17
La mañana siguiente amaneció gris y húmeda, con una lluvia fina cubriendo la ciudad como una capa sucia que parecía no querer desaparecer nunca.
Leticia apenas había dormido. Las imágenes de la noche anterior seguían postrándose ante ella como si fueran amantes: la fotografía del metro, los dos hombres en el rellano, la amenaza disfrazada de advertencia…
Preparó café pero lo dejó enfriarse sobre la encimera mientras volvía a mirar la fotografía de la lista en la pantalla del móvil.
Entonces pensó en él, en el hombre muerto del metro.
Hasta ese momento había estado investigando todo lo que rodeaba el caso: el juez, el abogado, la fiscal, los nombres de la lista.
Pero no al hombre que había iniciado todo aquello.
El policía muerto no había aparecido en su camino por casualidad.
Había ido a buscarla y justo antes de morir, le había dicho algo que ahora sonaba distinto en su cabeza.
Abrió el portátil y comenzó a buscar su nombre real entre las noticias publicadas tras su muerte.
Tardó varios minutos en encontrarlo enterrado entre artículos breves y declaraciones oficiales demasiado limpias.
Sergio Velasco, de cuarenta años y agente de la policía nacional en activo. Soltero y sin hijos.
Cuanto más leía, más claro lo veía todo.
Sergio Velasco había estado relacionado indirectamente con el caso Varela desde el principio.
Su nombre aparecía vinculado a informes internos, cambios de custodia de pruebas y movimientos extraños dentro de la investigación original.
Nunca en primera línea, siempre alrededor, como si alguien hubiera intentado mantenerlo fuera de foco deliberadamente.
Entonces entendió algo incómodo, Sergio Velasco no había descubierto aquella red años después.
Había formado parte de ella y aun así, antes de morir, había intentado advertirla.
Había una dirección asociada. Un pequeño apartamento al otro lado de la ciudad.
Dudó unos segundos, recordando la visita de la noche anterior.
Tal vez era exactamente lo que aquellos hombres esperaban que hiciera.
Aun así, cogió las llaves y se marchó en torno a las diez.
El edificio donde vivía, era antiguo y estrecho, olvidado entre talleres cerrados y bares vacíos.
Aparcó frente al edificio y caminó hacia el portal bajo la lluvia fina que seguía cubriendo la ciudad. En el interior, el portero levantó la vista de la pequeña televisión que tenía encendida junto al mostrador. Leticia le hizo un gesto suave con la mano y el hombre abrió automáticamente la puerta.
—¿Vienes a ver a alguien?
—Me llamo Leticia. Vengo al piso de mi exnovio.
—¿Y cómo se llama?
—Sergio.
El gesto del portero cambió al instante. Había reconocido a Sergio por las noticias.
—Por favor, entre.
El hombre volvió a hablar después de cerrar la puerta.
—Siento lo de su exnovio.
—Gracias. Hacía años que no nos veíamos. Su madre me ha pedido que recoja algunas cosas, pero no tengo llave.
—Yo tengo una.
—¿Le importaría abrirme? Solo será recoger ropa y poco más.
—No hay problema.
El portero cogió un llavero del cajón, caminaron hasta el ascensor, y ambos subieron hasta el tercer piso. Durante unos segundos solo se escuchó el zumbido viejo del ascensor.
—Es curioso… —dijo de pronto el hombre—. Hace una semana también vinieron unos señores preguntando por él.
Leticia giró la cabeza hacia el portero.
—¿Qué ocurrió?
—Sergio llevaba casi un año sin aparecer por aquí. Pensé que se había mudado y que ya volvería algún día a por sus cosas. Pero luego lo vi en las noticias… Siempre me pareció buen chico. Muy educado conmigo.
—Sí que lo era —respondió Leticia—. Aunque últimamente su madre decía que estaba un poco paranoico.
Se tiró un farol para observar la reacción del portero.
—No sabría decirle.
—¿Cómo eran esos hombres?
—No dijeron quiénes eran, eso sí, bastante fríos. Uno rondaba los cincuenta y el otro era más joven. Dijeron que trabajaban con él.
Leticia sintió un pequeño nudo cerrarse lentamente en el estómago. La misma descripción. Los mismos hombres. La misma historia.
—¿Se llevaron algo?
—Un par de cajas. Nada más.
El ascensor se detuvo con un golpe seco.
—Hemos llegado.
El portero abrió la puerta del apartamento y le dio paso.
El interior estaba completamente a oscuras.
Leticia encendió la luz del salón y el estómago se le tensó al instante.
El piso no parecía abandonado, parecía revisado; cajones abiertos, armarios mal cerrados, y papeles tirados sobre la mesa.
Había demasiado desorden para ser casual y, al mismo tiempo, demasiado poco para parecer un robo.
Alguien había buscado algo concreto entre aquellas paredes.
—Yo le dejo sola. Cuando termine, cierre sin problema.
Leticia apenas lo escuchó. Avanzó por el salón observando cada detalle.
Las cortinas permanecían cerradas incluso de día.
Había cinta adhesiva cubriendo parte de la mirilla de la puerta y una silla colocada estratégicamente junto a la entrada, como si el policía hubiera pasado meses vigilando quién subía por el pasillo.
Sobre la mesa encontró varios vasos sucios, medicamentos para dormir y periódicos antiguos llenos de anotaciones nerviosas hechas con bolígrafo rojo.
Sergio había vivido asustado y probablemente llevaba mucho tiempo así.
Abrió uno de los cajones volcados del salón.
Vacío. Siguió con un segundo, también vacío.
Quedaban marcas rectangulares sobre el polvo, señales claras de que alguien se había llevado cajas hacía muy poco.
En ese momento, algo llamó su atención al fondo del mueble.
Una esquina doblada sobresalía detrás de una balda mal encajada. Se agachó y tiró de ello.
Encontró una fotografía antigua y, aunque el papel estaba algo amarillento por el tiempo, se observaba una promoción de la academia de policía.
Más de veinte jóvenes uniformados posaban frente al edificio principal, sonriendo a cámara bajo un sol de verano.
Durante un segundo, la imagen no le dijo nada.
Luego empezó a reconocer rostros. Ahí estaba Sergio Velasco, más joven, más delgado y sonriendo.
El hombre cincuentón que había estado en su casa la noche anterior aparecía unos metros detrás de él, apoyado sobre otro agente con una expresión relajada, casi amistosa y a su lado, el joven silencioso que había bloqueado la puerta con la mano.
Leticia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Todos estaban allí. Pero entonces sus ojos se detuvieron en otro rostro. Uno que sí conocía perfectamente.
Se trataba del comisario Julián Orduña, actual jefe de la Unidad Central de Coordinación, uno de los nombres más respetados dentro del cuerpo.
Había salido decenas de veces en televisión durante grandes operaciones policiales.
Incluso ella misma lo había entrevistado años atrás.
Recordaba su voz tranquila, su seguridad frente a las cámaras y aquella imagen pública de policía incorruptible que tanto gustaba a la prensa.
En la fotografía aparecía en el centro del grupo, sonriendo, con una mano apoyada sobre el hombro de Sergio Velasco.
Leticia notó cómo algo empezaba a romperse dentro de ella porque comprendió que aquello no era un grupo de policías corruptos actuando por separado.
Era algo mucho peor. Llevaban juntos desde el principio.