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Solo cuando llegó a su casa entendió la verdadera forma de lo ocurrido, no como una revelación repentina sino como un encaje lento de piezas que habían estado dispersas demasiado tiempo.
Dejó el abrigo sobre una silla sin preocuparse por colocarlo y evitó encender todas las luces, permitiendo que parte del apartamento permaneciera en penumbra, como si necesitara que las sombras ocuparan el espacio que su cabeza era incapaz de llenar con pensamientos ordenados.
Caminó hasta el salón con una lentitud casi automática, más cercana a un reflejo aprendido que a una decisión consciente, y encendió el televisor por pura inercia, buscando que el murmullo constante del aparato rompiera el silencio que había empezado a resultar insoportable.
En la tarde, el canal de noticias apareció directamente con una emisión especial interrumpida por un rótulo de última hora anunciando una rueda de prensa oficial, y Leticia miró a la pantalla.
La imagen enfocaba al comisario Julián Orduña ocupando el centro.
Vestía el uniforme policial impecablemente planchado, había cambiado la boina por la gorra oficial, las condecoraciones brillaban bajo el destello de los flashes, y sonreía con esa serenidad paternal que inspiraba confianza a cualquiera que no hubiera visto el otro rostro del hombre que se escondía detrás de aquella imagen pública.
Horas antes lo había tenido delante, en la penumbra de un despacho donde hablaba de vidas y amenazas con la misma calma con la que ahora se dirigía a periodistas y cámaras, y precisamente esa capacidad para cambiar de escenario sin alterar el gesto fue lo que terminó de revolverle el estómago.
Mientras su voz grave y pausada llenaba el salón con absoluta naturalidad.
—…Gracias al esfuerzo coordinado de nuestras fuerzas de seguridad, hemos logrado desmantelar la estructura periférica y dar un duro golpe al crimen organizado en la costa —declaraba Orduña ante los periodistas, con la calma de quien sabe que jamás tendrá que responder ante nadie por sus palabras—.
El sistema funciona. No hay espacio para la impunidad en nuestras calles.
El presentador retomó la emisión elogiando la brillante gestión del comisario y destacando su papel decisivo en la lucha contra el crimen organizado, mientras en la pantalla se sucedían imágenes de operaciones policiales, condecoraciones y comparecencias oficiales cuidadosamente seleccionadas, todas ellas impecables, limpias de cualquier sombra o sospecha.
A ojos de cualquiera que estuviera viendo aquel informativo, El comisario Orduña no era un hombre al que temer, sino un servidor público ejemplar, la clase de policía en la que un país deposita su confianza sin hacerse preguntas.
Leticia sintió una mezcla de rabia e impotencia al comprender que aquella versión oficial era infinitamente más sólida que cualquier acusación que pudiera formular ella sin pruebas.
La normalidad seguía siendo el mejor disfraz y, precisamente por eso, también era la cobertura más difícil de derribar. Volvió a leer el mensaje de su móvil.
«Ahora ya formas parte de esto» .
Orduña creía haber ganado la última partida.
Estaba convencido de que las pruebas en la mansión, y la aparente rendición de Leticia, habían puesto el punto final a aquella historia.
Apagó el televisor de golpe, devolviendo el apartamento a una quietud espesa, y caminó hasta el dormitorio con una determinación serena.
Abrió el armario, apartó la caja de zapatos y retiró la tabla del fondo.
Al introducir la mano en el hueco oculto, extrajo el pequeño pendrive envuelto en plástico y lo sostuvo unos segundos bajo la tenue luz de la habitación.
No sintió alivio, ni orgullo, ni siquiera miedo.
Solo la certeza de que aquel diminuto objeto concentraba un poder que Orduña desconocía.
Él controlaba la policía, las instituciones y la verdad que aparecía cada noche en los informativos.
Pero ignoraba el comisario que una parte de la verdad seguía existiendo fuera de su alcance.
Leticia volvió a guardar el pendrive exactamente en el mismo lugar, recolocó la tabla y cerró el armario con llave.
Mientras giraba la cerradura comprendió que Orduña no necesitaba saber si aquella prueba seguían allí.
Le bastaba con no poder estar completamente seguro de que hubieran desaparecido.
Y esa duda, silenciosa e invisible, acababa de convertirse en la única ventaja que todavía le pertenecía.