No confíes en nadie (Leticia Santos 3) 19
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Permaneció varios minutos mirando por la ventana, observando el coche oscuro estacionado al otro lado de la avenida mientras la lluvia continuaba golpeando el parabrisas con una constancia casi hipnótica.

Ninguna luz interior se encendía y no parecía haber movimiento dentro del vehículo.

Ni siquiera los limpiaparabrisas estaban en funcionamiento, como si las personas que estuvieran allí hubieran dejado de preocuparse por ver con claridad lo que ocurría alrededor.

El coche seguía exactamente en el mismo lugar desde hacía horas, quieto bajo la tormenta, transmitiendo una sensación mucho más inquietante que cualquier persecución.

No parecían tener prisa. Era como si supieran que tarde o temprano acabaría moviéndose, saliendo de casa o cometiendo algún error.

Terminó bajando la cortina y las luces deformadas de la avenida desaparecieron del salón.

Durante unos segundos permaneció quieta, escuchando únicamente el ruido apagado de la lluvia y el zumbido lejano del frigorífico en la cocina.

Después volvió la mirada hacia la mesa del salón.

La fotografía seguía bajo la lámpara y las palabras reveladas por la tinta continuaban todavía húmedas, brillando débilmente sobre el papel envejecido como si acabaran de emerger desde algún lugar enterrado durante años.

Había algo profundamente perturbador en aquella imagen, no solo por el mensaje en sí, sino por la sensación de que alguien había intentado ocultarlo desesperadamente sabiendo que descubrirlo podía costar vidas.

Se acercó despacio y volvió a leer las marcas aparecidas sobre el papel mientras el cansancio empezaba a mezclarse con una certeza cada vez más incómoda.

Aquello había dejado de parecer una simple investigación periodística hacía ya demasiado tiempo.

Lo que tenía delante era un mensaje oculto por alguien que probablemente nunca llegó a tener la oportunidad de contar toda la verdad.

Sintió un nudo incómodo cerrándose poco a poco en el estómago mientras permanecía sentada frente a la mesa del salón, con la fotografía todavía extendida bajo la lámpara y el sonido de la lluvia envolviendo el apartamento en una calma engañosa.

Por primera vez desde que todo había comenzado, la posibilidad de abandonar la investigación dejó de parecerle una idea cobarde para convertirse en algo razonable.

Podía destruir la fotografía, romper la lista, apagar el portátil y fingir que nunca había encontrado nada.

Nadie la obligaba a seguir adelante y, después de todo lo ocurrido, cualquier persona sensata habría intentado desaparecer antes de terminar arrastrada por aquello.

El juez estaba muerto, Samuel Varela llevaba años muerto, Sergio Velasco había aparecido desangrándose en un túnel de metro después de intentar entregarle información desesperadamente y Alicia Barrientos, acababa de ser asesinada en su propio despacho.

Los hombres que habían acudido a su casa ni siquiera se habían molestado en ocultar la amenaza.

Habían actuado con una tranquilidad mucho más inquietante que cualquier gesto violento, como si la verdadera intención no fuera asustarla, sino recordarle que podían llegar hasta ella cuando quisieran.

Aquello había dejado de ser un caso periodístico hacía demasiado tiempo.

Cogió el móvil y buscó por segunda vez el contacto del subinspector Carlos Ferrer.

Su nombre apareció iluminado en la pantalla mientras el dedo de Leticia permanecía suspendido sobre la opción de llamada.

Durante unos segundos quiso aferrarse precisamente a eso, a la posibilidad de que todavía existiera alguien dentro de todo aquel laberinto que no estuviera contaminado, alguien en quien pudiera confiar.

Pero entonces volvió a mirar la fotografía.

El rostro sonriente de Julián Orduña, Sergio Velasco y los dos hombres empapados por la lluvia frente a la puerta de su casa, la hizo recordar las últimas palabras del hombre muerto agonizando en el andén regresaron a su cabeza con una claridad insoportable.

Cerró la pantalla del móvil sin llegar a marcar.

Si había aprendido algo en las últimas cuarenta y ocho horas era que la confianza se había convertido en un lujo que ya no podía permitirse.

Ahora solo le quedaban las coordenadas...

y lo más importante, la necesidad de averiguar qué demonios escondían antes de que alguien más llegara hasta ellas.

Apartó el dedo de la pantalla mientras una idea empezaba a abrirse paso dentro de ella con una frialdad insoportable.

El verdadero problema ya no era descubrir quién estaba implicado.

El problema era averiguar quién no lo estaba.

Durante unos segundos el apartamento quedó completamente en silencio otra vez.

Después respiró hondo, cogió las llaves del coche y fue apagando una por una todas las luces del salón.

Lo hizo despacio, dejando tan solo encendida la pequeña lámpara junto a la entrada, cerca de una mesilla.

Antes de salir comprobó el pestillo dos veces.

Después acercó el ojo a la mirilla. El pasillo estaba vacío.

Aun así, esperó unos segundos más antes de abrir la puerta, escuchando un silencio que ya no le inspiraba tranquilidad, sino desconfianza.

Bajó al garaje intentando convencerse de que todavía conservaba el control de la situación, aunque una parte de ella sabía que lo había perdido hacía tiempo.

El eco de sus pasos resonaba con demasiada fuerza entre las columnas de hormigón del aparcamiento subterráneo.

Al llegar al coche recorrió el lugar con la mirada antes de abrir la puerta.

No había nadie, solo el zumbido constante de los fluorescentes y el olor a humedad del garaje.

Aun así, la inquietud pudo más que la razón.

Se agachó y miró debajo del vehículo. No buscaba nada en concreto; simplemente necesitaba comprobar que no había nadie oculto, que no habían manipulado el coche y que no existía ninguna amenaza esperándola a pocos centímetros del suelo.

No vio nada fuera de lo normal. Se incorporó despacio, consciente de que aquel gesto habría parecido exagerado apenas unos días antes.

Ahora, sin embargo, empezaba a convertirse en un hábito.

Arrancó y salió despacio a la calle. Apenas había recorrido unos metros cuando el coche oscuro emergió de entre las sombras encendiendo las luces.

El motor cobró vida de inmediato y el vehículo se incorporó a la calzada con una naturalidad inquietante, manteniendo siempre la misma distancia, sin acercarse demasiado ni quedarse atrás.

Leticia lo observó por el retrovisor durante varios cruces.

No había duda. La estaban siguiendo. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Ya no se molestaban en ocultarse, ni tampoco era una vigilancia discreta; era una demostración de poder, de un control absoluto.

Querían que supiera que conocían cada uno de sus movimientos, que podían aparecer donde quisiera y cuando quisieran.

Durante un instante estuvo tentada de cambiar de dirección para comprobarlo, pero enseguida comprendió que no hacía falta.

Ellos ya habían decidido que lo supiera.

Condujo siguiendo las coordenadas mientras la ciudad iba desapareciendo poco a poco a su alrededor.

El tráfico se disolvió a medida que abandonaba el centro.

Las avenidas iluminadas dieron paso a calles cada vez más estrechas y vacías.

Los edificios comenzaron a espaciarse; talleres cerrados, gasolineras medio apagadas y naves industriales cubiertas de humedad.

Miró por el retrovisor, el coche oscuro apareció varias calles detrás, saliendo de una rotonda, sin luces largas y sin prisas, manteniendo exactamente la misma distancia.

Leticia sintió cómo el pulso comenzaba a acelerarse otra vez.

Giró en otra calle. El coche también. Solo para comprobarlo, probó dos desvíos más, absurdos e innecesarios.

El coche continuaba detrás de ella. No intentaban adelantarla ni esconderse, solo asegurarse de que continuaba avanzando.

La lluvia empezó a golpear con más fuerza el parabrisas.

El limpiaparabrisas chirriaba sobre el cristal mientras la ciudad desaparecía detrás de ella.

El GPS perdió señal durante unos segundos y la pantalla parpadeó antes de recuperar la ruta.

Empezó a notar que algo no encajaba. La carretera estaba demasiado vacía y oscura.

A ambos lados comenzaron a aparecer edificios bajos, viejos y medio abandonados, iluminados por neones defectuosos que temblaban bajo la lluvia.

El asfalto se volvió irregular, lleno de charcos profundos que deformaban las luces rojas de los semáforos.

Entonces lo entendió, aquel lugar no era un destino cualquiera, era el tipo de sitio al que nadie llegaba por accidente.

Redujo la velocidad. Unos metros más adelante apareció lo que tanto tiempo llevaba rodando en su cabeza, un cartel que rezaba: HOSTAL ARCOIRIS.

Las letras estaban medio oxidadas y apenas iluminadas por un neón rojo que parpadeaba de forma irregular.

Era un hostal de mala muerte. El edificio permanecía aislado junto a la carretera, rodeado de vallas viejas y un aparcamiento casi inexistente.

Sintió un frío lento abrirse paso en el estómago porque entonces comprendió algo peor que el hecho de que la estuvieran siguiendo.

Nunca habían intentado detenerla de verdad, nunca habían necesitado hacerlo.

La habían dejado avanzar, preguntar y moverse libremente porque sabían que tarde o temprano acabaría llevándolos exactamente hasta donde querían llegar.