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Chapter 3 #2

Elena no abrió los cuadernos allí mismo.

Los sostuvo un momento entre las manos, con el mismo cuidado profesional con el que manejaba cualquier documento frágil en el archivo, y sintió, con más fuerza que en ningún momento anterior de aquella semana, la extraña duplicidad de estar aplicando su oficio a su propia familia: la parte de ella que era archivista quería sentarse allí mismo y empezar a catalogar, a fechar, a establecer un orden de lectura razonado; la parte de ella que era, simplemente, la bisnieta de aquel hombre, sentía algo más parecido al vértigo, la sensación de estar a punto de leer algo que no debería seguir siendo, después de un siglo, un misterio para nadie de la familia.

Pensó, mientras devolvía con cuidado los cuadernos a la caja para trasladarlos a su propio piso, en la cantidad de veces que había explicado a investigadores primerizos, sentados por primera vez frente a un legajo antiguo, que la emoción de tocar un documento original no debía confundirse nunca con la comprensión de su contenido: que un papel viejo no habla solo por ser viejo, y que hacía falta método, paciencia y tiempo antes de que empezara a decir algo verdaderamente útil.

Se dio cuenta, no sin cierta ironía, de que llevaba media hora incapaz de aplicarse a sí misma esa misma lección tan elemental.

—¿Te los llevas todos? —preguntó su madre desde la puerta del trastero, con los brazos cruzados y una expresión que Elena no supo del todo interpretar: curiosidad, quizá, o una forma tardía de arrepentimiento por no haber mirado nunca ella misma aquella caja.

—Sí. Si no te importa.

—Haz lo que quieras con ellos, hija. Yo nunca supe qué hacer con esas cosas.

·  ·  ·

El lunes, ya de vuelta en el archivo, Elena aprovechó un momento de calma entre dos consultas para llamar al Archivo Histórico Provincial, con el que mantenía un trato profesional habitual por motivos de trabajo —traslados de fondos, préstamos entre instituciones, consultas técnicas de conservación— y que conocía, por tanto, mucho mejor que cualquier ciudadano corriente que se hubiera acercado por primera vez a pedir información.

Habló con Rosa, la responsable de la sección de fondos municipales, con la que había coincidido varias veces en jornadas profesionales del sector, y le preguntó, con la misma cautela con la que había redactado la solicitud a Previsión Peninsular, si conservaban algo relacionado con el antiguo ayuntamiento al que había pertenecido Valdehierro antes de su integración en el municipio actual.

—Depende de qué busques exactamente —dijo Rosa—.

Los fondos de ayuntamientos pequeños que se fusionaron con otros mayores a veces se conservan enteros, a veces se traspapelaron en su día y solo queda una parte, y a veces, para qué te voy a engañar, no queda prácticamente nada porque nadie se ocupó de rescatarlos a tiempo. ¿Qué tipo de documentación necesitas?

—Registros sanitarios. De un médico titular de allí, de principios del siglo pasado.

—Uy, eso es más raro que lo típico. Los registros médicos municipales de esa época, si sobrevivieron, suelen estar mezclados con la documentación de la Junta de Sanidad provincial, no directamente en el fondo del ayuntamiento.

Mira, te lo compruebo en el catálogo y te llamo esta semana, que ahora mismo estoy con una visita.

Elena colgó con la sensación, ya familiar después de semanas de gestiones parecidas, de haber dado un paso más sin saber todavía si conducía a alguna parte.

Volvió a su mesa, donde tenía pendiente catalogar un pequeño fondo de correspondencia comercial del siglo diecinueve que llevaba días postergando, y trabajó el resto de la mañana con la misma concentración de siempre, aunque con la caja de cuadernos de su bisabuelo esperándola, sin abrir del todo, en la mesa de su propio salón.

·  ·  ·

De vuelta en su piso, con la caja sobre la mesa del salón, en el mismo lugar exacto donde semanas atrás había dejado la fotografía junto al resguardo del banco, Elena empezó a hojear el primero de los cuadernos con la luz de la lámpara encendida y Diego, que había vuelto ya de la comida familiar, sentado enfrente, atento a su expresión más que al contenido de lo que ella iba leyendo.

Las primeras páginas, escritas con una caligrafía apretada y muy regular, tenían menos de diario personal que de cuaderno de trabajo: fechas, breves anotaciones clínicas, nombres de familias seguidos de números que Elena no supo interpretar a primera vista —cantidades, quizá, o edades, o algún tipo de recuento que la letra menuda no aclaraba del todo sin una lectura más pausada de la que podía hacer aquella noche, cansada ya de una semana entera dedicada a perseguir un dato que ni siquiera había empezado a entender del todo.

—¿Esto es del bisabuelo? —preguntó Diego, cogiendo con cuidado uno de los cuadernos y pasando las páginas despacio, con el respeto ligeramente incómodo de quien maneja algo que no termina de sentir como suyo.

—Del médico de Valdehierro, sí. Empezó a escribir esto en 1912, según pone en la primera página.

Elena cogió el primer cuaderno y lo abrió con cuidado por la primera hoja, donde una caligrafía firme, todavía sin el temblor que caracterizaría probablemente las anotaciones de sus últimos años en el pueblo, había escrito un encabezamiento breve: Registro de familias.

Valdehierro, año 1912. Debajo, en columnas trazadas a mano con la ayuda de una regla, se sucedían nombres de cabezas de familia, un número de hijos vivos, otro de hijos fallecidos, y una tercera columna, más estrecha, con una anotación que a Elena le costó un momento descifrar hasta que comprendió que se trataba de una simple marca —un aspa, un guion, un círculo pequeño— cuyo significado no se explicaba en ninguna parte visible de esa primera página.

No había ninguna introducción, ningún párrafo donde el propio Aurelio explicara sus motivos; solo la lista, ordenada al parecer por cercanía de las casas al centro del pueblo, como si el cuaderno hubiera nacido directamente como herramienta de trabajo y no como el tipo de diario reflexivo que Elena, sin saber muy bien por qué, había esperado encontrar.

—¿Y crees que tiene algo que ver con lo del seguro?

Elena no respondió enseguida. Miró el cuaderno abierto sobre la mesa, las columnas de nombres y números que todavía no había conseguido descifrar, y pensó que no tenía ninguna razón objetiva para creer que aquel cuaderno de un médico rural de hacía más de un siglo guardara ninguna relación con un código de dos letras aplicado por una aseguradora moderna a su expediente hipotecario.

Y sin embargo, la misma intuición profesional que le había hecho anotar mentalmente la coincidencia entre las mutualidades del investigador y el relato de Fermín Otazu, la misma costumbre de dos décadas reconstruyendo procedencias documentales a partir de fragmentos dispersos, le decía que aquella pregunta —¿tiene algo que ver?

— no era todavía la pregunta correcta. La pregunta correcta, pensó, cerrando el cuaderno con cuidado y dejándolo sobre la mesa junto a los otros dos, era otra, más simple y más incómoda a la vez: cuántas cosas de las que ahora daba por completamente separadas —un seguro de vida, una fotografía, un pueblo casi desaparecido de los mapas, un cuaderno de hule negro escrito hace ciento dieciséis años— habían empezado, en algún momento que ella todavía no podía datar, siendo la misma cosa.

—Habría que ir a Valdehierro —dijo Diego, casi como si pensara en voz alta, sorprendiéndose él mismo de la propuesta—. Aunque solo sea para ver qué queda.

—No creo que quede gran cosa. El diccionario que consulté hablaba de un vecindario escaso ya hace más de un siglo. Ahora probablemente no sea más que unas pocas casas.

—Pues más razón todavía. Si queda gente allí, será gente que lleva toda la vida y que a lo mejor recuerda algo que ningún archivo digital va a tener nunca.

Elena no contestó enseguida, pero abrió el buscador del ordenador y tecleó de nuevo el nombre del pueblo, esta vez con la intención de encontrar algo más práctico que la entrada del diccionario geográfico decimonónico que ya conocía: una carretera, una distancia, un ayuntamiento del que dependiera administrativamente.

Lo encontró sin dificultad, a poco más de dos horas en coche, integrado desde hacía décadas en un municipio mayor que absorbía, según pudo comprobar en la página del padrón, una veintena de núcleos de población dispersos, entre ellos Valdehierro, con una cifra de habitantes tan baja que la propia página la agrupaba, por discreción estadística, en la categoría genérica de "menos de diez".

No apuntó nada, no hizo ninguna llamada, no fijó ninguna fecha.

Se limitó a dejar la pestaña abierta en la pantalla, junto a los tres cuadernos cerrados sobre la mesa, con la misma sensación de umbral que había sentido semanas atrás frente al buzón de correos, sabiendo que en algún momento cercano, aunque todavía no supiera exactamente cuándo, tendría que decidir si aquella búsqueda iba a quedarse para siempre en la pantalla de un ordenador o si, tarde o temprano, tendría que llevarla hasta el propio lugar donde todo había empezado.