16
Llamaron a la puerta de su apartamento poco después de las diez de la noche.
Tres golpes secos y tranquilos, medidos con una precisión que no encajaba con la forma habitual en la que alguien interrumpe la vida de otro a esas horas.
Leticia levantó la vista del portátil de inmediato, pero no se movió al principio.
Permaneció quieta en el sofá, escuchando cómo el sonido de la lluvia seguía cayendo contra los cristales del salón y cómo, de algún modo, aquel silencio previo a los golpes parecía haberse vuelto más denso.
No era habitual que la visitasen a esa hora y mucho menos sin avisar.
Los golpes se repitieron con la misma cadencia exacta, ni más fuertes ni más urgentes, como si quien estuviera al otro lado ya supiera que sería atendido.
Se levantó despacio y avanzó hasta la puerta conteniendo el paso, sintiendo cómo cada movimiento se volvía más consciente de lo normal.
Antes de abrir, se inclinó hacia la mirilla.
En el rellano, esperaban dos hombres con abrigos oscuros empapados por la lluvia, cuya agua resbalaba por la tela y formaba pequeñas manchas en el suelo del pasillo.
Uno de ellos rondaba los cincuenta, con el rostro endurecido por la edad y la falta de paciencia; el otro era más joven, más alto, y tenía una expresión completamente neutra, sin rastro de impaciencia, curiosidad o duda, como si simplemente estuviera allí porque ese era el lugar en el que debía estar.
Leticia abrió la puerta solo lo justo, lo suficiente para verles pero no para cederles el paso y en ese pequeño gesto, sintió cómo el aire del rellano entraba en su casa de golpe, más frío de lo que recordaba.
—¿Sí?
—¿Leticia Santos? —inquirió el hombre cincuentón.
—¿Quiénes son ustedes? —cuestionó Leticia de mala gana.
—Queremos hacerle unas preguntas.
—Si no me dicen quiénes son, llamaré a la policía.
—Nosotros somos la policía.
—¿Puedo ver sus placas?
El hombre sostuvo su mirada durante unos segundos, sin prisa, como si midiera el efecto de cada gesto.
Después llevó despacio la mano al interior del abrigo.
Leticia esperó a que sacara una cartera con una identificación, algún tipo de credencial que diera sentido a lo que estaba ocurriendo o al menos lo encuadrara dentro de lo posible.
Pero no fue una placa, fue una fotografía doblada por la mitad.
La desplegó con calma, con una precisión casi quirúrgica, y la sostuvo frente a ella.
Leticia tardó un instante en comprender lo que veía, aunque su cuerpo reaccionó antes que su mente.
La imagen no necesitaba explicación: era una pieza más del mismo patrón, una confirmación silenciosa de que todo lo anterior no había sido un conjunto de coincidencias, sino una secuencia cuidadosamente ordenada.
Era una captura de una cámara de seguridad del metro.
Granulada y desenfocada por las filtraciones de agua que empañaba parte de la imagen.
Aun así, Leticia se reconoció al instante.
Estaba arrodillada junto al cadáver, demasiado cerca del hombre, como si hubiera estado escuchando sus últimas palabras. En la esquina aparecía la hora exacta.
Sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué quieren?
—Hablar sobre lo ocurrido en la estación de metro.
El estómago de Leticia se tensó, aunque mantuvo la compostura.
—No sé de qué me habla.
—¿Está segura?
—Completamente.
—Es usted, ¿verdad?
Leticia guardó silencio un instante.
—No.
El hombre mayor la observó fijamente.
—Ahorrémonos las mentiras.
—Es la verdad, no conozco a ese hombre.
—Yo no he sugerido lo contrario.
No supo cómo reaccionar.
—¿Qué hacía junto a él?
—Pasaba por allí. Me acerqué al ver que se desplomaba, eso es todo. El hombre hizo una mueca.
—Pero habló con él.
—Quizás, no lo sé.
—¿Le dio algo?
—No.
—¿Está segura? —inquirió sin levantar la voz.
—Al cien por cien.
—¿Por qué se reunió con usted?
—Ya le he dicho que no lo conozco. Yo esperaba al metro.
El hombre cincuentón sonrió apenas.
—¿Hay alguien más que sepa que habló con él?
—No.
—¿Le importaría que echáramos un vistazo a su casa?
—Sí me importaría. Y si no tienen nada más, buenas noches.
—¿Vive sola? —cuestionó el joven.
La pregunta cayó en el rellano con una suavidad casi amable. Leticia no respondió inmediatamente. El hombre mayor sonrió apenas.
—Debe de ser difícil vivir sola… sin nadie que la proteja.
Fue a cerrar la puerta, pero el joven bloqueó el movimiento con la mano.
—En realidad, sí tenemos algo más —dijo el hombre cincuentón.
Sacó una segunda fotografía y la dejó frente a ella.
Era el juez. Aparecía tendido en el suelo, inmóvil, con la mirada perdida y un charco de sangre extendiéndose bajo su cuerpo.
La imagen no dejaba espacio para la duda.
Leticia sintió un vuelco en el estómago.
El aire pareció desaparecer de la habitación durante un instante y tuvo que hacer un esfuerzo para no apartar la vista.
Aquella fotografía no solo confirmaba una muerte; demostraba que alguien había estado allí, había documentado la escena y había decidido que ella debía verla.
—Le reconoce, ¿verdad?
—No. ¿Qué le ha ocurrido?
—Habló demasiado.
El recuerdo de la conversación en su apartamento le atravesó la cabeza con una claridad incómoda, como si no hubiera pasado el tiempo entre aquel momento y el presente. El hombre guardó la fotografía del juez con un gesto lento, casi metódico.
—A ver si con este hay más suerte.
Sacó una tercera imagen. Era el abogado Esteban Roldán. Su cuerpo aparecía en una posición antinatural, con la misma ausencia de vida que en las anteriores imágenes, como si todas pertenecieran a un mismo patrón ya establecido.
Leticia frunció el ceño.
—Pero... estaba desaparecido.
El hombre sonrió apenas.
—Eso es lo que creen todos, y para cerrar el círculo, acabamos de pasar por el despacho de la fiscal Barrientos. Parece que ha tenido un accidente bastante definitivo. Se lo digo por si tenía pensado visitarla.
Nadie habló después de eso. Los dos hombres se giraron con la misma tranquilidad con la que habían hablado. Antes de salir, el más joven se giró hacia ella.
—Si recuerda algo más, será mejor que nos llame antes de seguir investigando por su cuenta. Si sigue acercándose a ciertas personas, terminará llegando siempre unos minutos tarde.
Cerró y permaneció inmóvil apoyada en la puerta, escuchando cómo aquellos pasos se alejaban por el pasillo del edificio hasta desaparecer por completo.
Se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración.
Se dirigió a la ventana del salón y observó a través de la cortina, sin apartarse demasiado del cristal, al exterior.
La lluvia seguía cayendo sobre la calle, arrastrando reflejos amarillos sobre el asfalto mojado.
Durante unos segundos tuvo la sensación absurda de que todavía seguían en su puerta.
Vio a los dos hombres acercarse hacia el coche bajo la lluvia, con ese tipo de movimiento coordinado que no necesitaba palabras ni explicaciones, como si ambos conocieran a la perfección la secuencia de cada gesto.
El agua resbalaba por los abrigos oscuros y se acumulaba en pequeños charcos junto al bordillo mientras el sonido de la ciudad quedaba amortiguado por la tormenta.
El hombre más joven abrió la puerta trasera sin dudar y se hizo a un lado con la misma precisión con la que había permanecido en el rellano, dejando que el otro se acercara primero al vehículo.
Antes de entrar, el hombre cincuentón se detuvo un instante y se dio la vuelta hacia ella.
La miró directamente, sin prisa, como si aquel momento no tuviera ninguna urgencia, y levantó una mano con un gesto breve, casi educado, saludándola con una naturalidad que no encajaba con todo lo anterior.
No había amenaza visible en ese movimiento, ni tampoco cordialidad real, solo una forma perfectamente controlada de cerrar un encuentro que nunca había tenido intención de ser una conversación
Volvió al salón y dejó el móvil sobre la mesa.
La fotografía de la lista seguía abierta en la pantalla; los nombres, los estados, las marcas…
En aquel instante, tal vez por la conversación con los hombres, todo aquello le pareció distinto.
Más real. Más cerca. Por primera vez desde que empezó a investigar, una idea empezó a abrirse paso en su cabeza con una claridad aterradora: aquellos hombres no habían ido a detenerla.
Habían ido a verla, pero, sobre todo, habían ido para ver qué sabía.
Pensó en darse por vencida y llamar al subinspector Carlos Ferrer, el hombre que la había ayudado en varias investigaciones y en quien siempre había confiado dentro de la policía.
Incluso llegó a desbloquear el móvil y buscar su número, pero no llegó a pulsar la llamada.
Las palabras del hombre del metro regresaron de golpe a su cabeza, palabras claras, tensas y desesperadas, como si todavía pudiera escucharlo junto al ruido de las vías:
«No confíes en nadie».
El número de Carlos Ferrer desapareció de la pantalla y dejó el móvil sobre la mesa. Afuera, la lluvia seguía golpeando las ventanas, a ella solo le golpeaba el silencio.