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Chapter 9

Repitió el análisis tres veces, con distintos subconjuntos de la cartera, y obtuvo resultados consistentes las tres.

Se quedó un rato mirando la pantalla, con el cursor parpadeando sobre la casilla de observaciones de su informe, dudando si añadir una línea recomendando investigar el origen documental exacto del campo antes de proponer su uso operativo.

Descartó la idea casi de inmediato: el plazo del proyecto no dejaba margen para ese tipo de indagación, y ninguna de las variables que había incorporado antes al sistema activo había pasado nunca por un escrutinio así.

Pedirlo solo para esta le pareció, en aquel momento, una precaución desproporcionada que nadie en el departamento entendería, y menos viniendo de ella, la única del equipo sin apellido conocido en el sector, la que siempre tenía que demostrar el doble para que la tomaran la mitad en serio.

·  ·  ·

—Es la variable con mejor comportamiento marginal de todo el paquete de Meridiano —explicó una semana después, ante los cuatro compañeros de su equipo y el director de tarificación, Óscar Reyes, un hombre de gestos parcos que llevaba la reunión con la vista puesta más en el reloj que en la pantalla de proyección—.

Incorporarla al modelo activo mejoraría la precisión de nuestras primas de vida en zonas rurales entre un dos y un tres por ciento, según las simulaciones que he corrido esta semana.

—¿Y sabemos qué mide exactamente? —preguntó un analista joven, recién incorporado, que todavía no había aprendido las reglas no escritas de aquellas reuniones, en las que ese tipo de pregunta solía interpretarse como una pérdida de tiempo.

—Es un campo heredado de un fondo histórico de mutualidades rurales —dijo Marta, sin perder la calma—.

El proveedor lo describe como una variable territorial de base histórica sin interpretación clínica directa.

Lo importante, a efectos de tarificación, es que funciona: mejora el ajuste del modelo de forma consistente y reproducible en todas las pruebas que he hecho.

Óscar Reyes, que llevaba dieciocho años en el sector y había visto pasar por aquella misma sala docenas de variables de origen igual de opaco, asintió sin mayor deliberación, ya con la mirada puesta en el siguiente punto del orden del día.

—Si funciona y el proveedor lo respalda, adelante. Documenta bien la justificación estadística, por si algún día lo audita alguien.

—Ya está documentada —dijo Marta, señalando la carpeta sobre la mesa, sin que a nadie en aquella sala se le ocurriera preguntar si documentar la justificación estadística era lo mismo que documentar el origen del propio dato. Nadie volvió a mencionar el asunto en lo que quedaba de reunión.

Marta salió de aquella reunión con la sensación de haber ganado algo importante, aunque no supiera todavía nombrarlo con precisión: no solo una variable aprobada, sino un reconocimiento tácito, delante de todo el equipo, de que su trabajo tenía el peso suficiente para que Óscar Reyes lo aprobara sin apenas cuestionarlo.

Se lo contó esa noche a su pareja de entonces, un ingeniero de telecomunicaciones con el que llevaba viviendo poco más de un año, con un entusiasmo que a él le pareció, según le confesaría después, "casi desproporcionado para una simple reunión de trabajo".

Marta no supo explicarle del todo por qué le importaba tanto.

Solo sabía que llevaba cinco años esperando ese tipo de reconocimiento, y que por fin empezaba a sentir que lo tenía al alcance.

Así fue como el campo que en 1912 había nacido para repartir mejor unas cartillas de leche entre las familias de un pueblo sin fuentes propias, y que en 1987 una administrativa había etiquetado como "Legado" precisamente para que nadie volviera a tratarlo como un dato activo, se convirtió, veintidós años después de aquella digitalización, en una variable operativa capaz de modificar en tiempo real el precio de cualquier póliza de vida cuyo titular tuviera la mala fortuna de compartir apellido, comarca o linaje con alguna de aquellas familias antiguas.

Había, además, una razón menos limpia que Marta no incluyó en ningún informe: la mejora del dos o tres por ciento en precisión que atribuía a la nueva variable llegaba justo a tiempo para el cierre del trimestre en que se decidían los ascensos internos del departamento, y Marta, que llevaba dos años esperando una promoción que no terminaba de llegar, sabía perfectamente que presentar un hallazgo así, con cifras tan favorables, no le vendría mal delante de Óscar Reyes.

No fue el único motivo, ni siquiera el principal.

Pero fue uno de ellos, y Marta lo sabía entonces tan bien como lo sabría, con más vergüenza, muchos años después.

El ascenso llegó, en efecto, tres meses después: coordinadora de línea, con dos personas a su cargo por primera vez en su carrera.

Marta lo celebró con sus padres, que a duras penas entendían en qué consistía exactamente su trabajo pero que se alegraron, sinceramente, de verla progresar en algo que a ella le importaba tanto.

Nadie en aquella celebración, ni siquiera ella misma, relacionó aquel ascenso con una columna de datos heredada de un pueblo que ninguno de los presentes había oído nombrar nunca.

·  ·  ·

Diez años más tarde, en la primavera de 2019, cuando Previsión Peninsular acometió una migración completa de sus sistemas de tarificación a una nueva plataforma tecnológica, Marta —ya responsable sénior del departamento, con un despacho propio y un equipo de doce personas a su cargo, y ya separada del ingeniero de telecomunicaciones, con quien la relación no había sobrevivido a los horarios imposibles de aquellos años de ascenso constante— volvió a encontrarse con el Legado en la lista de variables activas que había que trasladar al nuevo sistema.

Lo reconoció de inmediato, con la clase de familiaridad incómoda que producen los propios errores de juventud profesional, y por un momento consideró marcarlo para revisión, ahora que tenía más autoridad de la que había tenido en 2009 para exigir ese tipo de auditoría.

Se quedó mirando la pantalla un buen rato, sola en su despacho, calculando lo que significaría en la práctica abrir esa puerta: el proyecto tenía un calendario ajustado, marcado por la dirección general como prioridad estratégica del año, y revisar el origen documental de una sola variable entre las más de doscientas que componían el sistema activo habría significado retrasar un proceso que ya llevaba semanas de retraso acumulado.

Pensó en pedir una prórroga solo para esa variable, y llegó incluso a redactar mentalmente el correo que enviaría a Óscar Reyes, ya jubilado para entonces, para pedirle consejo. No llegó a enviarlo.

Se lo comentó, en cambio, a una compañera con la que compartía despacho aquellos días, una analista más joven llamada Yolanda que llevaba solo dos años en la empresa y que todavía conservaba, según pensaba Marta a veces con una punzada de nostalgia, la clase de escrúpulo minucioso que ella misma había ido perdiendo con los años.

—¿Tú qué harías? —le preguntó, señalando la pantalla con el campo Legado resaltado—.

Llevo diez años usando este dato sin preguntarme de dónde sale.

Ahora tengo la autoridad para pararlo todo y averiguarlo.

Pero pararlo significa retrasar la migración entera, y no tengo ninguna prueba de que haya un problema real, solo una intuición vieja que nunca llegué a confirmar.

Yolanda se quedó pensando un momento, con la misma seriedad con la que abordaba cualquier pregunta técnica.

—Yo creo que lo pararía. Pero también sé que yo no tengo doscientas variables más esperando, ni un director general preguntando cada semana por qué se retrasa el proyecto. Es fácil decir lo que haría desde donde estoy yo. No sé si sería tan fácil decirlo desde donde estás tú.

Marta no supo si aquella respuesta la tranquilizó o la inquietó más.

Migró el campo junto con todos los demás, sin marcarlo, diciéndose a sí misma que si en diez años nadie lo había cuestionado, probablemente no había nada que cuestionar —la misma lógica exacta, reconoció incluso mientras la aplicaba, que le había permitido a ella misma, una década antes, no preguntarse de dónde salían realmente aquellos números.

Escribió, eso sí, antes de cerrar el expediente de migración, una nota interna breve, casi un gesto simbólico más que una advertencia real, sugiriendo que en algún momento futuro convendría auditar el origen documental de las variables heredadas de proveedores externos anteriores a 2010.

La nota quedó archivada junto con otras cientos de observaciones similares generadas durante el proyecto, en una carpeta que nadie volvería a abrir en años.

Aquella misma noche, ya en casa, Marta se sirvió una copa de vino que no solía permitirse entre semana y se sentó en el sofá con el portátil todavía abierto sobre la mesa, incapaz de dejar de pensar del todo en la decisión que acababa de tomar.

Pensó en llamar a su madre, como hacía cada vez que algo la inquietaba sin que supiera bien por qué, pero se lo pensó mejor: no habría sabido explicarle, sin sonar melodramática, por qué una simple migración de sistemas le pesaba tanto esa noche en concreto.

Se quedó, en cambio, revisando viejas fotografías de la reunión de 2009 en la que había presentado por primera vez aquel campo, buscando en su propia cara de entonces algún rastro de la duda que ahora sentía, y no encontró ninguno: solo la sonrisa satisfecha de una mujer de treinta y un años que acababa de conseguir el reconocimiento que llevaba tiempo esperando, sin sombra alguna de lo que aquella misma variable acabaría representando, para ella y para otros, una década más tarde.

Cerró el ordenador aquella noche con la sensación, ya familiar, de haber hecho lo mínimo posible en vez de lo necesario, y se fue a casa pensando que ya se ocuparía de ello más adelante, cuando el proyecto de migración estuviera terminado y tuviera tiempo de verdad para dedicarle.

Ese momento, como suele pasar con esas promesas que uno se hace a sí mismo en los peores días de un proyecto, no llegó nunca.

Nadie volvería a leer aquella nota en los años siguientes, salvo, mucho después, una mujer que no conocía a Marta de nada y que, revisando su propio expediente, encontraría en aquella línea olvidada la única prueba escrita de que, en algún punto de la cadena, alguien sí se había hecho la pregunta correcta, aunque no hubiera tenido tiempo, ni valor suficiente, de perseguir la respuesta hasta el final.

·  ·  ·

Óscar Reyes se jubiló en 2015, después de veinticuatro años en Previsión Peninsular, con una fiesta de despedida a la que Marta, ya coordinadora de un equipo propio, asistió con sentimientos encontrados: el hombre que la había ascendido, casi sin cuestionarla, aquella tarde de 2009, había sido también, durante años, el jefe que nunca le había preguntado en detalle de dónde salían los datos que ella le presentaba, siempre satisfecho con que los números funcionaran.

—Voy a echar de menos tu manera de resolver problemas, Sanjuán —le dijo Óscar, en la despedida, con una copa de cava en la mano—. Siempre encontrabas la variable que hacía falta, cuando hacía falta. Eso no se enseña en ningún máster.

—Gracias, Óscar. Aunque a veces me pregunto si deberíamos haber preguntado más, en su momento, de dónde salían exactamente esas variables que tan bien funcionaban.

Óscar se encogió de hombros, con la misma indiferencia tranquila de siempre.

—Si funcionan, funcionan. Ese ha sido siempre mi criterio, y no me ha ido mal con él. Cada generación tiene sus propios estándares, supongo. Los tuyos parecen más exigentes que los míos, y no digo que eso sea malo.

Marta no le contó, aquella tarde, que aquel mismo criterio —si funciona, funciona— era precisamente el que, años después, ella misma tendría que empezar a cuestionar en profundidad, empujada por una mujer a la que todavía no conocía y que llevaba, en aquel preciso momento, dos meses reconstruyendo con paciencia archivística el origen de un código de dos letras.