de estar bajo el control de quien lo generó y pasa a depender de una institución más grande, más lejana, menos capaz de recordar por qué ese dato existía en primer lugar.

—¿Puedo consultarla?

—Claro, para eso está el archivo. Pero te aviso de una cosa, porque sé cómo eres tú con estas cosas: es un fondo con restricciones parciales de acceso, por la protección de datos de las personas que aparecen en los registros.

Al ser un registro sanitario nominal, con nombres de familias concretas, tenemos que aplicar el mismo criterio que aplicamos siempre en estos casos: puedes consultarlo con fines de investigación, y puedes tomar notas, pero no puedes hacer copias ni fotografías de las páginas que contengan datos identificativos de personas cuya protección todavía no haya prescrito según la normativa.

Ya sabes cómo va esto, lo aplicamos igual contigo que con cualquier otro investigador, sin excepciones.

—Lo sé, Rosa. No esperaba menos.

—Además, hay una cosa un poco rara, que por eso te lo cuento a ti directamente y no te mando solo el correo de siempre.

En el propio expediente de incorporación, el que documenta cómo llegó esta carpeta al archivo provincial, hay una anotación de la época que dice que el traspaso se hizo "en el marco de la ampliación de cobertura de la Mutualidad Nacional de Previsión a los municipios rurales de la provincia".

No sé si eso te dice algo a ti, pero a mí, en cuanto lo he leído, me ha sonado a que detrás de este fondo sanitario hay, en realidad, una historia de seguros.

Elena cerró los ojos un instante, apoyada todavía contra la pared del pasillo, y sintió la misma clase de vértigo leve que había sentido en el trastero de su madre, sosteniendo los cuadernos de su bisabuelo entre las manos: la sensación física, casi corporal, de que dos líneas que había estado siguiendo por separado —la del seguro de vida denegado y la del médico rural de 1912— acababan de confirmar, con una prueba documental y no solo con una intuición, que en algún punto del camino habían sido la misma línea.

·  ·  ·

Pidió cita para el lunes siguiente, el primer día que el archivo provincial tenía hueco en su sala de consulta para investigadores externos, y pasó el fin de semana con una impaciencia que le costó disimular delante de Diego, que la observaba, entre divertido y preocupado, sacar y volver a guardar los cuadernos del bisabuelo Aurelio media docena de veces sin llegar a leerlos con la concentración que sabía que merecían.

—Estás nerviosa —le dijo el sábado por la noche, mientras cenaban algo ligero en la cocina, con la ventana entreabierta pese al frío porque a Elena, últimamente, la casa cerrada le resultaba un poco agobiante.

—No sé si es nervio o solo cansancio acumulado. Llevo un mes entero dedicando cada rato libre a esto.

—Y el seguro sigue en pendiente.

—Sigue en pendiente. Nos quedan tres semanas y media antes de que caduque la oferta del banco, así que en algún momento voy a tener que decidir si sigo tirando del hilo o si simplemente pagamos la prima más alta y dejamos que el resto se quede sin resolver. Pero todavía no.

—¿Y si al final resulta que no hay ninguna conexión? ¿Que el seguro es una cosa y tu bisabuelo otra, y que todo esto ha sido buscarle una historia a algo que no la tiene?

Elena pensó en la respuesta antes de darla, porque era, en el fondo, la misma pregunta que se había estado haciendo ella sola durante días, formulada de un modo distinto cada vez, como quien da vueltas alrededor de una misma habitación buscando una salida que sabe que existe pero que todavía no consigue localizar.

—Entonces habré perdido un mes de fines de semana —dijo finalmente—, pero al menos sabré algo más de mi propia familia de lo que sabía antes. No me parece mala inversión, aunque no encuentre nada del seguro.

—¿Y si encuentras algo, pero no te gusta lo que encuentras?

La pregunta se quedó suspendida entre los dos más tiempo del que Elena hubiera querido, porque no tenía, en ese momento, ninguna respuesta preparada.

No había pensado, hasta que Diego lo formuló en voz alta, en la posibilidad de que el rastro que estaba siguiendo condujera a algo que prefiriera no haber sabido nunca sobre su propia familia, sobre un bisabuelo al que solo conocía por una fotografía borrosa y tres cuadernos de tapas de hule sin abrir del todo.

—No lo sé —dijo al fin—. Pero prefiero saberlo mal que no saberlo.

·  ·  ·

El lunes por la mañana, Elena pidió el día libre en el archivo municipal, algo que hacía tan pocas veces que su compañera de mostrador le preguntó, con genuina sorpresa, si se encontraba bien, y condujo hasta la sede del Archivo Histórico Provincial, un edificio de piedra reconvertido, a las afueras de la capital, que había sido en su día un convento y que conservaba todavía, en los techos abovedados de la sala de consulta, un aire de recogimiento que a Elena siempre le había parecido curiosamente apropiado para el trabajo que allí se hacía.

Rosa la recibió en el mostrador con una sonrisa cómplice y le entregó, tras el trámite habitual de identificación y solicitud formal, una caja de archivo de cartón gris, más moderna que la de su bisabuelo, con una etiqueta impresa donde se leía la signatura completa: Junta Provincial de Sanidad.

Fondo de registros sanitarios municipales. Valdehierro. Sign. 4.117/33.

—El treinta y tres es el número de expediente dentro de la serie de municipios —explicó Rosa, en voz baja, porque la sala de consulta, aunque casi vacía a esa hora, exigía por costumbre un tono contenido—.

No te sabría decir por qué le tocó ese número exactamente, probablemente por orden alfabético del municipio al que quedó adscrito tras la fusión administrativa, no por Valdehierro en sí.

Tómate el tiempo que necesites. Cierra la sala a las dos, pero puedes volver por la tarde si no terminas.

Elena se sentó en una de las mesas de lectura, junto a una ventana alta por la que entraba una luz gris de marzo, y abrió la caja con el mismo cuidado ritual que empleaba cada día en su propio trabajo, aunque esta vez con las manos ligeramente menos firmes de lo habitual.

Dentro había varias carpetillas de cartulina desvaída, atadas con cintas de tela que en su día habían sido blancas, y un legajo más grueso, cosido con hilo grueso por el lomo, que contenía, según pudo comprobar en cuanto lo abrió por la primera página, un conjunto de fichas individuales de familias, ordenadas alfabéticamente por el apellido del cabeza de familia, con una estructura que reconoció de inmediato como heredera directa, aunque mucho más formalizada, de las columnas manuscritas del cuaderno de 1912 que ya conocía.

En el encabezamiento de cada ficha, impreso esta vez y no manuscrito, figuraba un título que Elena leyó dos veces antes de anotarlo en su libreta: Ficha de Índice de Aptitud Familiar.