Chapter 3
Durante la semana siguiente no llegó ninguna respuesta de Previsión Peninsular, y Elena, que conocía mejor que casi nadie el ritmo exacto con el que se mueve una solicitud administrativa por el interior de una institución grande —el tiempo que tarda en salir del registro de entrada, el tiempo que tarda en llegar al departamento correspondiente, el tiempo, siempre el mayor de todos, que tarda alguien en decidir que ese expediente merece su atención antes que los otros veinte que tiene sobre la mesa—, no esperaba otra cosa.
Revisaba el buzón cada tarde con la misma disciplina resignada con la que revisaba, en el archivo, las peticiones pendientes de respuesta de los organismos con los que tenía que negociar cesiones de fondos documentales, sabiendo que la espera podía prolongarse semanas sin que eso significara necesariamente que nadie estuviera trabajando en ello.
Lo que sí hizo, mientras aguardaba, fue algo que no tenía nada que ver con la aseguradora ni con el banco: empezó, casi sin anunciárselo a sí misma como una decisión, a buscar a su abuelo.
Se quedó un rato mirando la pantalla sin hacer nada más, con esa clase de quietud que Elena reconocía en los investigadores del archivo cuando encontraban, tras meses de búsqueda infructuosa, el documento exacto que estaban buscando: una especie de suspensión momentánea de todo lo demás, más parecida a la calma que a la euforia, como si el cuerpo necesitara un instante para reorganizar la realidad alrededor de un dato nuevo.
Su bisabuelo —porque eso era Aurelio Duarte, calculó rápidamente, contando generaciones con los dedos apoyados en el borde de la mesa— había sido médico en Valdehierro a principios del siglo pasado.
El hombre de la fotografía, el que llevaba escrito a lápiz el nombre del pueblo en el reverso, probablemente no era su abuelo, como había supuesto sin comprobarlo.
Sería más bien su bisabuelo, o quizá el propio abuelo de niño junto a su padre médico, algo que la fotografía por sí sola no permitía determinar con certeza.
· · ·
Aquella misma tarde llamó a su tía Consuelo, la única hermana viva de su padre, una mujer de setenta y ocho años que vivía sola en un piso del extrarradio y con la que Elena hablaba, como mucho, dos o tres veces al año, casi siempre por obligación festiva más que por verdadera intimidad.
La conversación empezó con las preguntas de cortesía habituales —la salud, el tiempo, un vecino del que Consuelo llevaba media vida quejándose— antes de que Elena consiguiera, con la paciencia que había aprendido a ejercer con las fuentes orales reticentes, llevar la charla hacia el terreno que le interesaba.
—¿Tú te acuerdas de algo de Valdehierro? —preguntó finalmente, con el tono más casual que fue capaz de fingir—. Creo que era de donde venía el abuelo.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, del tipo que precede a una información que hace tiempo que nadie pide.
—Del abuelo Marcelino no sé mucho, hija, se fue de allí siendo muy joven, antes de la guerra creo, y no volvió nunca.
Pero sí me acuerdo de que mi padre, tu bisabuelo Aurelio, había sido médico del pueblo.
Eso lo contaba tu abuelo alguna vez, cuando estaba de buen humor, que era pocas veces.
Decía que su padre había sido "el médico de todo el mundo y de nadie", una frase que yo nunca entendí muy bien, y que cuando le preguntábamos qué quería decir, cambiaba de tema.
—¿"De todo el mundo y de nadie"? ¿No te explicó nunca qué quería decir con eso?
—No, hija. Y mira que se lo pregunté más de una vez.
Tu abuelo era de los que contaban las cosas a medias y luego se quedaban tan tranquilos, como si con la mitad ya hubiera bastante.
Yo siempre pensé que tenía que ver con que su padre atendía a todo el pueblo por igual, ricos y pobres, y que eso en un pueblo pequeño de entonces no debía de ser tan normal como suena ahora.
Pero es solo una idea mía, no te lo puedo confirmar.
—¿Sabes por qué se fue el abuelo del pueblo?
—Ni idea, cariño. Yo creo que ni tu padre lo llegó a saber del todo.
Eran otros tiempos, la gente se iba de los pueblos por mil motivos y no se hablaba mucho de ello después.
Recuerdo que una vez, siendo yo muy joven, mi padre —tu abuelo Marcelino— dijo algo sobre que su padre había tenido problemas con "los de después de la guerra", pero no llegó a explicar más, y cuando mi madre le hizo un gesto, como pidiéndole que lo dejara, él cambió de tema enseguida y no volvimos a hablar de ello en años.
Yo, de pequeña, pensé que a lo mejor tu bisabuelo se había significado políticamente de algún modo, pero nunca encontré nada que lo confirmara, y tampoco es que lo buscara demasiado, la verdad.
En esta familia siempre se ha preferido no remover ciertas cosas.
Elena anotó también esa frase, sin saber todavía si guardaba alguna relación con lo demás, con la misma disciplina con la que anotaba cualquier testimonio oral en el archivo, distinguiendo siempre, por costumbre profesional, entre lo que la fuente afirmaba haber vivido y lo que solo especulaba a partir de fragmentos ajenos.
—Lo que sí recuerdo, y esto capaz que te interesa a ti que trabajas con papeles —añadió Consuelo, ya en un tono más ligero— es que tu abuelo guardaba una caja con documentos viejos de su padre, el médico.
Cuadernos, creo, y algunas cartas. Cuando murió, hará ya casi treinta años, esa caja se quedó en casa de tus padres, en el trastero.
No sé si tu madre la conservó cuando vendió el piso.
Elena colgó el teléfono con dos datos nuevos que no tenían, en apariencia, ninguna relación directa con el código L-07 de su seguro, pero que se sumaban a los anteriores con esa misma sensación de encaje involuntario que había sentido el sábado en el archivo, escuchando al investigador de las cofradías hablar de mutualidades antiguas.
Un bisabuelo médico en un pueblo llamado Valdehierro.
Una caja de documentos que quizá todavía existiera, en algún trastero, en algún piso, guardada por la misma inercia con la que Fermín Otazu le había descrito la conservación de los archivos antiguos de la aseguradora: la simple dificultad de decidir tirar algo que en algún momento perteneció a alguien.
· · ·
Llamó a su madre esa misma noche. La conversación fue más corta de lo que esperaba: sí, la caja existía, o al menos había existido; se había trasladado con el resto de trastos cuando su madre se mudó, hacía ocho años, a un piso más pequeño tras la muerte de su padre, y seguía, hasta donde ella recordaba, en el trastero de ese piso, sin que nadie la hubiera vuelto a abrir desde entonces.
Su madre, que nunca había mostrado un interés particular por el pasado de la familia paterna —una discreción que Elena atribuía, sin poder confirmarlo del todo, a alguna tensión antigua entre ella y su suegro que nunca había llegado a explicarle con detalle—, le dijo que podía ir a buscarla cuando quisiera, "si tanto te interesa ahora ese pueblo", con un tono que a Elena le pareció más de extrañeza afectuosa que de reproche.
El sábado siguiente, con Diego ocupado en una comida familiar a la que Elena había puesto la excusa de un dolor de cabeza para no acudir, fue sola al piso de su madre, un tercero sin ascensor en un barrio construido en los años noventa que a Elena siempre le había parecido curiosamente falto de memoria, como si todas las calles se hubieran levantado a la vez y no guardaran ninguna capa anterior debajo.
Su madre la recibió con un café ya preparado y la ligera perplejidad de quien no termina de entender el interés repentino de su hija por una caja que llevaba años acumulando polvo sin que nadie la reclamara.
—¿Seguro que no prefieres que te la lleve yo a tu casa cuando venga a verte? —preguntó, más por cortesía que porque le importara de verdad quién cargara con el peso—. El trastero está hecho un desastre.
—No pasa nada, mamá. Prefiero mirarlo aquí, así de paso te pregunto si te acuerdas de algo.
El trastero, en efecto, estaba abarrotado con la clase de objetos que las familias acumulan sin decidir nunca de forma consciente conservarlos: una bicicleta estática que nadie usaba desde hacía una década, cajas de ropa de bebé que databan de la propia infancia de Elena, una lámpara de pie con la pantalla rota.
La caja, encontrada tras apartar dos maletas viejas y otra caja de adornos navideños, era de cartón reforzado, del tipo que se usaba para archivar documentos administrativos hacía décadas, con las esquinas reforzadas con cinta adhesiva ya amarillenta y quebradiza.
Dentro, envueltos en papel de periódico que se deshacía al tacto, encontró tres cuadernos de tapas de hule negro, un fajo de cartas atadas con un cordel ya reseco que se rompió al primer intento de deshacer el nudo, y una carpeta de cartulina gris que contenía, entre otros papeles sueltos, un título académico enmarcado en un cristal roto por una esquina: Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de Valladolid, expedido a nombre de Aurelio Duarte Villamil en el año 1911.
Las cartas, a juzgar por una ojeada rápida a los remitentes escritos en los sobres, parecían corresponder en su mayoría a correspondencia profesional posterior, ya de la etapa en que Aurelio ejercía en la ciudad tras dejar Valdehierro —peticiones de colegas, alguna felicitación navideña de aspecto formal—, sin ninguna referencia inmediata al pueblo que Elena pudiera identificar sin una lectura mucho más detenida de la que podía permitirse allí mismo, de pie en el trastero de su madre con la luz de una bombilla desnuda colgando del techo.