18
Ya en casa, cerró la puerta con llave y echó también el pestillo superior.
Después dejó la fotografía sobre la mesa del salón y encendió únicamente la lámpara junto al sofá.
La lluvia seguía golpeando las ventanas con un murmullo constante y el apartamento permanecía envuelto en un silencio casi opresivo.
Llevaba cerca de una hora investigando al comisario Julián Orduña desde el portátil.
Entrevistas antiguas, operaciones policiales, condecoraciones, fotografías oficiales...
En todas aparecía la misma imagen: la de un hombre impecable, seguro de sí mismo y ampliamente respetado dentro del cuerpo.
Cuanto más lo veía sonriendo ante las cámaras, más difícil le resultaba reconciliar esa figura pública con el joven que aparecía en la vieja fotografía de la academia.
Volvió a cogerla casi sin darse cuenta mientras esperaba que cargara un artículo.
La sostuvo bajo la luz tenue de la lámpara y, por primera vez, dejó de fijarse en Orduña.
Sus ojos se desviaron hacia el resto de los rostros.
Había algo en aquella imagen que hasta entonces se le había escapado.
Un detalle pequeño, aparentemente insignificante, que empezaba a adquirir un significado distinto.
Los jóvenes policías sonreían bajo el sol de aquel verano, ajenos todavía a todo lo que acabarían convirtiéndose con los años.
Sergio Velasco aparecía ligeramente apartado del centro del grupo, con una sonrisa discreta.
Detrás de él estaba el hombre mayor que había ido a visitarla, varios años más joven, aunque con la misma expresión serena e impenetrable.
El joven silencioso también estaba allí, apoyado junto a otros agentes, mirando a la cámara con una frialdad que parecía desafiar el paso del tiempo y en el centro de todos, ocupando el lugar que parecía corresponderle de forma natural, estaba Julián Orduña.
Sonreía con seguridad, una mano apoyada sobre el hombro de uno de sus compañeros, como si ya entonces ejerciera un liderazgo que nadie cuestionaba.
Leticia recorrió la fotografía una vez más, despacio.
No era una simple imagen de promoción. Era el retrato de un grupo unido por un pasado común.
Un grupo del que, con el paso de los años, algunos habían muerto, otros habían desaparecido y los que seguían vivos parecían dispuestos a hacer cualquier cosa para que aquella historia jamás saliera a la luz.
Pasó el dedo con suavidad por la parte trasera del papel y estuvo a punto de dejar la fotografía de nuevo sobre la mesa cuando algo la hizo detenerse.
Frunció el ceño y volvió a recorrer la superficie con más cuidado.
Bajo la yema de los dedos percibió una irregularidad casi imperceptible, pequeñas hendiduras dispersas que apenas podían apreciarse a simple vista.
Al principio pensó que serían simples marcas del tiempo, el desgaste natural de un papel que había pasado años guardado.
Sin embargo, al acercar la fotografía a la lámpara del salón, comprendió que no era eso.
Dependiendo del ángulo de la luz, unas finísimas líneas aparecían durante un instante antes de volver a desaparecer bajo la textura envejecida del cartón.
No eran arrugas ni manchas. Eran surcos, marcas dejadas por la presión de un bolígrafo al escribir sobre otra hoja colocada encima.
Alguien había tomado notas utilizando aquella fotografía como apoyo, y sin saberlo había dejado grabado un mensaje invisible que había permanecido oculto durante años.
Leticia sintió cómo se aceleraba el pulso. Aquello no era una casualidad.
Se incorporó despacio, sintiendo cómo una tensión creciente se instalaba en su pecho.
Caminó hasta la cocina y rebuscó en uno de los cajones hasta encontrar un pequeño bote de tinta negra que utilizaba para corregir impresiones y un trozo de algodón olvidado entre bolígrafos, facturas antiguas y pilas gastadas.
Mientras regresaba al salón, el corazón empezó a latirle con más fuerza.
Aún no sabía con exactitud qué esperaba encontrar, pero la intuición le decía que aquellas marcas ocultaban algo importante.
La lluvia seguía golpeando las ventanas con un ritmo constante y el apartamento parecía envuelto en un silencio absoluto.
Volvió a sentarse frente a la mesa, colocó la fotografía bajo la luz de la lámpara y respiró hondo durante un instante antes de abrir el frasco de tinta.
Si estaba en lo cierto, en pocos minutos sabría qué había permanecido escondido en aquella imagen durante tantos años.
Con cuidado, humedeció apenas el algodón y lo deslizó con delicadeza sobre la superficie del papel.
Durante unos segundos no ocurrió nada. Después, lentamente, las hendiduras comenzaron a oscurecerse bajo la tinta, revelando líneas irregulares que hasta entonces habían permanecido invisibles.
Leticia contuvo la respiración mientras las marcas empezaban a emerger una tras otra desde el fondo del papel, al principio incompletas, como una voz intentando atravesar años de silencio.
Las letras no aparecían de forma limpia ni uniforme; se fragmentaban, se deformaban en algunos puntos, pero aun así empezaban a construir algo reconocible; un patrón, una estructura o una frase oculta que alguien había dejado deliberadamente grabada en el reverso de una imagen que nadie debía volver a mirar con atención.
ARCOÍRIS 34.
Se quedó inmóvil. La misma palabra que el policía muerto había pronunciado antes de morir. Continuó deslizando el algodón. Debajo apareció otra línea.
LETICIA SANTOS
El aire pareció desaparecer del salón. Durante unos segundos no reaccionó; se quedó mirando su propio nombre, incapaz de apartar la vista de aquellas letras hundidas en el papel.
No parecía una dedicatoria ni una nota cualquiera, sino una invitación.
Sintió un frío lento abrirse paso en el estómago.
Pero aún quedaba algo más. Más abajo, comenzaron a emerger una serie de números escritos con una presión distinta, más firme y más controlada: coordenadas.
Leticia miró la fotografía sin apenas respirar porque de pronto entendió algo incómodo.
Aquello no era solo una advertencia, era una dirección, y si era una dirección significaba que alguien no solo había dejado un mensaje oculto para ser encontrado, sino que había asumido desde el principio que alguien acabaría buscándolo.
Dejó la fotografía sobre la mesa, pero no consiguió apartar la vista de ella.
La tinta todavía brillaba ligeramente bajo la luz de la lámpara.
Todo seguía allí, inmóvil, como si las palabras hubieran estado esperando años a que alguien las sacara a la superficie.
El apartamento permanecía en silencio. Un silencio distinto al de otras noches. Ahora la vigilaba.
Miró hacia la puerta de entrada, después hacia las ventanas y luego al móvil.
Sintió un escalofrío incómodo al darse cuenta de que acababa de repetir exactamente el mismo recorrido visual que había hecho en el piso del policía muerto.
La puerta, las ventanas… las posibles salidas.
No era una coincidencia; era un reflejo aprendido en otro lugar, en otra escena que su mente no había terminado de procesar del todo.
Y lo peor no era reconocer el gesto, sino entender que, desde entonces, ya no miraba los espacios como antes, sino como si cada uno pudiera convertirse en un punto de control.
Bajó el volumen del portátil sin darse cuenta siquiera de que lo estaba haciendo.
La lluvia seguía golpeando el cristal con suavidad mientras el edificio crujía de vez en cuando, viejo, húmedo, lleno de pequeños sonidos normales que ahora parecían esconder algo detrás.
Entonces recordó la silla junto a la puerta del apartamento de Sergio.
Las cortinas cerradas, la cinta adhesiva cubriendo la mirilla, las cerraduras extras…
Desde que empezó todo entendió algo terrible, Sergio no había vivido así porque estuviera loco, había vivido así porque sabía que tarde o temprano alguien acabaría llegando hasta él.
Se levantó y corrió una de las cortinas del ventanal.
Solo unos centímetros. Lo justo para mirar abajo sin ser vista.
La calle estaba casi vacía bajo la lluvia, farolas reflejadas sobre el asfalto mojado, coches aparcados…
Y al otro lado de la avenida, un vehículo oscuro detenido junto a la acera.
Sin luces y sin movimiento. Solo esperando.