Chapter 2 #2
Elena anotó la dirección en el mismo margen de la carta donde había subrayado las frases del párrafo legal, con la sensación concreta —familiar, casi placentera pese a la irritación acumulada de los últimos días— de haber conseguido, por fin, algo parecido a una pista real.
Ya no era un simple dato. Era una dirección física, un lugar donde alguien más viejo que el sistema pudiera recordar algo que el sistema ya no recordaba.
· · ·
El sábado por la mañana, mientras Diego dormía hasta tarde después de una semana especialmente cargada de trabajo, Elena aprovechó para ir al archivo, donde tenía pendiente atender a un investigador que llevaba meses reservando cita para consultar un fondo documental sobre las antiguas cofradías de la provincia, un hombre mayor, jubilado, que preparaba desde hacía años un libro sobre la historia religiosa de la comarca y que trataba cada legajo con una devoción casi litúrgica.
Mientras le acompañaba a la sala de consulta, cargando entre los dos una caja de expedientes del siglo diecinueve, el investigador comentó, de pasada, mientras esperaban a que Elena firmara el registro de préstamo, que en la próxima caja que había solicitado esperaba encontrar referencias a las antiguas mutualidades de socorro mutuo de la provincia, "las que había antes de que todo eso se convirtiera en seguros de verdad", precisó, con el tono de quien está a punto de embarcarse en una de sus disquisiciones favoritas.
—Aquello era otra cosa —dijo el hombre, acomodándose en la silla con el cuidado de quien tiene las rodillas ya castigadas—.
No eran empresas, eran asociaciones de vecinos, muchas veces ligadas a un gremio o a una parroquia.
La gente aportaba una cuota pequeña cada mes y, si te pasaba algo, la mutualidad te ayudaba.
Había mutualidades de canteros, de labradores, hasta una de maestros que llegó a tener bastante peso en la provincia.
Con el tiempo, casi todas acabaron absorbidas por compañías más grandes, ya en el siglo veinte.
Es una lástima que no quede casi nada documentado sobre cómo se hicieron esas fusiones.
Yo he encontrado referencias sueltas, actas de disolución, poco más.
Elena, que en circunstancias normales habría escuchado ese tipo de comentario con la cortesía profesional de quien ha oído mil variantes de la misma nostalgia erudita sin que le afecte especialmente, sintió esta vez algo distinto: una especie de chasquido interno, la misma sensación física que tenía cuando, revisando un fondo documental desordenado, encontraba de pronto dos piezas que encajaban sin que nadie las hubiera puesto juntas a propósito.
No dijo nada al investigador —no había, todavía, ninguna razón concreta para relacionar sus mutualidades decimonónicas con el código L-07 de su propio seguro—, pero anotó mentalmente la coincidencia, y esa misma tarde, después de cerrar el archivo, en vez de volver directamente a casa, caminó hasta la calle Colón.
La delegación de Previsión Peninsular ocupaba un local estrecho entre una farmacia y una tienda de electrodomésticos, con un escaparate discreto, casi anticuado, en el que se anunciaban seguros de hogar y planes de pensiones con fotografías de manos entrelazadas y atardeceres genéricos.
Dentro, un hombre de unos setenta años, con gafas de pasta gruesa y una chaqueta de punto que no parecía adecuada para la temperatura de la calle, atendía a un cliente en el único mostrador ocupado.
Elena esperó sentada en una de las dos sillas de la sala de espera, hojeando sin leerlo un folleto sobre seguros de decesos, hasta que le llegó el turno.
—Buenas tardes —dijo, cuando por fin se sentó frente a él—. No vengo exactamente por un seguro nuevo. Vengo porque tengo una incidencia con una póliza en trámite y me han dicho que quizá alguien que lleve muchos años aquí podría orientarme.
El hombre, que se presentó como Fermín Otazu y que llevaba, según le contó casi de inmediato con el orgullo tranquilo de quien ha dedicado la vida entera a un solo oficio, cuarenta y un años trabajando para la misma compañía —"empecé de chico, cuando esto todavía se llamaba de otra manera", precisó—, escuchó con atención mientras Elena le explicaba, sin entrar en todos los detalles, la historia del código L-07 y de la carta que había recibido.
Tenía sobre el mostrador una taza de café ya frío y un calendario de pared con una fotografía de un pantano de montaña, del mismo tipo que Elena había visto en cientos de oficinas administrativas a lo largo de los años, ese género concreto de decoración que parece existir fuera del tiempo, ajena a cualquier moda.
—Eso de los coeficientes territoriales antiguos ya lo conocía yo, sí —dijo, quitándose las gafas para limpiarlas con un pañuelo que sacó del bolsillo de la chaqueta, un gesto que a Elena le pareció más ritual que necesario, la clase de pausa que la gente se concede antes de decidir cuánto va a contar—.
Cuando yo empecé, esta compañía todavía llevaba menos de veinte años funcionando bajo el nombre actual.
Antes de eso eran tres mutualidades distintas, cada una con su zona, que se juntaron en el 58.
Una de aquí, de la capital y su entorno urbano.
Otra que cubría más bien la zona industrial del sur.
Y una tercera, más pequeña, que venía del ámbito rural, de los pueblos, de cuando esas cosas todavía se organizaban casi comarca a comarca.
—¿Y sabe usted algo de esa tercera?
—Poco. Cuando yo llegué ya estaba todo unificado, y la gente mayor que la había conocido de primera mano ya se había jubilado o había fallecido.
Lo que sí recuerdo es que, durante años, en los archivos internos, cuando algo venía de esa parte rural más antigua, en vez de la ciudad, los compañeros lo llamábamos "lo de las mutuales viejas", como quien distingue un mueble heredado de uno comprado nuevo.
Y recuerdo también, esto se lo digo porque usted pregunta y porque ya no creo que le importe a nadie, que había cierta fama, entre los más veteranos, de que aquella parte rural traía consigo datos muy antiguos, de antes incluso de la guerra, que nunca se habían llegado a depurar del todo porque nadie quería cargar con la responsabilidad de decidir qué tirar y qué conservar.
—¿Y por qué nadie quería cargar con esa responsabilidad?
Fermín se recostó un poco en la silla, con la clase de expresión de quien está a punto de repetir algo que ha oído contar de segunda o tercera mano y que ya no sabría distinguir de su propia memoria.
—Porque tirar un archivo, cuando yo empecé, era un acto que necesitaba una firma, y firmar significaba responsabilizarse.
Era más fácil guardarlo todo en una caja y mandarlo al depósito que decidir qué parte de la historia de una compañía se podía destruir sin que luego alguien te lo reprochara.
Así que se acumulaba. Y lo que se acumula, con los años, la gente deja de verlo como una decisión pendiente y empieza a verlo como el paisaje de siempre.
—¿Y esos datos, dónde están ahora?
Fermín Otazu se puso de nuevo las gafas, ya limpias, y miró a Elena con una expresión que ella no supo interpretar del todo —quizá cautela, quizá simple cansancio ante una pregunta que le devolvía a un terreno que prefería no pisar en horario de trabajo.