26
Se despertó antes de que el cuerpo terminara de aceptar el descanso, en ese punto intermedio en el que el sueño todavía no ha sido del todo abandonado pero la vigilia ya ha impuesto su peso, dejando una sensación de suspensión incómoda entre ambos estados.
No era una resaca en el sentido estricto, ni tampoco un cansancio reconocible, sino una especie de desajuste interno difícil de precisar, como si la noche anterior no hubiera pasado realmente por ella, sino alrededor de ella, rozándola sin integrarse del todo en la memoria.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo con una atención vacía, intentando reconstruir el orden de las cosas sin saber exactamente en qué momento lo había perdido, ni si había existido alguna vez un orden claro al que volver.
Se incorporó despacio, sintiendo cómo el cuerpo tardaba unos segundos en seguir la orden que el cerebro había dado, todavía se encontraba atrapado en la inercia de la noche anterior.
No había claridad, no había respuestas ni una línea definida que le indicara hacia dónde ir, pero sí había dirección, una especie de inclinación interna que la empujaba sin necesidad de justificarla.
Y eso era peor, porque moverse sin entender por qué significaba aceptar que algo externo ya había empezado a decidir por ella antes incluso de que pudiera oponerse.
Entró en la ducha sin dudar, como si el gesto en sí mismo pudiera sustituir a cualquier tipo de reflexión pendiente.
El agua fría no resolvió nada ni tuvo la capacidad de reorganizar lo que llevaba dentro, pero le devolvió una sensación mínima de estructura, una especie de contorno físico dentro del cual el cuerpo dejaba de ser únicamente un conjunto de pensamientos desordenados.
Permaneció bajo el chorro el tiempo justo para dejar de sentirse suspendida entre la noche anterior y la mañana presente, sin buscar alivio ni consuelo, solo continuidad.
Cuando salió, no se sentía más fuerte ni más capaz de afrontar lo que venía después, solo más alineada con ello, como si algo interno hubiera dejado de debatirse para aceptar una dirección que ya estaba tomada.
Se vistió sin prisa, sin pensar demasiado en la ropa ni en los gestos, y evitó mirarse demasiado en el espejo, no por rechazo, sino por falta de interés en encontrar una versión distinta de la que ya sabía que iba a ver.
No pensó en el hostal como una posibilidad entre otras, ni como una decisión abierta, sino como una consecuencia inevitable de todo lo anterior, algo que no se elegía en ese punto, sino que simplemente seguía su curso natural dentro de una cadena que ya había empezado mucho antes de que ella pudiera nombrarla.
Sin pensarlo, y dejando el miedo a un lado no porque hubiera desaparecido sino porque había dejado de ocupar el centro, se dispuso a ir al hostal como si el simple hecho de moverse pudiera evitarle tener que detenerse a reconsiderar nada.
Mientras conducía, el trayecto ya no era nuevo ni incierto, sino algo que su memoria empezaba a reconocer con una precisión incómoda, como si cada calle ya hubiera sido recorrida antes bajo otra lógica, con otra intención que ahora regresaba deformada.
Cada cruce parecía una repetición ligeramente distinta de sí mismo, una variación mínima dentro de un patrón que no terminaba de cerrarse, pero que tampoco dejaba de insinuarse.
La ciudad seguía funcionando con la normalidad habitual, coches que se incorporaban al tráfico, peatones cruzando sin levantar la vista apegados a sus teléfonos móviles, semáforos alternando colores con una indiferencia mecánica, pero Leticia ya no la percibía como un escenario en el que algo podía ocurrir o no ocurrir, sino como una superficie continua, plana, casi abstracta, sobre la que su propio movimiento parecía haber dejado de pertenecerle del todo.
Cada elemento del entorno seguía su curso con absoluta coherencia interna, mientras ella avanzaba dentro de una sensación creciente de separación, como si estuviera atravesando un lugar que continuaba intacto independientemente de su presencia en él.
A las once de una mañana abstracta, se dirigió otra vez al hostal.
Cuando llegó, entró despacio en el aparcamiento, reduciendo la velocidad casi por instinto mientras observaba en derredor con una atención que ya no era exactamente miedo, sino una forma más precisa de lectura del entorno.
Buscaba señales que no siempre tenían forma clara, movimientos fuera de lugar, coches que no encajaran del todo, presencias que parecieran estar allí con un propósito distinto al simple estacionamiento, aunque en apariencia todo permanecía en una normalidad difícil de distinguir de la indiferencia.
No parecía haber nadie, o al menos nadie que se dejara ver, y esa ausencia no le resultó tranquilizadora, porque también podía significar que ya hubieran estado o que estuvieran a punto de llegar, como si el tiempo no fuera un margen a su favor sino un mecanismo que se cerraba lentamente sobre ella.
Se quedó un instante dentro del coche, sin moverse, no por indecisión ni por parálisis, sino por cálculo, dejando que la mirada recorriera el espacio como si pudiera anticipar la secuencia de lo que iba a ocurrir después. Finalmente bajó.
El vestíbulo seguía siendo el mismo, con la misma iluminación tenue y el mismo aire detenido, parecía que el tiempo se hubiera olvidado de pasar por aquel lugar.
El recepcionista apenas levantó la vista, sin mostrar interés ni sorpresa, como si su presencia fuera un elemento más del mobiliario.
El pasillo, sin embargo, le pareció distinto, no porque hubiera cambiado en realidad, sino porque ahora cada metro parecía cargarse de contexto, cada puerta adquiría una posibilidad distinta dentro de una misma estructura repetida, como si todas condujeran a variaciones de una misma idea.
Llegó a la habitación doce y sacó la llave, pero no entró de inmediato.
Se detuvo frente a la puerta y observó la cerradura, el marco y la forma en que la luz del pasillo caía sobre el pomo con una precisión casi clínica.
Había algo en esa habitación que ya no dependía de lo que contenía en su interior, sino de lo que había dejado atrás la última vez que estuvo allí, una huella invisible que no necesitaba ser vista para seguir condicionando todo lo que venía después.