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Leticia no tenía un destino claro cuando la dejaron marchar.
Ni siquiera recordaba con precisión cómo había llegado hasta el coche.
Lo único que sabía era que necesitaba poner distancia entre ella y aquel lugar, dejar de escuchar el eco de la conversación con Orduña repitiéndose una y otra vez dentro de su cabeza.
Se puso al volante y condujo sin rumbo durante varios minutos, evitando las carreteras principales por puro instinto.
Las luces de los semáforos aparecían y desaparecían detrás del parabrisas mientras avanzaba sin rumbo por calles cada vez más vacías, incapaz de concentrarse en ninguna dirección concreta.
La tormenta había dado una tregua hacía un rato, pero el asfalto seguía brillando bajo la luz gris como una superficie negra y resbaladiza.
Cada semáforo, cada cruce y cada edificio parecían formar parte de un paisaje distante que observaba sin llegar a procesar del todo.
Intentó ordenar las piezas; Velasco, la lista, la fiscal…
La caja escondida bajo el suelo de la habitación treinta y cuatro...
Todo terminaba conduciendo al mismo lugar y, sin embargo, seguía sin comprender cuál era la forma completa del problema que tenía delante.
Era como observar únicamente fragmentos de una fotografía demasiado grande.
Cuando vio el bar al final de una calle secundaria, no lo pensó tan solo giró el volante y aparcó.
El local ocupaba la planta baja de un edificio antiguo y parecía resistirse al paso del tiempo con la misma obstinación que sus clientes.
Un cartel luminoso medio fundido parpadeaba sobre la entrada y detrás de los cristales empañados se distinguían siluetas inmóviles bajo una luz amarillenta.
No era un lugar elegante ni especialmente acogedor.
Precisamente por eso le gustó. Apagó el motor y permaneció unos segundos dentro del coche observando el establecimiento.
Por primera vez en horas no tenía a nadie vigilándola directamente, ni preguntas que responder, ni amenazas veladas pronunciadas con una sonrisa.
Solo cansancio. Un cansancio profundo que parecía haberse instalado detrás de los ojos.
Finalmente salió del vehículo y cruzó la calle.
Cuando abrió la puerta del bar, una mezcla de calor, olor a ginebra impregnada en la madera y el sudor de las almas cautivas por un vaso con hielo, le dieron una amarga bienvenida.
El murmullo apagado de varias conversaciones dispersas y el sonido lejano de una máquina recreativa funcionando en algún rincón resultaron extrañamente reconfortantes.
Durante unos segundos tuvo la absurda sensación de haber regresado a un lugar normal, a una jornada cualquiera en una ciudad cualquiera.
El tintinear de los vasos, el camarero secando copas detrás de la barra y un partido de fútbol emitiéndose en silencio por el televisor componían una escena cotidiana que, apenas unos días antes, habría pasado completamente desapercibida.
Pero ahora sabía que aquella normalidad era solo una apariencia.
Había quedado atrás mucho antes de cruzar la puerta del bar. Ahora era ella quien había cambiado.
El bar estaba medio lleno, aunque nadie parecía estar realmente allí.
Las conversaciones flotaban sin peso entre vasos sucios y luces amarillas demasiado bajas, como si el lugar existiera a medias, sostenido por la costumbre más que por la vida.
Un televisor colgado sobre la barra emitía un partido sin sonido, mientras una máquina recreativa parpadeaba al fondo con la insistencia mecánica de algo que llevaba años funcionando para nadie.
Leticia entró sin detenerse a observar demasiado.
No buscaba a nadie en concreto y aquello era lo que más la inquietaba.
Cuando no sabes qué estás buscando, cualquier rostro puede parecer familiar, cualquier gesto puede adquirir un significado inesperado y cualquier desconocido puede convertirse de un instante a otro, en la persona que ha venido a encontrarte.
Se sentó en la barra sin elegir realmente un sitio, dejándose caer sobre el primer taburete libre que encontró.
El asiento conservaba una tibieza extraña, mezclada con el frío del cuero desgastado por los años y por las decenas de personas que habían pasado por allí antes que ella, como si todavía guardara algo de quienes se habían sentado a esperar, olvidar o simplemente sobrevivir unas horas más.
El camarero levantó la vista apenas un segundo cuando la vio acercarse.
No hubo sorpresa ni curiosidad en sus ojos, solo la indiferencia profesional de quien lleva demasiado tiempo viendo rostros cansados entrar por esa puerta.
Leticia dudó unos instantes antes de pedir.
Nunca bebía, ni siquiera le gustaba el alcohol, pero después de la conversación con Orduña, sentía la necesidad de anestesiar algo, aunque no supiera exactamente qué; tal vez el miedo, o tal vez la rabia.
Quizá la sensación cada vez más intensa de que estaba perdiendo el control de una historia que ya había empezado mucho antes de que ella apareciera en ella.
—Whisky —dijo finalmente.
La palabra sonó extraña incluso para ella.
—O lo que tenga más fuerte.
El camarero asintió sin hacer preguntas y se alejó hacia las botellas.
Mientras esperaba, apoyó los codos sobre la barra y observó su reflejo deformado en el espejo que cubría la pared del fondo.
Las luces amarillentas del local distorsionaban con ligereza la imagen y durante unos segundos tuvo la sensación de no estar mirándose a sí misma, sino a una desconocida.
No era una cuestión de aspecto debido a que seguía viendo las mismas ojeras, el mismo cabello húmedo y el mismo cansancio acumulado alrededor de los ojos.
Era algo más profundo, algo que no terminaba de encajar, como si durante aquellos últimos días hubiera dejado atrás una parte de sí misma en algún punto del camino y todavía no supiera exactamente dónde; tal vez en aquel andén de metro cubierto de sangre, en la puerta del despacho de la fiscal, o frente al escritorio de Orduña.
Aquella desconocida del espejo siguió observándola desde el otro lado mientras el murmullo del bar se mezclaba con el tintinear lejano de los vasos.
Por primera vez desde que todo había comenzado, no estaba pensando en la siguiente pista ni en la siguiente persona de la lista.
Solo sentía un agotamiento profundo, de esos que no se acumulan en el cuerpo sino en algún lugar más difícil de alcanzar.
Un cansancio que nacía de comprender que el mundo podía ser mucho más oscuro de lo que había imaginado y que, una vez visto de cerca, ya no existía forma de volver a mirarlo igual.
El vaso llegó sin ceremonia, como si el camarero lo hubiera dejado allí sin darle más importancia que a cualquier otro pedido de la noche.
El líquido ámbar reposaba en el cristal con una calma engañosa, sencillo, casi vulgar en su presentación, y sin adornos ni pretensiones, como si no pudiera anticipar en absoluto lo que provocaría al cruzar los límites del cuerpo.
Leticia lo observó durante unos segundos antes de tocarlo, con una duda breve pero real, de esas que nacen más del instinto que del pensamiento, como si todavía existiera la posibilidad de apartarse de todo aquello y volver a una versión anterior de la noche.
Finalmente lo levantó y bebió. El golpe fue seco y directo, sin ninguna concesión a la suavidad, y le recorrió la garganta con una intensidad que la obligó a cerrar los ojos un instante, no por dolor, sino por la sensación de impacto, como si hubiera atravesado una frontera que hasta entonces había evitado.
El calor se extendió después de forma lenta, casi contradictoria, primero como una quemadura y luego como una especie de vacío tibio que le aflojó ligeramente la tensión acumulada en el pecho.
No tosió ni hizo ningún gesto exagerado, no había necesidad de dramatizar algo que ya era suficientemente real por sí mismo.
Solo dejó el vaso sobre la barra, respiró hondo y se quedó quieta unos segundos, como si acabara de cruzar una puerta invisible que no sabía a dónde la iba a conducir, pero de la que ya era imposible regresar.