No confíes en nadie (Leticia Santos 3) 24
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El coche avanzó durante casi cuarenta minutos sin que nadie hablara, atravesando la ciudad como si no pertenecieran del todo a ella.

Leticia permanecía sentada en el asiento trasero, con la espalda rígida y las manos apoyadas sobre las piernas, observando cómo las luces de Madrid iban quedando atrás lentamente a través de las ventanas tintadas.

Primero desaparecieron los barrios iluminados y el tráfico nocturno, sustituidos por calles más amplias y menos transitadas, donde los semáforos cambiaban de color para nadie.

Después llegaron las carreteras secundarias, cada vez más oscuras y silenciosas, urbanizaciones dispersas que parecían dormidas incluso antes de la medianoche, y largas avenidas bordeadas de árboles que se inclinaban bajo el viento como si contemplaran en silencio el paso del vehículo.

Poco a poco dejaron atrás también las últimas viviendas.

La carretera se estrechó y el paisaje se volvió casi completamente negro, interrumpido únicamente por los destellos de los faros sobre el asfalto mojado y las sombras de la vegetación que aparecían y desaparecían a ambos lados del camino.

Leticia intentó memorizar cada giro, cada salida y cada referencia, pero pronto comprendió que había perdido cualquier posibilidad de orientarse.

Ya no sabía hacia dónde la llevaban. Solo tenía la certeza de que, con cada kilómetro recorrido, se alejaba un poco más del lugar donde alguien podría encontrarla.

El interior del coche permanecía en silencio absoluto, roto únicamente por el sonido constante del motor y el rodar de los neumáticos sobre el asfalto húmedo.

Ninguno de los dos hombres había pronunciado una sola palabra desde que habían salido del hostal.

Ni instrucciones, ni preguntas, ni advertencias.

Esa ausencia de comunicación, lejos de tranquilizarla, hacía que todo resultara más tenso, como si el destino del trayecto ya estuviera decidido desde el principio y no necesitara ser explicado.

Leticia miraba el paisaje pasar sin realmente fijarse en él, intentando reconstruir mentalmente cada decisión que la había llevado hasta allí, cada nombre, cada pista, cada silencio.

Pero todo se mezclaba con una sensación cada vez más clara de aislamiento, como si la carretera no la estuviera alejando de la ciudad, sino acercándola a un punto del que ya no iba a poder regresar.

Nadie parecía tener prisa. Y eso era precisamente lo que más la inquietaba.

El hombre mayor conducía con una tranquilidad absoluta, como si aquello no fuera una amenaza ni un secuestro improvisado, sino una reunión de amigos pendiente desde hacía tiempo, algo que simplemente había llegado en su momento exacto después de haber sido aplazado demasiadas veces.

Mantenía las manos firmes sobre el volante y la mirada fija en la carretera, sin rastros de tensión ni de duda, como si cada kilómetro recorrido formara parte de un trayecto que ya conocía de memoria.

A su lado, el joven permanecía inmóvil, con la misma expresión vacía de siempre, observando el frente sin pronunciar una sola palabra, sin mirar a Leticia ni al retrovisor, como si su presencia en el coche fuera secundaria, casi irrelevante.

Leticia continuó intentado memorizar el camino al principio con una concentración casi desesperada, aferrándose a cualquier referencia que pudiera servirle más adelante.

Tres rotondas que giraron en silencio bajo la luz naranja de las farolas, un túnel corto donde el eco del motor pareció encerrarse unos segundos dentro del vehículo y una gasolinera cerrada con los surtidores apagados y la tienda a oscuras, como si hubiera sido abandonada hacía días.

Sin embargo, los puntos de referencia empezaron a mezclarse entre sí, las carreteras dejaron de tener nombres visibles y las curvas se volvieron demasiado similares unas a otras como para mantener una orientación clara, hasta que finalmente dejó de contar, consciente de que recordar el recorrido ya no iba a cambiar nada de lo que estaba ocurriendo.

El coche terminó reduciendo la velocidad frente a un enorme portón negro de hierro forjado que se alzaba como una barrera definitiva en mitad de la carretera privada.

Durante unos segundos no ocurrió nada, solo el zumbido del motor al ralentí y el sonido leve de la lluvia acumulándose sobre la carrocería, hasta que una cámara situada en lo alto del muro comenzó a moverse lentamente, enfocándolos con una precisión casi humana.

El conductor bajó apenas la ventanilla y mostró algo que Leticia no alcanzó a distinguir con claridad, un gesto breve, controlado, suficiente para que el sistema reaccionara de inmediato.

El portón empezó a abrirse sin resistencia, deslizando sus hojas de hierro con una lentitud pesada que parecía más un acto de permiso que una simple entrada.

Avanzó por el camino interior y la mansión apareció al fondo como una sombra sólida recortada contra la oscuridad, iluminada apenas por luces cálidas que escapaban a través de ventanales enormes.

El contraste con el exterior era casi violento, jardines perfectamente cuidados, árboles alineados con una precisión artificial y varias cámaras de seguridad ocultas entre la vegetación, pequeñas luces rojas que parpadeaban de forma intermitente como ojos vigilantes.

No había rastro de vida visible, ni movimiento en las ventanas, ni sonidos procedentes del interior, solo una sensación de aislamiento absoluto, como si aquel lugar no formara parte del mundo exterior sino de una versión cuidadosamente separada de él.

Redujo la velocidad hasta detenerse frente a la entrada principal.

El motor siguió encendido durante unos segundos antes de apagarse, dejando tras de sí un silencio tan profundo que incluso la lluvia parecía amortiguada por la extensión de la finca.

Leticia permaneció inmóvil en el asiento trasero, observando la fachada iluminada, consciente de que ya no había más carreteras que memorizar ni más desvíos posibles. Solo aquel lugar.

—Baja —dijo el hombre mayor.

Salió del coche intentando mantener bajo control el miedo que empezaba a cerrarle el pecho, como si cualquier movimiento brusco pudiera delatarla más de lo que ya lo hacía el simple hecho de estar allí.

El suelo de piedra conservaba todavía la humedad de la lluvia y cada paso dejaba una marca oscura que desaparecía lentamente, mientras el aire, sorprendentemente limpio, olía a césped recién cortado y a tierra cuidada con una precisión casi obsesiva.

Uno de los hombres abrió la puerta principal sin llamar, como si la casa no necesitara permiso para ser atravesada por nadie que ya tuviera derecho a entrar. El interior era todavía peor.

Todo desprendía un aroma a dinero antiguo, no el dinero reciente u ostentoso, sino el que se acumula con el tiempo y se convierte en estructura, en forma de vida.

Madera oscura en suelos y paneles, cuadros enormes con marcos pesados que parecían vigilar el paso de cualquiera que cruzara el vestíbulo, alfombras gruesas que amortiguaban los pasos hasta borrar casi por completo cualquier sonido.

Una lámpara de cristal suspendida en el centro iluminaba el espacio con una luz tenue y elegante que no buscaba deslumbrar, sino controlar, marcando cada sombra con una precisión calculada.

Aquello no tenía nada que ver con una comisaría ni con ningún entorno policial reconocible; no había archivos, ni metal, ni funcionalidad, solo una estética construida para imponer calma y autoridad al mismo tiempo, como si el lugar hubiera sido diseñado para que nadie recordara que podía sentirse incómodo dentro de él.

Leticia sintió esa incomodidad de inmediato, no como una intuición vaga, sino como una certeza física.

No estaba entrando en territorio policial.

Estaba entrando en el territorio de alguien que llevaba demasiado tiempo sin distinguir entre poder y propiedad, alguien que había convertido la discreción en arquitectura y el control en forma de vida.

El hombre mayor señaló un pasillo lateral.

—Por aquí.