No confíes en nadie (Leticia Santos 3) 34
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Pasada media hora, el bar seguía igual, inmune a todo lo que ocurría fuera de sus paredes, como si el mundo se hubiera quedado suspendido en un punto distinto de la realidad.

Nadie la miraba de forma prolongada, nadie parecía prestar atención a su presencia más allá de la cortesía mínima de compartir un espacio cerrado.

Nadie preguntaba nada. En otro momento, esa indiferencia le habría parecido lo normal, incluso reconfortante, pero ahora le resultaba extraña, casi sospechosa, como si el hecho de no ser observada fuera en realidad una forma más sutil de estar siendo observada.

Volvió a beber, esta vez más despacio, dejando que el líquido descendiera sin resistencia mientras apoyaba el vaso de nuevo sobre la barra con una suavidad casi automática.

El segundo trago no le quemó igual que el primero, el cuerpo empezaba a reconocer el impacto y a amortiguarlo, pero tampoco trajo alivio.

No había calma en esa sensación, solo un desplazamiento, como si el ruido constante que llevaba dentro de la cabeza no desapareciera sino que fuera empujado un poco más atrás, a una zona menos accesible, como si alguien lo hubiera encerrado en una habitación mal cerrada cuya puerta seguía vibrando con cada pensamiento.

Comenzó a llorar en silencio, sin que el gesto alterara apenas su postura ni interrumpiera la forma en la que sostenía el vaso, como si las lágrimas no fueran un acto consciente sino una fuga inevitable de algo que llevaba demasiado tiempo acumulado dentro.

El alcohol seguía ahí, mezclado con el calor del cuerpo y con el cansancio, pero ahora compartía espacio con ese derrumbe silencioso que no necesitaba permiso para aparecer.

No se limpió la cara, no intentó contenerse, dejó que ocurriera, con una especie de resignación apagada, como si en ese punto ya no hubiera energía suficiente ni siquiera para resistirse a sí misma.

El camarero, al otro lado de la barra, no reaccionó.

Siguió con su rutina sin cambiar el ritmo, recogiendo vasos, limpiando superficies, moviéndose entre botellas con la misma precisión mecánica de siempre, como si nada de lo que pasara frente a él tuviera la capacidad de alterar el funcionamiento del local.

Había aprendido hacía tiempo a no mirar demasiado de cerca a quienes se rompían en su presencia, a reconocer el momento exacto en el que la empatía dejaba de ser útil en un lugar así.

En ese bar todo el mundo acababa igual en algún momento, sentado en la misma posición, con la mirada perdida o demasiado fija en algún punto indefinido, con el alcohol enfriándoles por dentro mucho antes de que el hielo terminara de diluirse en el vaso.

Fue entonces cuando lo notó. No supo en qué momento exacto había empezado a observarla, pero en algún punto entre el segundo y el tercer trago había un hombre en la esquina que ya no hablaba con nadie ni fingía hacerlo.

Tenía un vaso intacto delante, sin marcas de haberlo tocado, y el cuerpo ligeramente girado hacia ella, como si hubiera abandonado cualquier interés por lo que ocurría a su alrededor para concentrarse únicamente en ese punto concreto del bar donde ella estaba sentada.

Cuando Leticia levantó la vista un instante, él no apartó la mirada, pero tampoco la sostuvo con descaro ni con esa agresividad torpe de quien busca intimidar.

Era algo más inquietante, una atención neutra, medida, casi paciente, como si no tuviera ninguna prisa en ser descubierto y supiera que, tarde o temprano, eso no importaría.

Bajó los ojos al vaso otra vez, sintiendo cómo el alcohol dejaba de ser un refugio para convertirse en un objeto más dentro de la escena, tan inútil como el resto del entorno.

Se dijo que no era nada, que en un bar como aquel la paranoia era solo otra forma de cansancio, otra consecuencia de demasiadas horas sin dormir y demasiadas palabras peligrosas escuchadas en el momento equivocado.

Pero el ruido dentro de su cabeza, que había empezado a ordenarse apenas unos minutos antes, volvió a descomponerse en fragmentos más pequeños, más rápidos, incapaces de encajar entre sí, como si la simple existencia de aquella mirada hubiera reabierto todas las puertas que había intentado cerrar a base de whisky y silencio.

Una vez que consiguió recuperar un mínimo de calma, intentó ordenar lo que había pasado, como si ponerlo en secuencia pudiera devolverle algún tipo de control sobre lo que claramente ya se le escapaba entre las manos.

El hostal, el coche negro, la caja escondida bajo el suelo, el comisario en aquella casa que no parecía de nadie y, antes de todo eso, la sensación constante de estar siendo empujada de un punto a otro sin margen real de elección.

Cada imagen aparecía en su mente con una nitidez incómoda, demasiado limpia, como si su memoria hubiera dejado de filtrar lo importante de lo irrelevante y hubiera decidido, sin avisar, que todo tenía el mismo peso, la misma densidad, la misma capacidad de hacer daño.

No había jerarquía entre los recuerdos, no había un elemento más seguro que otro al que agarrarse para reconstruir una lógica.

Todo era amenaza, incluso lo que en otro contexto habría sido neutral o simplemente cotidiano, y esa igualdad forzada convertía cada pieza en algo difícil de sostener sin sentir que podía romperse por dentro.

Leticia se dio cuenta entonces de que estaba apretando el vaso con demasiada fuerza, hasta el punto de notar la tensión en los nudillos y el borde del cristal clavándosele ligeramente en la piel, y aflojó los dedos lentamente, casi con cuidado, como si soltarlo fuera la única acción verdaderamente controlable que le quedaba en ese momento.

A su lado, dos hombres hablaban en voz baja, apoyados en la barra como si el bar fuera solo una prolongación más de la calle, un lugar de paso donde las conversaciones no tenían mayor importancia que el ruido de fondo.

Uno de ellos reía sin ganas, una risa breve, casi automática, que no llegaba a transformarse en alivio, mientras el otro mantenía la mirada fija en el móvil con la atención dispersa de quien espera una llamada que no va a llegar nunca, pero que aun así se niega a dejar de esperar.

Eran fragmentos de vida normal, sucios, cotidianos, pequeños gestos sin trascendencia que, en otro momento, habrían pasado desapercibidos, pero que ahora le resultaban casi ajenos, como si pertenecieran a una realidad distinta a la suya.

Sintió una punzada difícil de nombrar, algo que se instaló entre el cansancio y la lucidez, sin decidir del todo si era envidia o simplemente agotamiento acumulado.

No era una emoción clara, sino una mezcla incómoda de ambas, como si observar aquella normalidad le recordara no lo que había perdido, sino lo que ya no sabía cómo recuperar.

El trago ya no sabía igual. O quizá no era el whisky lo que había cambiado, sino ella, o tal vez la distancia que ahora sentía entre lo que era y lo que había sido antes de que todo empezara a descomponerse.

Miró hacia la entrada del bar sin llegar a mirarla del todo, como si permitirse una atención completa hacia ese punto pudiera implicar algo más que un simple gesto.

La puerta se abrió y cerró un par de veces en un flujo constante de gente que entraba y salía sin detenerse demasiado, rostros que se cruzaban con el interior del local sin dejar huella, sin importancia, sin peso aparente.

Nadie relevante. Nadie que tuviera por qué serlo.

Y, sin embargo, el cuerpo de Leticia reaccionaba antes que cualquier pensamiento coherente, como si hubiera aprendido a leer amenazas en lo cotidiano, como si el simple movimiento de una puerta pudiera ser el inicio de algo que todavía no había llegado pero ya se sentía cerca.

Cada sombra en el umbral parecía una posibilidad, cada entrada una continuación de algo que no terminaba de definirse.

Bebió otra vez, esta vez más rápido, sin detenerse a analizar el sabor ni el gesto, y cuando dejó el vaso sobre la barra descubrió, con una extrañeza breve, que no recordaba haber decidido vaciarlo, simplemente estaba vacío.

Pidió otro sin mirarlo demasiado y el camarero lo sirvió con la misma indiferencia con la que había servido el anterior, como si aquello no fuera más que una repetición más dentro de una noche que no destacaba entre ninguna otra.

En algún punto entre el segundo y el tercer trago, el mundo dejó de parecer más lento, no se volvió más amable ni más fácil de habitar, solo más lejano, como si ella hubiera quedado al otro lado de un cristal que no terminaba de empañarse del todo, permitiéndole ver sin pertenecer.

Sacó el móvil sin una razón concreta, comprobó la pantalla sin encontrar llamadas, sin mensajes nuevos, sin ninguna pista que pudiera alterar el curso de lo que estaba ocurriendo, y lo guardó de nuevo con la misma falta de decisión con la que lo había sacado.

Por unos segundos se permitió no pensar en Sergio Velasco, ni en el hostal, ni en el comisario, ni en ninguna de las piezas que hasta entonces habían definido su mundo reciente.

Fue un silencio breve, casi artificial, pero suficiente para notar la ausencia del ruido habitual.

Después, como si esa ausencia hubiera sido solo un intervalo y no un descanso, el ruido volvió, más estructurado, más frío, más consciente de sí mismo, como si hubiera aprendido a organizarse mejor.

Leticia dejó unas monedas sobre la barra sin mirar la cuenta, se levantó despacio sintiendo el alcohol asentarse en un lugar incómodo del cuerpo, no suficiente para apagar nada pero sí lo bastante presente como para hacer más difícil sostenerlo todo en equilibrio.

Antes de salir dudó un instante junto a la puerta.

El bar seguía igual, la ciudad también, inalterada en su indiferencia habitual, y solo ella parecía haberse desplazado ligeramente fuera de sitio, como si hubiera cruzado una línea invisible sin darse cuenta. Aun así, salió.

Al cruzar la puerta, el aire frío de la calle la golpeó en el rostro, pero no fue suficiente para despejarle la mente.

La acera brillaba bajo la luz de las farolas, cubierta por una fina capa de agua de la tormenta que acababa de pasar.

Apenas había caminado unos pasos cuando lo vio.

A sus pies, en un hundimiento del asfalto, un charco negro y estancado devolvía la luz mortecina de la calle.

Y ahí estaba ella otra vez. La misma desconocida que la había acosado desde el espejo de la barra, observándola ahora desde el suelo, distorsionada por el temblor del agua.

Sintió una punzada de rechazo, un impulso violento que le subió desde el estómago y que ya no pudo contener.

Sin pensarlo, alzó el pie y plantó la suela de la bota con toda su alma justo en el centro de la imagen.

Acompañó el golpe con un grito de rabia, un bramido seco que le desgarró la garganta y que quedó flotando en la calle desierta.

El agua sucia salpicó con fuerza, empapándole los pantalones, y el reflejo se rompió en mil pedazos oscuros.

Se quedó quieta un segundo, respirando con agitación, y con la bota hundida en el asfalto, esperando a que el eco de su propia voz se apagara.

Solo cuando las ondas del charco se calmaron y el agua volvió a ser un espejo mudo, sacó el pie del fango y continuó caminando sin rumbo.