No confíes en nadie (Leticia Santos 3) 32
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Cuando el coche finalmente se detuvo, no había ciudad alrededor, ni luces lejanas, ni el rumor constante del tráfico.

Solo un espacio suspendido entre la oscuridad y el silencio, presidido por una construcción aislada que parecía existir al margen de cualquier mapa útil, como si hubiera sido elegida precisamente por su capacidad para desaparecer del mundo sin dejar de formar parte de él.

La hicieron entrar sin violencia innecesaria.

Dentro no había lujo. Solo funcionalidad.

La estancia era amplia, despojada de cualquier elemento decorativo que permitiera adivinar quién la utilizaba, demasiado limpia para haber sido improvisada y demasiado vacía para resultar casual.

Todo parecía dispuesto con un propósito exclusivamente práctico, como si aquel lugar hubiera sido concebido para conversaciones que no debían dejar rastro y decisiones que no necesitaban testigos.

La iluminación era uniforme, sin rincones en sombra, sin embargo, tenía una cualidad distinta, era como si las paredes estuvieran construidas para impedir que el mundo exterior existiera.

Orduña la esperaba al fondo de la sala, sentado y con una serenidad que no transmitía paciencia, sino costumbre.

Ocupaba aquel lugar con la naturalidad de quien llevaba demasiado tiempo haciéndolo, como si la habitación hubiera sido diseñada alrededor de su presencia y no al contrario.

No se levantó cuando ella entró, ni mostró sorpresa o impaciencia.

Simplemente la observó, con una expresión serena e inescrutable, como si aquel encuentro no fuera el comienzo de una conversación, sino el último paso de un proceso que llevaba mucho tiempo desarrollándose.

—Mi madre me decía que las mentiras tienen las patas muy cortas y usted, señorita Santos, me ha pateado en la cara. No había nada en la habitación treinta y cuatro.

Leticia permaneció de pie, sin responder de inmediato.

No era el miedo lo que la mantenía inmóvil, sino la sensación de que cualquier palabra pronunciada demasiado pronto jugaría a favor de él.

Había algo en la forma en que Orduña la observaba que no pertenecía a la urgencia de la situación, sino a la serenidad de quien ya había descontado todas las variables posibles y conocía el resultado antes de iniciar la conversación.

No la estudiaba para averiguar quién era, sino para confirmar que había llegado exactamente donde él esperaba.

Orduña hizo un gesto leve con la mano, casi elegante, más cercano al movimiento de quien ordena una idea que al de quien da una instrucción.

Sus hombres permanecieron inmóviles, sin necesidad de recibir órdenes explícitas, como si aquella quietud formara parte de un protocolo aprendido hacía mucho tiempo.

—No voy a hacerle perder el tiempo —continuó—. Usted tiene algo que nos pertenece, y queremos recuperarlo.

La frase quedó suspendida en el aire con una precisión incómoda. No sonó a amenaza ni a negociación, sino a la exposición serena de un intercambio cuya existencia Orduña daba por incuestionable. Leticia sintió un leve nudo en el estómago.

—No merecéis llevar esa placa. ¿Qué fue de aquello de proteger al ciudadano?

Orduña sonrió apenas.

—Protegiendo al ciudadano solo consigues comer pan con mantequilla. Yo, en cambio, ahora como langosta, señorita Santos. Y créame... sabe muchísimo mejor.

Leticia no mencionó palabra.

—Me cae bien, se parece a mí cuando era joven, lista, tenaz y luchaba por sus ideales, por eso le doy veinticuatro horas —continuó Orduña—. Ni más, ni menos. Entregue todo lo que ha recogido sobre este asunto y esto se termina aquí para usted.

Leticia sostuvo su mirada.

—¿Y si no lo hago?

Por primera vez, Orduña sonrió sin amabilidad.

—Entonces dejará de ser un problema administrativo.

La frase no tuvo volumen puesto que no lo necesitaba.

—También puedo ir a Asuntos Internos, y joderles su tren de vida.

Orduña se levantó pero no lo hizo como una amenaza, sino como una conclusión.

—Creo que aún no les han presentado. Luisito, ven.

El hombre cincuentón dio un paso al frente.

—Leticia Santos, le presento a Luis Sanz, inspector de Asuntos Internos.

—Encantado —dijo el hombre cincuentón con una leve inclinación de cabeza.

Leticia quedó pálida.

—Ahora entiende por qué vamos siempre un paso por delante, señorita Santos.  Le aconsejo que no confunda la libertad con la oportunidad —añadió—. A veces solo son formas distintas de estar bajo control.

Hizo una pausa breve, suficiente para que el peso de sus palabras se asentara.

—Tiene veinticuatro horas para que las pruebas que tiene contra nosotros, esté encima de mi mesa. No es una negociación, es un margen.

Sin añadir nada más, Orduña dio por terminada la conversación con la misma naturalidad con la que habría cerrado una reunión con narcotraficantes.

No esperó una respuesta, ni una promesa, ni una muestra de comprensión.

Había hablado convencido de que no necesitaba confirmar nada, porque la verdadera decisión ya no estaba entre aquellas paredes, sino en la mente de Leticia.

Los hombres se acercaron a ella sin brusquedad y la condujeron de nuevo hasta el coche negro.

Nadie la sujetó con fuerza esta vez. No hacía falta.

La certeza de que podía volver a desaparecer en cualquier momento resultaba mucho más eficaz que cualquier amenaza explícita.

La puerta se cerró a su espalda y el coche abandonó la finca con la misma calma con la que había llegado.

El trayecto de vuelta no fue más corto, pero sí más silencioso.

Leticia volvió a intentar orientarse, contar los minutos, recordar curvas y cruces, aunque sabía que el esfuerzo era inútil.

Las ventanas tintadas seguían convirtiendo el exterior en una sucesión de sombras y reflejos sin continuidad, como si el mundo hubiera aceptado provisionalmente el acuerdo que acababa de sellarse sin necesidad de comprenderlo.

Cuando el coche negro se detuvo en el mismo lugar donde la habían recogido, uno de los hombres abrió la puerta sin decir una sola palabra. Leticia descendió despacio, todavía tratando de asimilar que seguía viva. Permaneció inmóvil unos segundos mientras la puerta volvía a cerrarse detrás de ella.

Nadie se despidió.

Solo escuchó el motor cobrando vida otra vez y, un instante después, el sonido del coche alejándose sin prisa, con la serenidad de quien sabe que ya no necesita perseguir a nadie porque la siguiente decisión le corresponde a la otra parte.

Quedó sola en la calle, con el aire gélido de las diez de la noche pegándose a la ropa y una certeza cada vez más difícil de ignorar: Orduña no la había dejado marchar. Simplemente le había concedido tiempo.