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Cerró la puerta de la habitación con cuidado, sin prisa, pero con una precisión casi automática, como si el simple hecho de girar la llave pudiera establecer una frontera entre el mundo exterior y el reducido espacio en el que aún conservaba cierto control.
La tenue luz del hostal apenas alcanzaba aquel rincón, donde el aire parecía más pesado y el silencio adquiría una presencia incómoda.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, escuchando.
Solo llegaba el golpeteo constante de la lluvia contra la ventana y el murmullo lejano de una tubería.
Metió la mano bajo la madera suelta del somier y notó la caja en el mismo lugar en el que la había dejado la noche anterior, intacta.
La sacó despacio, conteniendo la respiración por pura inercia, no porque hubiera ruido, sino porque el silencio parecía exigirlo, y durante unos segundos se quedó mirándola sin abrirla, sosteniéndola como si su peso no fuera físico sino consecuencia de todo lo que representaba.
Salió de la habitación sin mirar atrás, cerrando la puerta con la misma discreción con la que había entrado.
No se detuvo en el pasillo ni reparó en los pequeños detalles que, en otras circunstancias, habría registrado de forma casi automática.
Tampoco buscó al recepcionista ni comprobó si alguien la observaba desde las ventanas o desde el aparcamiento.
La caja metálica pesaba bajo el brazo, sin embargo, la sensación de llevarla consigo resultaba mucho más pesada que su verdadero peso.
Solo tenía una idea en la cabeza: poner la mayor distancia posible entre ella y aquel lugar antes de que alguien descubriera que el escondite había sido vaciado.
Condujo de regreso sin apartar apenas la vista de los espejos retrovisores, esperando ver aparecer de nuevo el coche oscuro en cualquier momento.
No ocurrió. Aun así, no bajó la guardia.
No abrió la caja hasta llegar a casa, después de comprobar dos veces que nadie la había seguido y de asegurarse de que la puerta del apartamento quedaba cerrada tras ella.
***
Llegó a su apartamento una hora después.
Cerró la puerta con doble vuelta de llave antes de bajar las persianas , como si necesitara aislar el mundo exterior por completo para poder pensar con claridad, o al menos con algo que se le pareciera.
Dejó la caja sobre la mesa del salón y se quedó un instante quieta, sin moverse, escuchando el silencio del interior como si también allí pudiera haber algo que no debía interrumpirse. Solo entonces lo abrió.
Empezó a colocar las pruebas sobre la mesa sin buscar una lógica inmediata, dejando que las piezas ocuparan espacio antes de intentar interpretarlas, y fue en ese desorden inicial donde apareció el patrón.
ARCOIRIS. El nombre se repetía una y otra vez en anotaciones rápidas, casi nerviosas, acompañando matrículas, fechas sueltas y números de habitación que no parecían significar nada por separado pero que, juntos, empezaban a adquirir una insistencia incómoda.
El HOSTAL ARCOIRIS nunca había sido un refugio.
Había sido parte del mapa desde el principio.
La habitación treinta y cuatro aparecía rodeada en varias ocasiones con bolígrafo rojo, como si hubiera sido señalada no una vez, sino muchas, desde distintos momentos y con distintos niveles de urgencia.
Había pagos periódicos asociados al hostal, reservas realizadas con identidades falsas, listas incompletas de personas que entraban y salían del lugar sin dejar un rastro administrativo consistente, como si el sistema hubiera sido diseñado para registrar lo mínimo necesario y olvidar el resto.
En varias fotografías aparecían policías en conversaciones informales con hombres que Leticia reconoció de inmediato por antiguos reportajes sobre redes de narcotráfico en la costa, escenas que, vistas de forma aislada, no decían nada concreto, pero que dentro de ese conjunto empezaban a adquirir un peso distinto.
Ninguna imagen parecía incriminatoria por sí sola. Ese era precisamente el problema. Todo conservaba una apariencia de normalidad hasta el momento en que las piezas empezaban a tocarse entre sí, y entonces la normalidad dejaba de ser una explicación y se convertía en una cobertura.
Sergio no había escogido aquel hostal para esconderse. Lo había escogido porque llevaba tiempo observando algo que ocurría allí dentro, algo que no estaba oculto del todo pero que tampoco estaba a la vista de forma evidente, algo que funcionaba precisamente en ese espacio intermedio.
Conectó el pendrive al portátil con una sensación extraña en las manos, como si no estuviera a punto de abrir simples archivos sino de activar algo que, una vez visto, ya no podía deshacerse.
La pantalla tardó unos segundos en reaccionar antes de desplegar varias carpetas numeradas, sin títulos ni fechas visibles, solo secuencias de cifras desordenadas y nombres abreviados que no ofrecían ninguna pista evidente pero que transmitían, aun así, una estructura pensada con intención.
Sergio no había organizado aquello como un archivo personal, sino como alguien que sabía que tarde o temprano otra persona tendría que entenderlo deprisa, sin margen para dudas ni interpretaciones largas.
Abrió la primera carpeta. Eran vídeos, grabaciones cortas e inestables, algunas desenfocadas, claramente tomadas desde la distancia o desde posiciones ocultas, con movimientos leves que delataban la urgencia o la clandestinidad del momento en que habían sido hechas.
La primera mostraba la terraza de un restaurante elegante junto al puerto, donde el mar se percibía más por el sonido que por la imagen, mezclándose con conversaciones lejanas y el tintineo de cubiertos sobre la vajilla hasta que la cámara terminaba enfocando una mesa apartada. Entonces vio a Orduña.
Sin uniforme ni escoltas visibles, portando únicamente su característica boina negra, Orduña mostraba una tranquilidad que resultaba mucho más inquietante que cualquier gesto de violencia.
No había tensión en su rostro ni la menor precaución en sus movimientos.
Se comportaba como un hombre acostumbrado a no tener que mirar por encima del hombro.
Frente a él había dos hombres que Leticia reconoció de inmediato por antiguas investigaciones sobre narcotráfico en la costa, rostros que durante años habían aparecido vinculados a informes policiales sin que jamás hubieran terminado sentándose ante un juez.
Verlos allí, compartiendo mesa con el comisario, bastaba para derrumbar años enteros de certezas.
La cámara, oculta a pocos metros de la reunión, registraba la escena con una estabilidad casi inquietante.
Uno de los hombres deslizó sin titubear, una mochila compacta sobre la mesa.
No hubo palabras solemnes ni comprobaciones exageradas.
Orduña abrió la cremallera con absoluta naturalidad, observó el contenido durante apenas unos segundos y asintió con un gesto casi imperceptible.
Después acercó hacia ellos un maletín de cuero que permanecía apoyado junto a su silla.
Al levantar la tapa aparecieron varios fajos de billetes perfectamente ordenados, sujetos con cintas bancarias, y colocados con una precisión casi obsesiva.
Ninguno de los presentes pareció impresionado.
Aquello no era una negociación excepcional ni una operación arriesgada. Era una rutina.
Mientras el intercambio terminaba de completarse, los tres continuaron conversando con una familiaridad que resultaba todavía más perturbadora.
Sonreían, hacían comentarios intrascendentes y reían por momentos, como si compartieran una comida entre viejos conocidos en lugar de participar en un delito que destruía cualquier frontera entre quienes perseguían el crimen y quienes vivían de él.
No había miedo, ni desconfianza, ni la menor sensación de estar haciendo algo que debiera permanecer oculto.
Solo la comodidad de quienes llevaban demasiado tiempo trabajando juntos.
La grabación concluía con un gesto sencillo y devastador.
Orduña cerraba el maletín, recogía la mochila y estrechaba la mano de uno de los hombres con una confianza absoluta, sellando el acuerdo con la misma naturalidad con la que cualquier empresario pondría fin a una reunión de trabajo.
La imagen se congeló un instante antes de apagarse, pero para Leticia ya era suficiente.
Aquello no solo demostraba que el comisario era corrupto.
La obligaba a reescribir todo cuanto creía saber sobre la organización que llevaba días intentando comprender, porque el hombre encargado de combatir el crimen formaba parte de él desde mucho antes de que nadie hubiera empezado a sospecharlo.
Abrió otro archivo. Esta vez era un aparcamiento subterráneo, mal iluminado, grabado desde el interior de un vehículo estacionado, con el encuadre ligeramente inclinado como si la cámara hubiera sido colocada con prisa.
Orduña aparecía de nuevo, hablando con un hombre calvo junto al maletero abierto de un Audi negro.
El sonido estaba deformado por el ruido ambiente, por ecos metálicos y reverberaciones del espacio cerrado, y apenas permitía captar frases sueltas, fragmentos incompletos que llegaban tarde y sin contexto, pero que aun así resultaban suficientes para dejar claro que aquella conversación no era casual ni aislada.