No consta Chapter 2 #3
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Chapter 2 #3

—Físicamente, en un depósito que la compañía mantiene fuera de la ciudad, donde se guarda todo lo que por ley hay que conservar pero que ya no se usa a diario.

No es un sitio al que se pueda ir sin más.

Hay que solicitarlo por escrito, a través de la central, explicando el motivo, y ellos deciden si lo autorizan o no.

—Se inclinó un poco hacia delante, bajando la voz aunque no había nadie más en la oficina—.

Yo, si fuera usted, lo pediría igualmente.

No creo que le digan que no, si lo justifica bien: son datos que le pertenecen a usted, al fin y al cabo, aunque sea de una manera un poco rara.

Antes de despedirse, Elena le preguntó si recordaba el nombre exacto de aquella tercera mutualidad, la del ámbito rural, y Fermín negó con la cabeza, disculpándose casi con timidez por no poder darle ese último detalle que a Elena, en aquel momento, le hubiera parecido la pieza definitiva.

Le dijo, eso sí, que en los formularios internos más antiguos que todavía circulaban por la oficina —impresos que ya nadie usaba pero que nadie tampoco había tirado, siguiendo la misma lógica de acumulación que acababa de describirle— a veces aparecía todavía, en letra pequeña al pie de página, una referencia a "fondos incorporados de mutualidades preexistentes", sin mayor especificación.

Le prometió mirarlo, si encontraba un rato, aunque le advirtió con sinceridad que no le prometía nada.

·  ·  ·

Aquella noche, ya en casa, Elena redactó la solicitud sentada a la misma mesa de la cocina donde había leído la carta certificada, con la misma luz cenital encendida y el mismo cuidado con que redactaba cualquier oficio dirigido a una institución que sabía, por experiencia, que tendería a archivar cualquier petición mal formulada en el cajón de lo prescindible.

Explicó, con el lenguaje preciso y sin adornos que había aprendido a usar en quince años de correspondencia administrativa, que solicitaba acceso, en calidad de interesada, a la documentación histórica correspondiente a la antigua mutualidad de ámbito rural incorporada a Previsión Peninsular en 1958, en la medida en que dicha documentación pudiera contener el origen del coeficiente aplicado a su expediente actual.

No mencionó a Fermín Otazu, ni la conversación en la delegación de la calle Colón, ni la coincidencia con las mutualidades decimonónicas que le había mencionado el investigador del archivo esa misma mañana.

Se limitó a los hechos que podía sostener por escrito, porque también eso lo había aprendido con los años: que una petición bien fundamentada tiene más posibilidades de moverse por un sistema lento que una petición cargada de intuiciones, por acertadas que estas pudieran acabar siendo.

Metió la carta en un sobre, escribió la dirección de la sede central que Fermín le había apuntado a mano en un papel con el membrete de la delegación —una costumbre que a Elena, acostumbrada ya a los formularios digitales de casi todos los organismos con los que trataba, le pareció casi conmovedora en su anacronismo—, y bajó a echarla al buzón de la esquina antes de que cerrara la última recogida del día.

La calle estaba vacía, con esa clase de silencio particular de los sábados por la noche en los barrios que no son de ambiente, y Elena se quedó un momento frente a la boca metálica del buzón, con el sobre ya casi soltado entre los dedos, pensando que aquella carta —dirigida a un depósito que no había visto nunca, solicitando acceso a un archivo que quizá ni siquiera existiera ya en la forma que ella imaginaba— era, en cierto modo, la primera vez en toda esta historia que ella misma se convertía en la remitente de un documento, y no solo en su destinataria.

Pensó, mientras caminaba de vuelta hacia el portal, en las decenas de investigadores a los que había atendido a lo largo de los años en el archivo municipal, personas que llegaban con una pregunta concreta —un apellido, una fecha, una propiedad— y que salían, casi siempre, con una pregunta distinta y más amplia de la que habían traído, porque así funcionaba, según había comprobado tantas veces, cualquier investigación seria sobre el pasado: casi nunca se encontraba lo que se buscaba.

Casi siempre se descubría que lo que se buscaba era solo la parte visible de otra cosa mucho más extensa.

Nunca se había imaginado a sí misma en el otro lado del mostrador, como solicitante y no como archivista, y había algo en esa inversión de papeles que le resultaba, más que inquietante, extrañamente apropiado, como si los quince años dedicados a facilitar el acceso a documentos ajenos la hubieran estado preparando, sin que ella lo supiera, para este momento concreto.

Dejó caer el sobre. Oyó el ruido seco y breve con que caía al fondo del buzón, sumándose a lo que hubiera dentro, y volvió a casa sin saber cuánto tardaría en llegar una respuesta, ni si esa respuesta, cuando llegara, sería capaz de explicarle algo más que la anterior.