No confíes en nadie (Leticia Santos 3) 23
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Salió del hotel intentando mantener la calma mientras caminaba hacia su coche bajo la lluvia.

El aire era frío y el agua le golpeaba el rostro con una persistencia incómoda, pero apenas le prestó atención.

El aparcamiento permanecía casi vacío bajo el parpadeo enfermizo del neón rojo del motel, que teñía los charcos de reflejos oscuros y deformados.

El coche negro seguía allí, inmóvil junto a la farola averiada, exactamente donde había permanecido durante toda la noche.

Esperando. Sintió un nudo tensándose en el estómago, pero continuó avanzando sin mirar directamente hacia ellos.

Había aprendido que el miedo se volvía más visible cuando uno intentaba ocultarlo demasiado deprisa.

Mantuvo el paso constante, alcanzó su vehículo y metió la llave en la cerradura, momento en que escuchó el ruido de un motor arrancando.

Levantó la vista y vio cómo el coche negro avanzaba despacio por el aparcamiento, sin acelerones ni maniobras bruscas, recorriendo apenas unos metros hasta colocarse atravesado frente a la única salida del recinto.

Después se detuvo, y la bloqueó el paso.

Leticia se quedó inmóvil sujetando todavía la puerta abierta mientras sentía cómo el corazón comenzaba a golpearle con fuerza bajo las costillas.

Durante unos segundos no ocurrió nada más.

Solo la lluvia cayendo sobre el asfalto y el zumbido irregular del neón reflejándose en la carrocería oscura.

A continuación, las puertas delanteras se abrieron casi al mismo tiempo.

El hombre mayor descendió primero. Llevaba el mismo abrigo oscuro empapado por la lluvia y la misma serenidad inquietante que había mostrado frente a su apartamento.

El más joven salió a continuación y cerró la puerta con suavidad antes de colocarse unos pasos detrás de él.

Su expresión seguía siendo exactamente la misma: vacía e impasible, como si nada de aquello le provocara emoción alguna.

Ambos comenzaron a avanzar despacio, sin prisas, con la tranquilidad de quienes saben que el viento juega de su lado.

Leticia permaneció junto al coche observándolos acercarse mientras la lluvia dibujaba pequeños riachuelos sobre el asfalto entre ellos.

No llevaban armas a la vista. No parecían preocupados, ni siquiera parecían tensos.

Aquello resultaba más perturbador que cualquier amenaza directa.

Cuando el hombre de unos cincuenta años se detuvo a pocos metros de distancia, la examinó durante unos segundos con una atención serena, casi profesional, antes de esbozar una pequeña sonrisa cansada.

—Vaya con la niña. Buena jugada la de llamar a los picoletos, si señora. Lo curioso es que de verdad creíste que iban a ayudarte.

El hombre joven sacó la pistola y le apuntó en el pecho.

Mientras el silencio estaba latente, las luces azules volvieron aparecer al final de la carretera.

Durante un instante nadie se movió. La patrulla de la Guardia Civil volvió aparecer, acercándose despacio hasta donde permanecía detenido el coche negro.

Leticia sintió una descarga de alivio tan intensa que casi le hizo perder las fuerzas.

Sin embargo, observó algo extraño. El joven, que seguía apuntando a la periodista al pecho, ni siquiera pareció inquietarse.

Se limitó a girar la cabeza hacia el conductor de la patrulla, quien levantó apenas las cejas en un gesto mínimo, más propio de la mafia que de una situación como aquella.

La patrulla redujo la velocidad al llegar a su altura y se detuvo unos segundos junto al vehículo.

Leticia contuvo la respiración, convencida de que, al fin, alguien intervendría.

Pero el coche volvió a acelerar con absoluta normalidad.

No se detuvo, ni bajó la ventanilla. Ninguno de los agentes dirigió una sola mirada hacia ella.

En apenas unos segundos, las luces traseras desaparecieron bajo la lluvia, dejándola sola otra vez con los dos hombres.

Entonces comprendió lo que acababa de presenciar.

Aquello no había sido indiferencia sino reconocimiento.

Los policías sabían quiénes eran aquellos hombres… y habían decidido seguir de largo.

El silencio volvió a instalarse entre ellos mientras la lluvia seguía cayendo sobre el aparcamiento y el neón rojo continuaba parpadeando sobre los charcos.

—Sácate lo que tengas en los bolsillos —mencionó el hombre cincuentón.

Le enseñó unos bolsillos vacíos.

—No me gustaría tener que hacerte un registro, si tienes algo, ahora es momento de sacarlo.

—Hazlo si quieres, pero no tengo nada.

Ambos mantuvieron una mirada de tigres, desafiándose mutuamente. Seguido, el cincuentón extendió una mano.

—El bolso.

No elevó la voz. No lo pidió, tan solo actuó como si la decisión ya estuviera tomada.

Leticia sintió cómo el corazón comenzaba a golpearle con fuerza dentro del pecho, pero mantuvo la expresión inmóvil mientras descolgaba el bolso del hombro y se lo entregaba.

El hombre lo abrió sin prisa y empezó a revisar el contenido con movimientos meticulosos.

Sacó la cartera, la documentación, el teléfono móvil, un paquete de pañuelos arrugado y las llaves.

Fue examinando cada objeto con una paciencia casi irritante antes de volver a guardarlo todo exactamente donde estaba.

Cuando terminó, levantó la vista y miró al joven.

—El coche.

Ni siquiera respondió, se limitó a dirigirse hacia el vehículo y comenzó a registrar el interior con una frialdad mecánica que hizo que Leticia comprendiera, con una claridad incómoda, que no era la primera vez que realizaba algo así.

Abrió las puertas una tras otra sin vacilación, revisó los asientos, la guantera y los compartimentos laterales con movimientos precisos y automáticos, como si no necesitara pensar en lo que estaba haciendo.

Después pasó al maletero y continuó con la misma metodología, sin prisas ni errores, como si cada gesto formara parte de una rutina aprendida cientos de veces.

No había nerviosismo ni improvisación, solo método.

Leticia no se movió, se quedó bajo la lluvia intentando controlar la respiración mientras observaba la escena con una tensión creciente en el pecho.

No iban a encontrar nada. No podían. La caja seguía oculta bajo el somier de la habitación doce del hostal y nadie la había visto trasladarla.

Al menos eso era lo único que le permitía mantenerse en pie en ese momento, una certeza frágil que repetía mentalmente como si fuera una verdad absoluta capaz de protegerla.

Los minutos transcurrieron mientras el sonido constante de la lluvia llenaba los silencios entre ellos.

El joven revisó incluso bajo las alfombrillas, palpó el interior de los paneles de las puertas y se detuvo unos segundos a observar el espacio bajo los asientos antes de incorporarse de nuevo con la misma expresión vacía de siempre.

Finalmente cerró el maletero con suavidad y regresó junto al hombre mayor sin decir una sola palabra.

Al no encontrar nada, el hombre mayor volvió a mirar a Leticia.

Por primera vez pareció desconcertado. Esperaba a ver encontrado algo.

—¿Qué hacías aquí?

—Vine a ver a una persona.

—No le aconsejo mentirme.

—Entonces deje de hacer preguntas estúpidas.

El hombre sonrió apenas. Una sonrisa pequeña y cansada que no llegó nunca a los ojos. Después dio un paso hacia ella.

—Hay alguien que quiere saludarla.

—¿Quién?

—Usted y yo lo sabemos. El comisario. Sabe mucho sobre usted.

Leticia sintió un frío lento recorriéndole la espalda.

Durante unos segundos no respondió nada.

Miró hacia la carretera vacía detrás de ellos.

Después hacia el hostal. Las letras rojas continuaban parpadeando en mitad de la oscuridad como si nada estuviera ocurriendo.

Sabía que no tenía elección. El hombre mayor señaló el coche negro con un gesto tranquilo.

—Será mejor no hacer esto más incómodo de lo necesario.

El joven ya había abierto la puerta trasera. Leticia tragó saliva y terminó entrando sin hacer más preguntas.