15
Leticia salió del despacho con la carpeta apretada contra el pecho.
El pasillo le pareció más estrecho que cuando había entrado, como si el edificio hubiera encogido a su alrededor en apenas unos minutos.
A su espalda, la puerta del despacho permanecía entornada.
Se detuvo unos pasos más allá y permaneció inmóvil, manteniendo la respiración.
Sabía que lo sensato era marcharse sin embargo, su intuición, más fuerte que la prudencia, la obligó a quedarse.
Necesitaba saber qué iba a ocurrir al otro lado de aquella puerta.
Desde el despacho llegaban voces apagadas.
Leticia no alcanzaba a distinguir las palabras con claridad, solo el tono de la conversación.
Reconoció la voz de la fiscal, firme pero contenida, y la de dos hombres que hablaban con una calma inquietante.
Anduvo despacio hasta la puerta para escuchar mejor.
El pasillo permanecía desierto y en silencio, de modo que cualquier palabra que lograra atravesar la madera adquiría un peso inesperado.
Algo en aquellas voces le hizo comprender que aquella reunión no figuraba en ninguna agenda oficial y que, pasara lo que pasara al otro lado de la puerta, nadie pensaba dejar constancia de ello.
—...Ya sabe por qué estamos aquí —mencionó uno.
La respuesta de la fiscal fue demasiado baja para entenderla.
—…No pienso hablar…
Hubo un breve silencio.
—…Lo sabemos.
La respuesta llegó serena, sin el menor rastro de enfado.
—…Es por eso por lo que estamos aquí. Para que no hable.
Un ruido seco y amortiguado rompió la quietud.
Fue apenas un instante, como si algo pesado hubiera golpeado el suelo al otro lado de la puerta.
El cuerpo de Leticia no reaccionó. Solo contempló cómo un fino hilo de sangre comenzó a deslizarse por debajo de la puerta del despacho, avanzando despacio sobre las baldosas del pasillo.
No corría ni se extendía con rapidez; se abría paso con una lentitud insoportable, dibujando una línea oscura que parecía avanzar segundo a segundo hacia ella.
Aquella calma resultaba mucho más perturbadora que cualquier grito.
Aunque el cuerpo ya había empezado a reaccionar antes que su cabeza al contemplar la sangre, avanzó deprisa hacia las escaleras intentando mantener la calma.
El edificio estaba demasiado silencioso y cada paso resonaba sobre el mármol con un eco seco que parecía perseguirla desde el fondo del pasillo.
Apoyó una mano en la barandilla mientras bajaba por las escaleras y fue cuando se detuvo de golpe, sin saber exactamente por qué.
Seguido, bajó las escaleras rápido, sin dudar, sin mirar atrás.
Al salir del edificio, el aire frío le golpeó el rostro con violencia.
La calle seguía exactamente igual: coches pasando, gente caminando bajo la lluvia, vida normal continuando sin enterarse de nada.
Pero ella ya no veía lo mismo. Mientras se alejaba, entendió que no había estado dentro de una conversación.
Había estado dentro de una cuenta atrás.
No quiso volver a apartamento después de lo ocurrido en el despacho de la fiscal, como si cruzar de nuevo la puerta de su apartamento significara aceptar en voz alta todo lo que su mente ya se negaba a ordenar con claridad.
Caminó sin rumbo durante varias manzanas por calles que apenas registraba, hasta que terminó entrando en una cafetería de paso abarrotada, cerca de la Gran Vía.
Se arrinconó en una mesa alta al fondo del local, buscando un ángulo desde el que pudiera vigilar la entrada sin ser vista.
El lugar bullía con el murmullo de ejecutivos, el traqueteo de la cafetera exprés y el olor a bollería mezclado con la humedad de los paraguas.
Se quedó quieta unos segundos, con las manos todavía tensas sobre la mesa, intentando que la respiración volviera a un ritmo normal, pero el cuerpo seguía en estado de alerta, como si no hubiera terminado de salir del edificio de la fiscal.
Estaba tan alterada que, cuando el camarero se acercó sin demasiado interés, apenas fue capaz de pensar con claridad y le pidió una tila casi sin darse cuenta de lo extraño que resultaba en ella aquel gesto, como si su propia mente hubiera reducido todas las decisiones posibles a algo mínimo, casi infantil, únicamente para no seguir enfrentándose a lo que acababa de comprender.
Mientras esperaba la bebida, permaneció mirando la puerta del bar sin realmente verla, con la sensación cada vez más firme de que ya no se trataba solo de nombres en una lista ni de investigaciones antiguas enterradas en archivos, sino de un mecanismo en marcha que seguía funcionando con independencia de lo que ella hiciera a partir de ese momento.
Entre los documentos había un informe de la declaración de Samuel Varela a la fiscal.
Se trataba de una copia que la fiscal había guardado para ella.
La declaración de Samuel estaba ahí, transcrita con frialdad judicial, pero lo que antes había parecido confuso ahora encajaba con una claridad incómoda.
Samuel no se retractaba ni dudaba. Mantenía su versión de que vio a varios policías asesinar a unos hombres y quedarse con unos paquetes.
Leticia cerró el documento. Tenía entre sus manos una prueba de que todo era real.