22
La lluvia seguía golpeando las empañadas ventanas del hostal.
Leticia continuaba arrodillada frente a la caja metálica, incapaz de apartar la vista de la grabadora, el pendrive y las fotografías desperdigadas sobre la cama.
Sergio Velasco no había perdido la cabeza.
Todo aquello encajaba ahora con una lógica aterradora.
No eran las obsesiones de un hombre paranoico, sino las piezas de una investigación que alguien había intentado silenciar.
Volvió a recorrer con la mirada las pruebas; documentos, fotografías...
todo lo necesario para destruir vidas, y todo impregnado por la sombra de la sangre del hombre que había intentado sacar la verdad a la luz.
Dejó que el peso de aquel descubrimiento terminara de asentarse.
Después respiró hondo, reunió cada uno de los objetos con el mismo cuidado con el que los había encontrado y volvió a guardarlos dentro de la caja metálica.
Cerró la tapa despacio, consciente de que, desde aquel instante, ya no solo se llevaría unas pruebas, sino el motivo por el que Sergio Velasco había muerto.
Seguido, apartó apenas la cortina de la ventana.
El aparcamiento seguía casi vacío bajo la lluvia y el coche volvía a estar inmóvil junto a la farola averiada.
Leticia entendió algo de golpe; Si salía de allí cargando con aquella caja, sabrían de inmediato que había encontrado algo y lo más seguro es que no llegaría muy lejos.
Miró otra vez la habitación y después la caja.
Durante unos segundos pensó en volver a esconderlo todo exactamente donde estaba sin embargo, tarde o temprano alguien regresaría a registrar aquella habitación.
Quizá incluso aquella misma noche. Dejar las pruebas allí era condenarlas y condenarse a sí misma.
Intentó ordenar las ideas mientras el miedo comenzaba a mezclarse con algo nuevo, quizás instinto o tal vez, supervivencia.
Desde que aquella investigación había comenzado, dejó de pensar como periodista y empezó a pensar como Sergio Velasco.
Comprendió por qué había ocultado las pruebas en lugar de entregarlas a alguien.
Ya no sabía en quién podía confiar. Guardó con cuidado todo el contenido dentro de la caja metálica, colocó de nuevo el plástico protector y la devolvió al hueco bajo el suelo, dejando cada tablón exactamente en la misma posición en la que lo había encontrado.
Si al abrir la puerta se cruzaba con aquellos matones o, peor aún, si la estaban esperando en el descansillo, era preferible que no encontraran nada allí.
Las pruebas estarían más seguras ocultas en aquel escondite antes de pensar qué hacer con ellas.
Después lo cerró exactamente igual que estaba antes, recolocó el armario y apagó la lámpara principal de la habitación.
Nadie debía notar que alguien había descubierto aquello.
Entreabrió apenas la puerta. El pasillo permanecía vacío y las luces amarillentas seguían parpadeando débilmente sobre la moqueta húmeda.
A lo lejos se escuchaba una televisión mal sintonizada detrás de alguna puerta cerrada.
Salió sin hacer ruido y caminó hacia las escaleras.
Cada paso parecía sonar demasiado fuerte.
Cuando llegó otra vez al vestíbulo, el recepcionista seguía hojeando la revista detrás del mostrador.
Levantó la vista apenas un instante al verla aparecer.
—Necesito otra habitación.
El hombre frunció el ceño.
—¿Otra?
—Mi exnovio tenía la costumbre de dejarme plantada. Ya que estoy aquí, me quedaré esta noche.
El recepcionista soltó una pequeña risa cansada.
—Eso cuesta dinero.
Leticia sacó varios billetes húmedos del bolsillo del abrigo y los dejó sobre el mostrador sin discutir.
—Aquí tienes dos billetes de cincuenta, uno para la que tenga libre más alejada, y el otro para que si preguntan por mí, yo no he cogido otra habitación. ¿Entendido?
El hombre observó el dinero un segundo antes de coger una nueva llave del panel.
—La doce, primera planta
Asintió sin añadir nada más y se alejó de la recepción antes de que el encargado pudiera hacerle otra pregunta.
Subió de nuevo las escaleras sintiendo el corazón golpeándole el pecho con una lentitud pesada y constante, como si su cuerpo intentara mantener la calma mientras su mente hacía exactamente lo contrario.
El pasillo seguía igual de silencioso e iluminado por tubos fluorescentes que zumbaban débilmente sobre las puertas desgastadas del motel.
Esta vez evitó acercarse a las ventanas.
No miró hacia el aparcamiento. No quería comprobar si el coche negro seguía allí ni enfrentarse a la posibilidad de descubrir que, efectivamente, continuaba esperándola bajo la lluvia. Prefería no saberlo.
Regresó a la habitación treinta y cuatro, recogió la caja metálica y dedicó unos segundos a asegurarse de que no dejaba nada atrás.
Después salió de nuevo al pasillo y caminó hasta la nueva habitación con la sensación constante de que cada puerta cerrada escondía una mirada observándola desde el otro lado.
La habitación doce resultó todavía más pequeña y deprimente que la del policía muerto.
El aire olía a humedad vieja y a productos de limpieza baratos utilizados para ocultarla sin demasiado éxito.
La cama estaba ligeramente torcida hacia una pared donde la pintura comenzaba a desprenderse en varios puntos, dejando al descubierto manchas oscuras provocadas por filtraciones antiguas.
El techo tampoco ofrecía mejor aspecto. Varias marcas irregulares recorrían la escayola como cicatrices negras que la luz amarillenta de la lámpara hacía parecer aún más profundas.
Una mesa diminuta ocupaba una esquina junto a un televisor antiguo y silencioso, mientras las cortinas, descoloridas por los años, apenas conseguían ocultar la oscuridad del exterior.
Leticia dejó la caja sobre la cama y permaneció inmóvil durante unos segundos observando aquella habitación miserable.
Sin embargo, por primera vez desde que había llegado al motel, el aspecto del lugar era lo que menos le preocupaba.
Porque ahora sabía que lo verdaderamente importante no estaba fuera, ni en el coche negro, ni siquiera en las personas que parecían seguir cada uno de sus movimientos.
Lo tenía delante. Dentro de aquella caja.
Y tenía la sensación cada vez más firme de que, una vez empezara a revisar seriamente su contenido, ya no habría forma de volver atrás.
Cerró la puerta y dejó la caja sobre la cama.
Durante unos segundos permaneció quieta escuchando el silencio.
Después se agachó junto al somier. Las tablas inferiores estaban sujetas con tornillos viejos y oxidados.
Sonrió apenas pensando que Sergio Velasco habría aprobado aquello.
Tardó casi veinte minutos en desmontar una de las maderas inferiores utilizando una moneda y la pequeña navaja multiusos que llevaba siempre en el bolso.
El metal chirrió varias veces y cada sonido le hizo contener la respiración, esperando escuchar pasos al otro lado de la puerta.
Pero nadie apareció. Al final, logró crear un hueco estrecho bajo el colchón.
Introdujo la caja metálica en el interior y seguido, volvió a colocar la tabla exactamente como estaba.
Cuando terminó, se dejó caer sobre la cama sin fuerzas.
El techo amarillento del motel parecía inclinarse sobre ella mientras escuchaba la lluvia caer al otro lado de la ventana.
Por primera vez desde que comenzó todo comprendió algo aterrador, ya no estaba investigando la paranoia de Sergio Velasco. Estaba heredándola.