No confíes en nadie (Leticia Santos 3) 29
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Leticia siguió revisando el cuaderno de Sergio durante más de una hora, avanzando página a página con una lentitud que no tenía que ver con la dificultad de leerlo, sino con la necesidad de comprender si aquello contenía algún orden oculto que todavía no había sido capaz de ver.

No buscaba información nueva tanto como una estructura, una lógica subyacente que explicara por qué todo aquello había sido registrado de esa manera y no de otra, como si la forma en que estaban escritos los datos pudiera decir tanto como los propios datos.

Las hojas estaban llenas de fechas sueltas, matrículas incompletas, nombres fragmentados y frases escritas con una rapidez evidente, como si hubieran sido anotadas en mitad de llamadas interrumpidas o vigilancias prolongadas en las que no existía margen para detenerse a pensar ni para corregir lo ya escrito.

En los márgenes aparecían flechas, subrayados irregulares y símbolos improvisados que parecían responder a una lógica interna que solo tenía sentido en el instante en que fueron trazados, pero que ahora, vistos en conjunto, no eran más que restos de un sistema que había empezado a deshacerse antes de llegar a completarse.

No había orden evidente, pero tampoco caos puro, sino algo intermedio, más inquietante, como si el cuaderno no hubiera sido escrito para ser entendido de inmediato, sino para ser reconstruido más tarde por alguien que no estaba previsto que lo leyera.

Varias páginas se hallaban manchadas de café, otras mostraban esquinas dobladas o marcas de haber sido arrancadas y vueltas a encajar dentro del cuaderno, como si el propio Sergio hubiera intentado reconstruir información dispersa sin conseguir del todo cerrarla.

No había una estructura clara, ni capítulos, ni jerarquía evidente entre los datos, pero sí una insistencia repetida en ciertos nombres, ciertos lugares y ciertas fechas que volvían una y otra vez con pequeñas variaciones, como si la realidad estuviera siendo observada desde distintos ángulos sin llegar nunca a una conclusión definitiva.

No parecía el cuaderno de alguien ordenado era más bien el cuaderno de alguien que había empezado a quedarse sin tiempo y que, aun así, había seguido escribiendo, como si dejar constancia fuera la única forma de evitar desaparecer dentro de lo que estaba investigando.

Llegó a una página arrancada, no limpia ni cuidadosamente retirada, sino arrancada con prisa, como si quien lo hizo no hubiera tenido el lujo del tiempo ni la posibilidad de pensar en las consecuencias de dejar ese hueco visible.

Todavía quedaban pequeños fragmentos de papel enganchados al borde metálico de la espiral, fibras rotas que sobresalían hacia fuera como heridas secas, testimonio físico de una decisión tomada en un estado de urgencia difícil de reconstruir.

Leticia pasó el dedo lentamente por el hueco vacío, sintiendo la irregularidad del corte, como si el vacío mismo tuviera textura.

En la página siguiente, escrita con bolígrafo negro y una presión demasiado fuerte sobre el papel, como si la mano hubiera apretado más de lo necesario para asegurarse de que no se borrara nada, solo había un nombre.

MARIO VEGA —OBSERVADO

Nada más. No había explicaciones, ni contexto, ni ninguna otra anotación que ayudara a encajar aquella línea dentro del resto del cuaderno.

El corte de la página no solo había eliminado información, sino la continuidad misma de lo que pudiera haberla explicado, como si alguien hubiera decidido que lo único que debía sobrevivir era la conclusión, no el camino que llevaba hasta ella.

El resto desaparecía justo donde la hoja había sido arrancada, dejando un vacío que no era solo físico, sino narrativo, como si la historia hubiera sido interrumpida en el punto exacto en el que empezaba a volverse demasiado clara.

Sintió un pinchazo seco recorrerle la espalda, no tanto como una reacción física inmediata sino como una certeza que iba encajando en capas sucesivas, demasiado despacio para poder detenerla.

El policía muerto había intentado escribir algo más sobre Mario Vega, algo que no había llegado a completarse ni a ordenarse, y esa interrupción no parecía casual, sino parte del mismo patrón que empezaba a repetirse en todo lo que tocaba aquella investigación.

Tal vez no le dio tiempo, o tal vez lo que descubrió fue suficiente para obligarle a esconderlo todo en aquella habitación treinta y cuatro, como si el lugar pudiera funcionar como un último contenedor de lo que no debía salir a la superficie.

Se levantó de la silla casi sin darse cuenta del momento exacto en que tomó la decisión y empezó a buscar información en el portátil con una urgencia silenciosa, sin movimientos bruscos, pero con una concentración que desplazaba cualquier otra cosa del entorno.

El nombre tardó poco en aparecer. Mario Vega, era un periodista freelance , especializado años atrás en corrupción policial y narcotráfico, con una trayectoria que en su momento había tenido cierta visibilidad antes de desvanecerse de forma progresiva, primero en forma de ausencia de publicaciones, luego con artículos eliminados de archivos digitales, después con referencias contradictorias sobre su vida personal, un supuesto problema de alcohol, varias denuncias archivadas sin mayor seguimiento y, finalmente, una desaparición mediática casi completa, como si nunca hubiera tenido un lugar estable en el sistema informativo.

No era un borrado inmediato ni evidente, sino algo más sutil, una forma de eliminación por desgaste, en la que la información dejaba de estar disponible sin necesidad de ser destruida de forma directa, simplemente dejando de ser mantenida.

Encontró una dirección antigua en un foro olvidado vinculado a periodistas independientes, un edificio en la periferia, cerca de una vieja zona industrial prácticamente abandonada, donde las referencias eran escasas y los comentarios todavía más antiguos que los propios hilos en los que aparecían.

Miró el reloj sin llegar a fijarse realmente en la hora, como si el gesto fuera más una forma de comprobar que el tiempo seguía existiendo que una necesidad práctica.

No sabía si llegaba tarde, ni siquiera si ese concepto seguía teniendo sentido en aquel punto de la investigación, pero estaba segura de algo mucho peor, algo que ya no funcionaba como una sospecha ni como una intuición aislada, sino como una consecuencia lógica de todo lo anterior, una pieza que encajaba con demasiada precisión en un conjunto que ya no permitía interpretaciones benignas.