No confíes en nadie (Leticia Santos 3) 28
78%

28

—…Hablé con Valencia, todo está arreglado, el puerto está limpio el jueves…

Hubo un silencio breve, no un vacío, sino uno cargado de significados implícitos, como si entre una frase y la siguiente se estuviera cerrando algo que no necesitaba ser explicado en voz alta.

—…Los de arriba no quieren más errores…—comentó Orduña, con la misma calma con la que habría hablado de un asunto administrativo cualquiera, sin inflexión y sin rastro de duda.

Se oyó el leve chasquido de un mechero encendiendo un cigarrillo.

—…Mismo precio.

La respuesta llegó sin pausa, como si formara parte de un intercambio ya pactado de antemano, sin negociación real, solo confirmación.

—…Veinte plátanos machos —sentenció Orduña.

La frase no encajaba con nada visible en la escena, pero tampoco necesitaba encajar; en ese tipo de conversación, las palabras no describían, sustituían.

Después, una bolsa negra cambió de manos con un gesto breve, casi rutinario, lo bastante rápido como para no parecer importante si alguien no sabía exactamente qué estaba mirando.

La grabación terminó con un clic seco, dejando tras de sí un silencio que resultaba mucho más elocuente que cualquiera de las palabras pronunciadas.

Aquellas pocas frases no explicaban toda la historia, pero sí bastaban para confirmar algo mucho más inquietante: no estaba escuchando conversaciones aisladas, sino el funcionamiento cotidiano de una organización que hablaba de puertos, pagos y asesinatos con la misma naturalidad con la que otros hablan del partido de fútbol de anoche.

Leticia tragó saliva antes de abrir la carpeta de audios, como si el gesto fuera suficiente para cambiar el contenido de lo que iba a escuchar o, al menos, para retrasar unos segundos el impacto de lo que ya intuía.

El primer archivo tardó apenas un instante en reproducirse y lo que apareció fue el ambiente difuso de un restaurante, el choque suave de copas, el roce de cubiertos sobre la porcelana y una música de fondo cuidadosamente seleccionada, demasiado elegante para la densidad real de la conversación que se desarrollaba por encima de todo eso.

No necesitó más de unos segundos para reconocer la voz de Orduña.

Era la misma entonación controlada de siempre, pero despojada de cualquier contexto institucional, más cercana y más baja, como si la distancia formal no fuera necesaria en ese espacio concreto.

Había otras voces alrededor, masculinas, relajadas, con el tono propio de quienes se sienten en terreno seguro, y entre ellas se filtraban frases que no encajaban del todo con el escenario, referencias veladas, nombres que no se pronunciaban completos y acuerdos que se insinuaban más de lo que se declaraban.

Leticia se quedó inmóvil, escuchando sin intervenir, como si su cuerpo hubiera decidido que cualquier movimiento pudiera alterar el sentido de lo que estaba recibiendo.

La conversación no contenía confesiones directas ni declaraciones explícitas, pero sí algo más difícil de ignorar, una naturalidad compartida que no necesitaba explicaciones, como si todos los presentes entendieran perfectamente el marco en el que estaban hablando sin necesidad de nombrarlo.

Y eso, precisamente eso, era lo que hacía que el audio resultara más inquietante que cualquier prueba evidente, porque no había tensión ni disimulo, solo continuidad.

Leticia mantuvo la mirada fija en la pantalla del portátil mientras la grabación seguía reproduciéndose, consciente de que cada segundo añadía una capa más a algo que ya no podía reducirse a sospecha, aunque todavía no tuviera una forma completamente definida.

—…¿Qué hacemos con Velasco?

Orduña soltó una risa baja.

—…Dejarle ir. No creo que hable, sabe lo que le conviene.

Se oyó el roce de varios papeles cambiando de manos.

Después, el leve tintineo de un vaso de cristal al apoyarse sobre la mesa.

Durante unos segundos nadie habló. Solo quedaron aquellos pequeños sonidos cotidianos que, lejos de restar importancia a la conversación, la hacían todavía más inquietante.

Entonces volvió la voz de Orduña, tranquila, casi aburrida, con el tono de quien lleva demasiado tiempo tomando decisiones de las que jamás tendrá que responder.

—…¿Y si habla?

Hubo un breve silencio.

—…Entonces acabará como Varela.

El audio terminaba ahí.

Apartó las manos del teclado, como si cualquier gesto brusco pudiera alterar el sentido de lo que acababa de descubrir o romper el frágil equilibrio de lo que todavía estaba intentando comprender.

Pero lo hizo, entendió algo que le heló la sangre con una intensidad distinta a la de cualquier amenaza directa, algo más difícil de encajar porque no venía acompañado de violencia explícita ni de advertencias, sino de una normalidad sostenida durante demasiado tiempo.

Nadie en aquellas grabaciones parecía esconderse realmente, nadie actuaba con la urgencia o el nerviosismo que ella habría esperado en algo clandestino; ni siquiera tenían miedo, y esa ausencia de tensión era, en sí misma, la prueba más inquietante de todas, porque cuando un sistema lleva demasiado tiempo funcionando, deja de comportarse como una conspiración y empieza a moverse como rutina, con la misma naturalidad con la que se repiten los gestos cotidianos que nadie cuestiona.

Abrió otro vídeo.

Esta vez tardó unos segundos en identificar lo que estaba viendo, no por falta de claridad en la imagen, sino por la dificultad de aceptar el punto de vista desde el que había sido grabada.

La escena estaba captada desde una ventana alta, ligeramente inclinada hacia el aparcamiento del hostal, con un encuadre inestable que delataba una posición oculta o improvisada.

Reconoció el neón rojo reflejado sobre los coches, la entrada lateral junto a recepción, la disposición exacta del espacio que ya conocía demasiado bien.

La cámara hizo un zoom lento, deliberado, hasta detenerse en Orduña saliendo de un coche oscuro.

Entonces el comisario levantó la vista en dirección hacia la ventana desde la que se estaba grabando y durante un instante insoportable, Leticia tuvo la sensación de que no estaba mirando la cámara, ni el edificio, ni siquiera el lugar concreto donde debía encontrarse el objetivo técnico de aquella grabación.

La sensación fue mucho más precisa y más perturbadora: estaba mirando exactamente a la persona que había detrás de ella.

Estaba mirando a Sergio Velasco. Y sabía que lo estaban filmando.