25
La condujeron hasta un despacho amplio situado al fondo de la casa, atravesando pasillos donde la luz era siempre cálida pero nunca del todo acogedora, como si cada bombilla estuviera calibrada para mantener una distancia emocional con quien la miraba.
El espacio estaba dominado por una chimenea encendida que proyectaba sombras suaves y continuas sobre las paredes, llenas de estanterías repletas de libros perfectamente alineados y fotografías enmarcadas que no parecían colocadas al azar, sino como una biografía cuidadosamente construida para ser leída desde fuera.
Algunas imágenes mostraban políticos en actos públicos, otras empresarios en reuniones discretas, y en más de una se reconocía al propio comisario Orduña estrechando la mano de figuras que, en otro contexto, habrían ocupado titulares durante semanas, siempre con una distancia medida, siempre con la postura exacta de quien sabe que está siendo fotografiado.
Detrás del escritorio, sentado con absoluta calma, como si hubiera estado esperándola desde mucho antes de que ella misma supiera que iba a llegar, estaba el comisario Orduña.
Era un hombre de unos setenta años, de complexión robusta y espalda ancha.
Mantenía el cabello completamente blanco, corto y peinado hacia atrás, aunque casi siempre quedaba oculto bajo una boina negra que parecía formar parte de él, como si nunca saliera de casa sin ella.
Su cara manifestaba un bigote y una perilla, espesos y canosos que enmarcaban un rostro de facciones duras, con cejas pobladas y una mirada penetrante que parecía evaluar a cualquiera que tuviera delante.
Vestía con sobriedad —traje oscuro o chaqueta clásica— y caminaba con una tranquilidad que transmitía la sensación de haber visto demasiado como para dejarse impresionar.
Parecía cansado. Pero no derrotado. Más bien alguien acostumbrado a sobrevivir.
Sostenía un vaso bajo de whisky entre los dedos mientras servía otro con la misma tranquilidad con la que podría estar ordenando un informe rutinario, sin prisas, sin tensión, y sin el menor rastro de sorpresa ante su presencia.
No se levantó cuando Leticia entró, ni hizo el gesto instintivo de cortesía que habría cabido esperar en cualquier otro encuentro.
Tampoco la miró con curiosidad ni con cautela.
Simplemente la observó con una serenidad absoluta, como si su llegada no fuera un evento, sino la continuación natural de algo que ya estaba en marcha desde hacía tiempo.
—Señorita Santos, bienvenida a mi casa. Lamento las circunstancias de la invitación, aunque sospecho que no me habría concedido una cita por otros medios.
La voz era grave, tranquila, casi amable.
—Después de todo lo que ha hecho para verme, esperaba encontrarme a alguien más… impresionante —añadió Leticia sin titubear.
—Los tiene bien puestos, señorita Santos. Me gusta —Esbozó una sonrisa—. Siéntese, por favor.
Leticia permaneció quieta unos segundos antes de hacerlo. Los dos hombres abandonaron el despacho cerrando la puerta tras ellos. Orduña deslizó uno de los vasos lentamente sobre la mesa. El silencio se volvió todavía más incómodo.
El comisario la observó durante unos segundos sin decir nada.
—He leído varios de sus artículos —dijo finalmente mientras levantaba el vaso de whisky—. Tiene talento. Hoy en día ya casi nadie sabe hacer preguntas incómodas.
Leticia no tocó la bebida.
—¿Por qué estoy aquí?
Orduña sonrió apenas.
—Porque lleva días haciendo exactamente las preguntas equivocadas a las personas equivocadas.
La chimenea crepitó suavemente detrás de él.
—Sergio Velasco también hacía preguntas —continuó el comisario—. Era un buen policía y buena persona, inteligente y obsesivo, aunque demasiado obsesivo diría yo.
Leticia sintió cómo el cuerpo se le tensaba.
—¿Por eso lo mató?
El comisario clavó su mirada en ella.
—Yo no he matado a nadie en mi vida señorita Santos, para eso ya están mis muchachos.
Orduña soltó una pequeña risa cansada antes de continuar.
—Ese es el problema con la gente joven. Necesitan que todo sea simple. Buenos y malos. Policías corruptos, conspiraciones gigantescas… La realidad nunca funciona así.
Bebió un pequeño sorbo antes de continuar.
—Velasco no solo miró donde no debía… también se llevó cosas que no le pertenecían.
—¿Y qué tengo yo que ver? —cuestionó Leticia.
El comisario la observó en silencio unos segundos.
—Dígamelo usted.
Aquella frase le produjo más miedo que cualquier amenaza directa. Orduña dejó el vaso sobre la mesa y entrelazó las manos.
—Mire a su alrededor, señorita Santos. ¿De verdad piensa que el mundo funciona gracias a la honestidad? Hay acuerdos, favores e intereses. Aquí no hay buenos ni malos, solo gente poderosa protegiendo cosas importantes. Siempre ha sido así.
—Eso no justifica los asesinatos.
—No, pero a veces los vuelve inevitables.
La tranquilidad con la que pronunció aquello hizo que Leticia sintiera un frío recorriéndole lentamente la espalda.
Orduña volvió a mirarla con una calma casi paternal.
—Usted es inteligente, por eso sigue viva. La mayoría de personas habrían intentado jugar a los héroes hace tiempo.
La habitación quedó en silencio. Entonces el comisario sonrió apenas.
—Lo único que quiero saber es una cosa. ¿A qué fue al HOSTAL ARCOIRIS?
El corazón de Leticia golpeó con fuerza dentro del pecho, pero no apartó la mirada.
—Había quedado, era un asunto personal.
Orduña la volvió a observar durante varios segundos. Después terminó el whisky de un solo trago y se levantó despacio del sillón.
—Señorita Santos, ¿cree que tengo esta mansión por ser el más tonto de la clase? Velasco le dijo que fuera allí, dígame la habitación, y dejémonos de tonterías.
Leticia no contestó. Orduña se acercó a una de las ventanas del despacho y contempló la oscuridad exterior con las manos metidas en los bolsillos.
—Todavía tiene una oportunidad de alejarse de todo esto.
Leticia entendió algo aterrador en ese instante. Aquello no era una advertencia. Era una despedida.
—¿Y si no lo hago?
Orduña dejó el vaso sobre la mesa.
—Entonces seguirá el mismo camino que Sergio.
La respuesta llegó tan tranquila que resultó más inquietante que cualquier amenaza.
—¿Va a matarme?
El comisario sonrió.
—Si quisiera matarla, señorita Santos, no estaríamos teniendo esta conversación.
El silencio volvió a instalarse en el despacho.
—Lo que intento explicarle es que todavía está a tiempo de conservar algo.
—¿Conservar qué?
—Su vida, su trabajo, sus seres queridos… Y los pocos años tranquilos que le quedan.
Leticia sostuvo su mirada.
—¿Eso es una amenaza?
—No, es experiencia. He visto a personas mucho más inteligentes que usted intentar cambiar las cosas. Jueces, fiscales, policías, políticos…. Todos creían tener algo que los demás no tenían.
—¿Y qué pasó?
—Que acabaron solos.
La palabra cayó entre ellos con una frialdad insoportable. Orduña volvió a mirarla.
—Algunos perdieron el trabajo, otros el matrimonio y otros la salud. Algunos simplemente desaparecieron. La mayoría terminó deseando haber aceptado la primera oportunidad para marcharse. La misma que le estoy dando a usted.
Leticia sintió que algo se hundía dentro de ella, una sensación fría y pesada que se abría paso por debajo de la rabia y del miedo.
Por primera vez desde que todo había empezado no estaba escuchando a un hombre intentando intimidarla.
No había gritos, ni amenazas directas, ni gestos de violencia.
Solo una calma insoportable, la calma de alguien que ya había visto aquella historia demasiadas veces.
Comprendió lo verdaderamente aterrador, Orduña no estaba describiendo lo que podía ocurrirle, estaba describiendo lo que, en su opinión, acabaría ocurriendo inevitablemente.
—Lo repetiré una última vez, ¿encontró algo en la habitación del hostal? Si tiene información comprometida, ahora es el momento de decirlo.
—No encontré nada.
—Dígame la habitación.
Ahora fue Leticia quién clavo la mirada en el comisario.
—La 34.
—Ha hecho lo correcto. Mis chicos irán a esa habitación, rece porque no me haya mentido. Ahora puede irse.
—¿Y si decido seguir?
La sonrisa de Orduña desapareció.
—Entonces es usted demasiado estúpida, y la próxima vez que nos veamos, no será porque yo la haya invitado.
Aquellas fueron las últimas palabras que escuchó antes de abandonar la mansión.
A las diez y media de la noche y tras dejar atrás el portón de Orduña, Leticia se ocultó en la periferia de la ciudad, buscando refugio en bares para procesar el frío de la amenaza antes de arriesgarse a volver.
Solo cuando el cansancio la venció, se marchó a su apartamento.