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A las seis de la tarde, condujo atravesando calles cada vez más vacías, como si la ciudad hubiera empezado a perder densidad a medida que se alejaba del centro y se acercaba a una periferia que ya no se esforzaba en disimular su abandono, donde las naves industriales cerradas y los talleres sin actividad formaban un paisaje detenido en un punto anterior al presente, sostenido solo por la inercia de lo que un día funcionó.
Las farolas intermitentes y los edificios con ventanas oscuras no transmitían únicamente la ausencia de luz, sino una ausencia más amplia, casi estructural, como si la vida hubiera dejado de pasar por allí hacía tiempo sin necesidad de una explicación concreta.
Un coche negro apareció en el retrovisor en dos ocasiones durante el trayecto, o quizá fue el mismo en distintos puntos del recorrido, porque ya no estaba segura de nada con la precisión que antes le resultaba natural, y esa pérdida de certeza no era un detalle menor, sino un desplazamiento interno más profundo, porque la línea entre lo que estaba ocurriendo y lo que su mente empezaba a anticipar se volvía cada vez más delgada, hasta el punto de que ambas cosas comenzaban a superponerse sin dejar claro dónde terminaba una y empezaba la otra.
En ese territorio intermedio, la paranoia dejaba de comportarse como un error de percepción y empezaba a parecer una forma alternativa de lectura de la realidad, igual de válida en apariencia, pero mucho más difícil de desmontar una vez aceptada.
Volvió a mirar por el retrovisor, el coche ya no continuaba detrás de ella.
Cuando llegó al edificio, sí vio al coche negro, ese que tanto delirio la había causado.
Se hallaba estacionado frente a la entrada, inmóvil, con una presencia que no parecía fruto de la casualidad sino de una decisión previa, como si su ubicación formara parte de una secuencia que ya estaba en marcha antes de que ella llegara.
El corazón le dio un golpe único, seco, que no se repitió de inmediato, pero que dejó una tensión fija en el pecho, más persistente que el propio sobresalto, como si el cuerpo hubiera entendido antes que la mente lo que aquello implicaba.
Apagó el motor sin apartar la vista del coche, observando detalles que no quería interpretar del todo, como la ausencia de movimiento o la forma en que el entorno parecía aceptar su presencia sin sorpresa, sin resistencia, casi con normalidad.
No había nadie dentro sin embargo, el capó todavía estaba caliente, lo suficiente como para confirmar que no era una escena abandonada ni un rastro residual, sino algo reciente, aún en desarrollo, como si el momento exacto en que ella llegaba hubiera sido calculado con una precisión incómoda.
Subió las escaleras deprisa, intentando no hacer ruido, apoyando el peso del cuerpo con cuidado en cada peldaño como si el propio edificio pudiera delatarla, como si la madera, el aire o incluso la luz del pasillo fueran capaces de traducir su presencia en una advertencia audible para quien estuviera arriba.
Cada paso era medido, no por prudencia consciente, sino por una tensión que le obligaba a reducirse a lo mínimo posible, a ocupar menos espacio del necesario, a convertirse casi en una interrupción contenida dentro de un lugar que no parecía dispuesto a admitir intrusiones.
En el tercer piso encontró la puerta entreabierta, una apertura mínima que no parecía accidente, sino interrupción, como si alguien hubiera detenido el cierre en el último instante sin llegar a decidir si quería ocultar lo que había dentro o dejarlo expuesto.
Observó el interior con cuidado, sin entrar del todo, dejando que la vista se acostumbrara antes de aceptar lo que ya estaba ahí.
El despacho de Mario Vega se abría en una composición desordenada que contrastaba de forma casi violenta con el control que Leticia había visto en otros lugares del mismo mundo, como si aquel espacio hubiera dejado de obedecer a cualquier lógica que no fuera la del momento exacto en que había sido abandonado.
Una silla se encontraba volcada, no de forma violenta sino incompleta, como si el movimiento hubiera sido interrumpido antes de terminar de explicarse.
Sobre la mesa había papeles desplazados, un vaso caído y una luz encendida que no iluminaba tanto como delataba, proyectando sombras demasiado suaves para lo que sugerían.
Leticia tardó un segundo en comprender lo que estaba viendo, no porque no fuera evidente, sino porque su mente se resistía a completar la imagen con la consecuencia lógica que implicaba, como si ponerle nombre la hiciera más real de lo que estaba dispuesta a aceptar en ese instante.
Mario estaba allí, tendido sobre el escritorio en una posición antinatural, con la misma ausencia de vida que aquellos que figuraban en la lista.
No había dramatismo, ni teatralidad, ni nada que se pareciera a una construcción pensada para ser encontrada, solo la consecuencia de una decisión ya ejecutada y dejada atrás sin intención de ser explicada.
Y en esa ausencia de explicación, en ese vacío sin relato, estaba precisamente lo más inquietante, porque no había nada que interpretar más allá de lo que ya era imposible no ver.
Fue entonces cuando escuchó, un golpe seco seguido de movimiento, y después una voz masculina que rompía el silencio con una claridad inquietante.
—Registrad todo.
Leticia se quedó inmóvil. No fue una reacción consciente, sino una suspensión completa del cuerpo, como si el tiempo hubiera decidido dejar de avanzar un instante. Otra voz respondió desde dentro, más tranquila, más técnica, sin urgencia aparente.
—Aquí no hay nada.
No reconoció aquella voz, pero no le hizo falta ningún esfuerzo para identificar su origen, porque la forma en que sonaba —la calma, la ausencia de matices, la seguridad implícita— encajaba demasiado bien con todo lo que ya había asociado a los hombres de Orduña.
No era una cuestión de reconocimiento directo, sino de patrón, de esa repetición silenciosa que ya empezaba a formar parte de su manera de entender lo que estaba ocurriendo, como si ciertas voces no pertenecieran a personas concretas sino a un mismo sistema que se expresaba a través de distintos cuerpos.
Y en ese sistema, ella ya sabía qué papel le estaba siendo asignado.
El aire del pasillo pareció retirarse un poco, como si el propio espacio hubiera cambiado de presión en el instante en que ella lo comprendió, dejando una sensación de vacío leve pero constante, difícil de identificar con precisión pero imposible de ignorar.
Leticia dio un paso atrás, midiendo el sonido de la madera bajo sus pies con una atención casi obsesiva, intentando reducir su presencia a lo mínimo posible, como si la discreción pudiera todavía alterar el curso de algo que ya estaba en marcha o, al menos, retrasarlo lo suficiente como para encontrar una salida que no dependiera de la improvisación.
Pero ya era tarde.
La puerta terminó de abrirse del todo con una lentitud que no parecía accidental, y uno de los hombres apareció en el umbral, deteniéndose apenas un segundo antes de fijar la mirada directamente en ella, con una claridad que no dejaba margen para interpretaciones ni para fingir que aquello era un encuentro fortuito.