No confíes en nadie (Leticia Santos 3) 35
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Pasado el tiempo de plazo, Leticia volvió al día siguiente a la mansión de Orduña.

El comisario la esperaba en el mismo despacho.

No había cambiado nada desde la última vez que estuvo allí.

La chimenea seguía encendida, proyectando una luz cálida que apenas alteraba la penumbra de la estancia; los libros permanecían perfectamente alineados en las estanterías, como si nadie los hubiera tocado en años; y el vaso de whisky descansaba sobre la mesa exactamente donde ella lo recordaba, intacto, convertido casi en un elemento más de la decoración.

Solo la iluminación era distinta, más tenue, más íntima, reduciendo el espacio hasta dar la impresión de que la habitación había sido diseñada para contener únicamente a los dos, aislándolos del resto del mundo y de cualquier posibilidad de interrupción.

Al ver a Orduña, le vino todo de golpe, la imagen de su dolor en el bar volvió primero, sin pedir permiso, imponiéndose como la primera pieza de una cadena que su mente reconstruía sin poder evitarlo.

Después apareció el whisky, el peso del vaso sobre la barra, la sensación del alcohol extendiéndose con una lentitud engañosa, y el reflejo deformado en el espejo detrás de las botellas, una versión de sí misma que no terminaba de reconocer pero que tampoco podía negar.

Y, finalmente, regresó aquel silencio entre pensamientos, ese instante exacto en el que había dejado de hacerse preguntas para limitarse simplemente a resistir, como si la mente hubiera decidido ahorrar energía eliminando cualquier intento de explicación.

—Espero que haya tomado una decisión —mencionó Orduña.

Leticia permaneció de pie. No se sentó, no porque pretendiera desafiarlo, sino porque intuía que aceptar el asiento significaba aceptar también las reglas de una conversación que nunca había sido entre iguales.

El comisario la observó durante un largo instante, sin sorpresa, sin impaciencia, con la expresión tranquila de quien ya había contemplado aquella posibilidad entre todas las variantes imaginables y no encontraba en ella ningún motivo para alterar sus planes.

Sin apartar la mirada de él, Leticia dejó la todas las pruebas encima de la mesa; los informes, la grabadora y las fotografías. El sonido fue leve, apenas un roce seco contra la madera, pero tuvo el peso definitivo de una decisión que ya no admitía marcha atrás.

—¿Es todo?

—Sí, esto es lo que quería, ¿no? Ha ganado.

El comisario no la tocó de inmediato, primero recorrió su rostro con la mirada.

No como quien examina un simple objeto, sino como quien contempla el final de una partida largamente esperada, concediéndose unos segundos para confirmar que la última pieza había llegado exactamente al lugar previsto antes de mover la mano.

—No, señorita Santos. Yo no he ganado, ha ganado usted.

Leticia soltó una risa seca, sin humor.

—Míreme. No he ganado nada.

Orduña sostuvo su mirada un instante antes de responder.

—Se equivoca. Ha ganado lo único que aún podía ganar. —Hizo una pausa casi imperceptible. —Su vida.

La habitación quedó en silencio.

—Velasco habría querido esto —añadió el comisario.

—No lo conocía lo suficiente como para hablar por él.

—Lo conocía más de lo que cree. Por eso se detuvo a tiempo… o casi.

—Si hago esto… ¿qué cambia?

El comisario le clavó la mirada unos segundos antes de responder.

—Que deja de ser un objetivo inmediato. Siempre que no haya cometido la imprudencia de guardarse una copia.

Leticia sostuvo su mirada sin pestañear.

—¿De verdad cree que después de todo lo que he visto, querría conservar algo por lo que ha muerto tanta gente?

Orduña no respondió enseguida. La estudió con la paciencia de quien lleva toda una vida juzgando a los demás.

—Entonces ha entendido cómo funciona este mundo.

Empujó las pruebas hacia él. El gesto fue pequeño, casi imperceptible, pero tenía el peso de una renuncia definitiva, de esas decisiones que, una vez ejecutadas, dejan de pertenecer a quien las toma.

La carpeta se deslizó despacio sobre la superficie de madera hasta detenerse frente al comisario, sin ruido, como si incluso el escritorio comprendiera la importancia de aquel momento.

Durante unos segundos no habló. El silencio que siguió no era incómodo ni expectante. Era el silencio de quien ya ha obtenido exactamente aquello por lo que llevaba demasiado tiempo esperando. Hasta que lo rompió.

—Sergio Velasco también creyó que estaba haciendo lo correcto.

Leticia no respondió.

—La diferencia es que él quiso verlo todo.

El silencio que siguió fue distinto. Leticia dio un paso atrás.

—¿Ya puedo irme?

El comisario asintió.

—Siempre ha podido irse.

Eso era lo peor. No la satisfacción contenida que intuía en el rostro del comisario, ni la carpeta que acababa de abandonar sobre la mesa, sino aquella calma absoluta con la que había aceptado el desenlace, como si todo hubiera ocurrido exactamente en el orden previsto desde el principio.

No hubo celebración, ni amenazas, ni palabras de victoria.

Solo la serenidad de quien nunca había dudado del resultado.

Leticia salió del despacho sin mirar atrás.

Comprendió que volver la cabeza no cambiaría nada de lo que acababa de suceder y que algunas puertas, una vez cruzadas, dejaban de existir incluso antes de cerrarse.

Avanzó en silencio, escuchando únicamente el sonido amortiguado de sus propios pasos sobre el suelo pulido.

El pasillo de la mansión le pareció más largo que antes.

O quizá era ella la que caminaba más despacio, como si cada paso necesitara asimilar el peso de la decisión que acababa de tomar.

La casa seguía siendo exactamente la misma, con la misma iluminación tenue, el mismo orden impecable y el mismo silencio cuidadosamente administrado, pero ya no transmitía la impresión de un lugar desde el que se ejercía el poder.

Ahora parecía otra cosa. Un lugar donde las historias terminaban.

Un espacio concebido para cerrar asuntos pendientes y convertir las decisiones en hechos irreversibles.

Cuando cruzó la puerta principal, el aire exterior le golpeó con una frialdad inesperada, más intensa de lo que recordaba, como si durante todo el tiempo que había permanecido dentro de la mansión hubiera olvidado que el mundo seguía existiendo al otro lado de aquellos muros.

El coche seguía donde lo había dejado, inmóvil bajo la luz tenue de la entrada, pero los hombres habían desaparecido.

No había vigilantes, ni instrucciones, ni despedidas.

Solo la carretera extendiéndose hacia la oscuridad y la sensación extraña de que nadie necesitaba impedirle marcharse.

Permaneció inmóvil unos segundos, incapaz de decidir si aquello era un acto de libertad o una forma distinta de expulsión.

Finalmente caminó hasta el coche, abrió la puerta, se sentó al volante y arrancó sin volver la vista hacia la casa.

Condujo durante varios minutos sin una dirección concreta, dejando que la carretera decidiera por ella mientras el silencio del habitáculo se mezclaba con el zumbido constante del motor.

Poco a poco las primeras luces de la ciudad comenzaron a reaparecer en el horizonte, difusas y lejanas, como si pertenecieran a una vida anterior que ya no terminaba de reconocer como propia.

Intentó apagar el móvil por puro instinto, con el deseo irracional de cortar cualquier vínculo con las últimas horas, pero antes de que la pantalla llegara a oscurecerse por completo, volvió a encenderse sola.

Solo había un mensaje. Sin remitente. Sin número.

Una única frase ocupaba el centro de la pantalla:

«Ahora ya formas parte de esto.»

Permaneció inmóvil, con las manos apoyadas sobre el volante mientras el coche seguía avanzando por inercia unos metros más antes de que levantara ligeramente el pie del acelerador.

Leyó la frase una segunda vez y comprendió, con una claridad que ya no dejaba espacio para el autoengaño, que no había entregado simplemente unas pruebas.

Lo que realmente había hecho era decidir quién tendría el poder de utilizarlas, y esa elección la convertía, quisiera o no, en una pieza más del mismo mecanismo que había intentado desenmascarar.

Frente a ella, la ciudad seguía extendiéndose con la misma normalidad de siempre, iluminada por miles de ventanas y semáforos que ignoraban por completo lo que acababa de cambiar.

Todo parecía idéntico. Y precisamente por eso resultaba mucho más inquietante.