20
Las ruedas del coche crujieron suavemente sobre el asfalto mojado cuando Leticia entró en el aparcamiento del hostal a las siete de la tarde.
La lluvia seguía cayendo con una constancia fina y desagradable que deformaba las luces del lugar sobre los charcos oscuros del suelo.
Visto de cerca, el edificio parecía todavía peor de lo que había imaginado durante el trayecto.
El neón rojo del cartel parpadeaba de forma irregular sobre la fachada envejecida, iluminando durante apenas unos segundos las ventanas oscuras de las habitaciones antes de volver a apagarse y dejarlo todo sumido otra vez en una penumbra húmeda y enfermiza.
El motel tenía ese aspecto de sitio construido para desaparecer del mapa, uno de esos lugares junto a la carretera donde nadie hace preguntas y donde las personas llegan siempre con la intención de marcharse cuanto antes.
Apenas había cuatro coches aparcados frente a las habitaciones exteriores.
Ninguno parecía nuevo. Ninguno transmitía la sensación de pertenecer a alguien que quisiera ser recordado allí.
Un viejo todoterreno cubierto de barro ocupaba una esquina del aparcamiento; más allá había una furgoneta blanca sin distintivos y un turismo gris con una de las ventanillas parcialmente empañada desde dentro.
Todo en aquel lugar parecía detenido en una especie de cansancio permanente, como si incluso el tiempo circulara más despacio bajo aquella lluvia.
Solo el coche oscuro que la había seguido rompía aquella sensación de abandono.
Apagó el motor y el silencio dentro del coche regresó de golpe, roto tan solo por el golpeteo constante del agua sobre el techo.
Durante unos segundos no se movió. Permaneció sentada con las manos todavía apoyadas sobre el volante, observando el motel a través del parabrisas mojado mientras una sensación incómoda comenzaba a instalarse poco a poco en el pecho.
Había seguido demasiadas pistas durante los últimos días como para ignorar ya aquella intuición que aparecía siempre antes de que algo terminara mal.
Y, aun así, sabía que ya no podía detenerse.
Porque cada vez que intentaba alejarse de la investigación, acababa regresando al mismo lugar: la certeza de que alguien llevaba años enterrando personas detrás de versiones oficiales cuidadosamente construidas.
El hostal estaba demasiado aislado, demasiado vacío, como si el resto de la ciudad hubiera quedado muy lejos de allí y aquel lugar existiera al margen de cualquier rutina normal.
La lluvia seguía cayendo sobre el aparcamiento y el neón rojo del cartel parpadeaba sobre la fachada húmeda, proyectando destellos enfermizos sobre las paredes desconchadas y los charcos del suelo.
Aguardaba inmóvil dentro del coche observando las habitaciones exteriores, las cortinas amarillentas y las ventanas donde apenas sobrevivían unas pocas luces encendidas, cuando algo apareció reflejado en el retrovisor.
El coche oscuro entró despacio en el aparcamiento, sin prisas y sin el menor intento de ocultarse.
Avanzó varios metros bajo la lluvia hasta detenerse al otro lado del recinto, parcialmente cubierto por la sombra de una farola averiada cuya luz temblaba de manera irregular sobre el asfalto mojado.
Las luces del vehículo permanecieron apagadas.
El motor, no. Leticia sintió cómo el pulso comenzaba a golpearle en el cuello mientras permanecía observándolo sin moverse.
Nadie salió del coche. Pasaron varios segundos, seguido de un minuto entero.
El vehículo continuaba allí, quieto bajo la tormenta, como si no hubiera venido realmente a buscarla, sino únicamente a comprobar que había llegado hasta aquel lugar.
Aquello fue lo que terminó resultando mucho peor.
Porque por primera vez desde que todo había comenzado entendió algo que llevaba demasiado tiempo intentando no pensar.
No estaban intentando detenerla, no necesitaban hacerlo.
La habían dejado avanzar de una pista a otra, de un nombre al siguiente, observándola moverse exactamente hacia donde querían. La habían dejado llegar hasta allí.
Volvió la vista hacia el hostal mientras una sensación fría comenzaba a extenderse por su espalda.
Algunas habitaciones seguían iluminadas detrás de las cortinas sucias; otras permanecían completamente oscuras, como huecos vacíos abiertos en mitad de la fachada.
El neón rojo continuó parpadeando sobre el edificio húmedo y decadente, tiñendo el aparcamiento de reflejos rotos que aparecían y desaparecían sobre el agua acumulada en el suelo.
Miró una vez más hacia el coche negro. Seguía allí, esperando.
Después respiró hondo, abrió la puerta del coche y salió bajo la lluvia con la sensación incómoda de que, hiciera lo que hiciera a partir de ese momento, alguien ya había previsto cada uno de sus movimientos antes incluso de que ella los tomara.
Entró en el vestíbulo empapada por la lluvia.
Una lámpara amarillenta iluminaba malamente la recepción, dejando el resto del vestíbulo hundido en sucias sombras.
Detrás del mostrador, un hombre calvo y con ojeras profundas hojeaba distraídamente una revista sin prestarle demasiada atención.
Se quedó quieta unos segundos, intentando controlar la respiración mientras pensaba qué decir.
Entonces recordó al portero del edificio del policía muerto y la misma calma fingida y la misma mentira, se acercó lentamente al mostrador.
—Buenas noches.
El recepcionista levantó apenas la vista y respondió con un gesto indiferente.
—Creo que ya no me quedan habitaciones.
Leticia apoyó las manos mojadas sobre el mostrador.
—Quiero la habitación treinta y cuatro. Mi exnovio me pidió que lo esperase aquí. Sigue disponible, ¿no?
El hombre dejó la revista a un lado. Durante unos segundos la observó en silencio, como intentando decidir si merecía la pena hacer preguntas.
—Sigue disponible, me la pagó por un año entero. Me dijo que si una mujer venía preguntando, le diera la llave. Hace mucho que no aparece por aquí… ¿va todo bien?
Leticia sostuvo la mirada sin pestañear.
—Eso no es asunto suyo. Deme la llave.
El recepcionista refunfuñó algo en voz baja y se giró hacia el panel de llaves de la pared. Cogió una antigua, con un número metálico desgastado colgando del llavero, y la dejó sobre el mostrador.
—Que no me molesten.
Cogió la llave pero no subió. Antes de hacerlo, volvió a mirar hacia el aparcamiento.
El coche negro seguía allí, inmóvil, apartado junto a la farola averiada.
El motor continuaba encendido, aunque las luces permanecían apagadas.
Desde aquella distancia no podía distinguir bien a los ocupantes, solo las siluetas oscuras detrás del parabrisas, esperando, observando, como si supieran exactamente a qué había venido.
Sacó el móvil y marcó el número de la Guardia Civil.
No porque esperara ayuda, ni siquiera porque estuviera realmente asustada.
Necesitaba tiempo. Eso era todo. Explicó que llevaba varios minutos viendo un vehículo sospechoso frente al hostal y que dos hombres no dejaban de vigilar la entrada.
Exageró apenas el temblor de la voz, lo suficiente para sonar creíble.
Dio parte de la matrícula y añadió que el lugar estaba demasiado aislado para sentirse tranquila allí sola de madrugada.
Una vez que colgó, volvió a mirar hacia el coche.
Nada había cambiado. El humo de un cigarro apareció unos segundos detrás de la ventanilla del conductor y desapareció enseguida.
Pasaron varios minutos hasta que las luces azules aparecieron reflejadas sobre los cristales del vestíbulo.
El recepcionista levantó la vista por primera vez.
Un vehículo de la Guardia Civil entró despacio en el aparcamiento y redujo la velocidad frente al coche negro.
No ocurrió nada espectacular, ningún enfrentamiento ni ninguna discusión.
Solo un instante de calma tensa, como si todos entendieran demasiado bien las reglas del juego.
Después el coche negro arrancó. Las luces siguieron apagadas mientras daba marcha atrás y abandonaba el recinto con absoluta tranquilidad, perdiéndose en la carretera oscura sin prisas, sin mirar atrás.
Uno de los agentes permaneció observando la salida unos segundos antes de apagar las luces del vehículo oficial.