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Chapter 2

La respuesta ocupaba tres páginas, y las dos primeras eran exactamente lo que Elena había esperado: un preámbulo legal citando el reglamento europeo de protección de datos, un párrafo sobre la identidad del responsable del tratamiento —la propia Previsión Peninsular, con su domicilio social en Madrid y su número de identificación fiscal—, y una tabla con los datos personales que la compañía conservaba sobre ella: nombre, dirección, fecha de nacimiento, número de póliza en trámite, historial de comunicaciones.

Nada que no supiera ya. Fue en la tercera página, en un apartado titulado "Origen de los datos utilizados en la evaluación del riesgo", donde encontró la frase que se quedaría con ella el resto de la noche, leída y releída con la misma atención minuciosa con la que solía examinar las cláusulas de cesión de fondos documentales que llegaban al archivo:

Leyó la frase tres veces antes de coger un bolígrafo y empezar a subrayar palabras sueltas en el margen, un hábito que arrastraba de la carrera y que no había perdido nunca del todo: sucesivas fases de migración .

Con anterioridad a la entrada en vigor .

Encargado del tratamiento externo . No era la primera vez que Elena se topaba con ese tipo de lenguaje —llevaba media vida leyendo convenios de cesión, actas de traspaso de fondos entre administraciones, cláusulas de digitalización de archivos históricos— pero sí era la primera vez que lo encontraba aplicado a sus propios datos, y la sensación de familiaridad profesional se mezclaba de un modo extraño con la de sentirse, ella misma, convertida en objeto de un expediente ajeno.

La frase no decía nada concreto, y sin embargo decía algo importante: que el dato que había determinado el precio de su seguro no había nacido en ningún ordenador de Previsión Peninsular.

Había llegado de fuera, en algún momento indeterminado del pasado, procedente de alguien a quien la compañía no estaba dispuesta a nombrar.

—¿Qué es un encargado del tratamiento? —le preguntó a Diego cuando volvió del balcón, oliendo todavía a tabaco frío, y le tendió la carta señalando el párrafo con el dedo.

Diego, que trabajaba en el departamento financiero de una empresa de logística y que tenía, por tanto, una relación mucho más pragmática que la de Elena con el lenguaje contractual, leyó el párrafo con más calma que ella antes de responder.

—Es alguien a quien le encargas procesar datos en tu nombre. Una gestoría, una empresa de informática, ese tipo de cosas. Nosotros en el trabajo tenemos uno para las nóminas.

—¿Y por qué no pueden decir quién es?

—Porque probablemente hay una cláusula de confidencialidad en el contrato entre las dos empresas.

Es bastante normal. —Se sentó frente a ella, con el gesto de quien está a punto de decir algo razonable que sabe que no va a ser bien recibido—.

Elena, esto puede ser exactamente lo que parece: un follón burocrático de una empresa vieja con sistemas viejos, sin ningún misterio detrás.

A lo mejor la respuesta, si llegas al final, es solo "un proveedor de hace treinta años nos vendió una tabla de datos y nunca la revisamos".

—Puede ser.

—Pero no lo crees.

Elena no respondió enseguida. Miró la carta, la tabla de datos personales de la primera página, el logotipo verde institucional, y pensó que Diego probablemente tenía razón en el fondo —era exactamente el tipo de explicación aburrida y plausible en la que ella misma habría pensado primero si el caso le hubiera llegado como investigadora al archivo, en vez de como afectada— pero que esa misma plausibilidad era, de algún modo, lo que más la inquietaba.

Las explicaciones aburridas, había aprendido en quince años de archivo, casi siempre eran las verdaderas.

El problema no era que la explicación fuera improbable.

Era que nadie, en ninguno de los eslabones que había tocado hasta entonces —el empleado del banco, la telefonista, ahora esta carta— parecía dispuesto ni siquiera a intentar dar esa explicación aburrida.

Se limitaban a repetir que no tenían la información, como si el desconocimiento fuera, en sí mismo, una respuesta satisfactoria.

—No es que crea que hay algo turbio —dijo finalmente—. Es que nadie sabe nada. Y eso, en mi trabajo, siempre significa que alguien archivó algo mal hace mucho tiempo y que nadie se ha vuelto a acordar de revisarlo.

—Pues bienvenida a tu propio expediente.

Elena sonrió, a su pesar, porque la frase tenía la clase de ironía seca que Diego reservaba para los momentos en que quería quitarle peso a algo sin descalificarlo del todo, y porque, en efecto, había algo genuinamente extraño en la situación de aplicar a su propia vida el mismo método con el que llevaba media vida reconstruyendo la procedencia de documentos ajenos.

Se quedó un rato más con la carta entre las manos, releyendo la frase del "encargado del tratamiento externo" hasta que las palabras empezaron a perder su significado literal y a convertirse en poco más que una secuencia de sonidos, un efecto que conocía bien de las tardes largas en el archivo, cuando un mismo topónimo repetido cien veces en cien actas distintas acababa por dejar de parecer una palabra.

Pensó, antes de apagar la luz de la cocina, que había algo casi cómico en el hecho de que una institución dedicada por definición a calcular riesgos con precisión —a poner un número exacto a la posibilidad de que alguien muriera, se accidentara o enfermara— fuera incapaz de precisar el origen de uno de sus propios números.

Como si el sistema, pensó, supiera calcular perfectamente el futuro de cualquiera menos entender su propio pasado.

·  ·  ·

A la mañana siguiente, antes incluso de que le diera tiempo a volver a marcar el número de atención al cliente, fue el banco quien llamó a Elena.

La gestora que llevaba su expediente hipotecario, una mujer eficiente y siempre apresurada con la que ya había hablado media docena de veces en las últimas semanas, le recordó, con la cortesía tensa de quien tiene que dar una mala noticia dentro de un guion amable, que la oferta de interés fijo que el banco les había concedido en enero tenía una validez de sesenta días, y que si la póliza de seguro no quedaba resuelta antes del 30 de abril tendrían que renegociar las condiciones desde cero, "muy probablemente con un tipo algo más alto que el actual, dadas las condiciones del mercado en este momento".

Elena colgó el teléfono con la sensación concreta, casi física, de que el tiempo había dejado de ser un recurso abstracto para convertirse en una cantidad exacta de dinero: cinco semanas, ni un día más, para resolver algo que ni siquiera la propia aseguradora sabía explicar.

Se lo contó a Diego esa noche por encima, sin darle demasiado dramatismo, porque no quería que la urgencia del banco se convirtiera en el argumento definitivo para dejar de tirar del hilo justo cuando por fin empezaba a intuir por dónde seguir.

Al día siguiente, viernes, Elena volvió a llamar al número de atención al cliente, decidida esta vez a no colgar hasta obtener, si no un nombre, al menos una categoría más precisa de lo que era ese "encargado del tratamiento externo".

La conversación, que duró casi cuarenta minutos y la obligó a subir tres veces de nivel de interlocutor —de la telefonista de primera línea a una supervisora, de la supervisora a alguien que se identificó únicamente como "responsable de atención especializada"—, terminó exactamente donde había empezado: con la confirmación, repetida con distintas palabras por tres personas distintas, de que la información sobre el origen exacto del coeficiente no estaba disponible para consulta directa del cliente, y de que la única vía formal para insistir era una reclamación ante la autoridad de protección de datos, un proceso que, según le advirtió la última interlocutora con una sinceridad que a Elena le pareció casi un gesto de compasión profesional, "podía tardar meses y no garantizaba una respuesta más detallada".

—¿Puedo preguntarle una cosa que no tiene que ver con el procedimiento?

—dijo Elena, cambiando de registro, porque había detectado en la voz de la mujer algo que no había encontrado en las dos conversaciones anteriores: cansancio, sí, pero también una especie de honestidad residual, el tono de alguien que lleva ya demasiados años en el mismo puesto como para seguir fingiendo un entusiasmo que nunca sintió del todo.

—Dígame.

—¿Usted sabe, aunque sea de oídas, de dónde viene esa tabla? No para el expediente. Para mí.

Hubo un silencio al otro lado, no incómodo sino pensativo, como si la mujer estuviera decidiendo si merecía la pena responder a una pregunta que no figuraba en ningún guion.

—Yo llevo dieciocho años en la compañía —dijo finalmente—.

Y lo único que le puedo decir, extraoficialmente, es que esas tablas antiguas vienen de antes de que yo entrara, de cuando la empresa todavía tenía delegaciones muy pequeñas repartidas por las provincias, cada una con su propio sistema.

Cuando se centralizó todo, a finales de los noventa, se metió de todo en la base de datos nueva, lo bueno y lo que ya no servía.

Nadie limpió aquello a fondo, que yo sepa.

No creo que nadie sepa hoy exactamente qué hay ahí dentro.

—¿Y antes de esas delegaciones? ¿Sabe algo de cómo se formó la compañía?

—Eso ya no lo sé. Pero si quiere ese tipo de historia, la delegación más antigua que sigue abierta en su ciudad es la de la calle Colón, cerca de la catedral. Llevan ahí desde siempre. A lo mejor alguien mayor le puede contar algo que en el sistema central ya no está.