14
A las diez de la noche, despertó de un sobresalto casi sin saber donde estaba.
Apoyando las manos en la pared, se puso en pie con la sensación constante de que el coche seguía esperando al otro lado de la calle.
La oscuridad del piso fue cambiando de tonalidad conforme la noche se rendía, pasando del negro cerrado a un gris sucio y frío que empezó a recortar los muebles del salón.
Continuó revisando la lista sentada frente al portátil mientras la noche avanzaba ante ella.
Cuanto más profundizaba en aquellos nombres, más imposible le resultaba detenerse.
Hubo uno en particular que consiguió llamar su atención de inmediato: Alicia Barrientos.
El nombre le resultaba familiar de una forma vaga y lejana, como un recuerdo enterrado entre decenas de noticias antiguas que había leído años atrás.
Comenzó a buscar artículos olvidados, entrevistas antiguas y fragmentos del caso Varela archivados en hemerotecas digitales mientras fuera la lluvia seguía golpeando los cristales con una monotonía inquietante.
Alicia Barrientos había sido la fiscal relacionada con el juicio suspendido de Samuel Varela y su nombre aparecía repetidamente asociado a varias decisiones polémicas tomadas durante la investigación.
Cuanto más leía, más extraña se volvía la imagen que empezaba a construirse alrededor de ella.
Los titulares hablaban de «presiones institucionales», de irregularidades procesales y de la suspensión repentina de varias declaraciones clave pocos días antes del juicio.
Había entrevistas antiguas en las que Alicia evitaba responder directamente ciertas preguntas y comparecencias públicas donde su lenguaje corporal transmitía algo que los periodistas de entonces apenas mencionaron: incomodidad e incluso, miedo.
En una fotografía tomada a la salida de los juzgados aparecía rodeada de cámaras, pero su mirada no estaba dirigida hacia los periodistas, sino hacia algún punto fuera de la imagen, como si estuviera más preocupada por quién observaba desde lejos que por las preguntas que acababa de responder.
Siguió leyendo durante varios minutos más, hasta que una idea incómoda comenzó a tomar forma dentro de su cabeza.
Alicia Barrientos no parecía una mujer que hubiera archivado el caso por voluntad propia ni alguien interesado en proteger a los responsables desde el principio.
Todo lo contrario. Cuanto más revisaba declaraciones antiguas y documentos perdidos entre archivos digitales, más daba la impresión de que en algún momento había intentado seguir adelante con la investigación…
hasta que algo la obligó a detenerse. Miró su etiqueta.
OBSERVADA
***
A las ocho de la mañana de un nuevo día, y después de apenas un par de horas de sueño interrumpido y demasiadas tazas de café acumuladas sobre la mesa del salón, decidió dirigirse directamente al despacho de Alicia Barrientos sin pedir cita previa.
Había pasado gran parte de la noche revisando artículos antiguos, declaraciones perdidas y documentos relacionados con el caso Varela, y cuanto más leía más aumentaba la sensación de que la fiscal sabía algo que nunca llegó a declarar oficialmente.
Ya no le bastaba con seguir reuniendo piezas desde la distancia, necesitaba verla; escucharla hablar y comprobar si aquella incomodidad que aparecía en las fotografías y entrevistas seguía existiendo tantos años después.
Antes de salir se acercó a la ventana del salón y entreabrió apenas la cortina.
El gesto se había convertido ya en algo automático, casi instintivo desde la noche anterior.
Miró hacia la calle buscando aquello que no la había dejado dormir.
El asfalto seguía mojado por la lluvia de la madrugada y una luz gris y fría cubría todavía los edificios de la avenida, pero la calle aparecía prácticamente desierta a aquellas horas.
No había movimiento, ningún vehículo detenido frente al portal ni ninguna silueta esperando dentro de un coche oscuro con el motor encendido.
El coche había desaparecido y, sin embargo, aquello no consiguió tranquilizarla.
Mientras observaba la calle vacía sintió una inquietud todavía peor que la de la noche anterior, porque al menos entonces sabía dónde estaba la amenaza.
Ahora no. Ahora tenía la sensación de que simplemente había dejado de verla.
El despacho se encontraba en un edificio oficial, sobrio y ordenado, de esos donde el silencio parecía formar parte del reglamento.
Leticia tardó unos segundos en superar los controles de acceso antes de que una secretaria le indicara el camino.
Cuando por fin entró, la fiscal seguía concentrada en un expediente abierto sobre la mesa.
No levantó la vista de inmediato; pasó una página con calma, como si quisiera terminar la línea que estaba leyendo antes de atenderla.
Solo entonces alzó la cabeza. Su expresión no reflejaba sorpresa, sino la serena resignación de quien llevaba demasiados años enfrentándose a asuntos incómodos y sabía reconocer una visita que no respondía a la simple rutina.
—No suelo recibir periodistas sin cita —dijo la fiscal sin mirarla.
—No vengo por un artículo —respondió Leticia.
—¿Y a qué viene entonces?
—Vengo por el caso Samuel Varela.
La palabra bastó para que el bolígrafo se detuviera en el aire. La fiscal levantó la vista por primera vez. Su expresión no fue de sorpresa, sino de reconocimiento.
—Ese caso está cerrado.
—Pues creo que alguien lo quiere abrir de nuevo.
—¿Duda de la palabra de una fiscal?
—De lo que no tengo duda es de que llevan días vigilándome.
Un silencio incómodo se instaló entre ambas. La fiscal cerró el expediente y lo apartó con cuidado, como si de repente hubiera perdido interés en todo lo demás.
—Qué quieres saber.
Leticia dudó un instante, pero terminó sacando el móvil para mostrarle la fotografía de la lista.
La fiscal no tocó la pantalla, solo la miró.
Su gesto cambió muy poco, apenas una tensión leve en la mandíbula, un parpadeo demasiado lento, pero fue suficiente para que Leticia entendiera que reconocía exactamente lo que estaba viendo.
—¿De dónde has sacado esto?
—No importa —dijo Leticia—. Son sus viejos amigo s.
La fiscal tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz había bajado un tono.
—No tengo nada que ver con ellos.
—Usted está en esta lista, ¿por qué?
—Recuerdo el caso Varela. Hubo muchas presiones.
—Amenazas, más bien.
La fiscal apartó la mirada un instante antes de asentir lentamente.
—Me dieron a elegir entre dinero o quedarme callada.
—¿Y qué eligió?
—El silencio. No quise coger su dinero. Preferí olvidarme del tema y continuar con mi vida.
La habitación quedó en silencio unos segundos. Leticia observó cómo la mujer evitaba mirarla directamente, como si después de tantos años todavía le costara pronunciar ciertas cosas en voz alta.
—Pero ahora todo ha vuelto —continuó finalmente—. La muerte del policía en el metro… la del juez… esto no son coincidencias. Todos los que aparecen en esa lista, o simplemente han estado demasiado cerca de ella, tienen los días contados.
Leticia frunció el ceño.
—¿Quiénes son? ¿La policía?
La fiscal negó con la cabeza.
—No es tan simple.
Se inclinó apenas hacia delante y bajó todavía más la voz.
—La policía solo es una parte, los jueces otra y los políticos otra distinta.
El problema es que usted sigue pensando que esto funciona como grupos separados, pero no es así.
No hay una organización concreta. No hay un despacho donde todos se sienten juntos a decidir nada. Lo que existe es algo peor.
Leticia no dijo nada. La fiscal sostuvo su mirada unos segundos antes de continuar.
—Favores, silencios. Personas que se deben cosas desde hace años. Gente que aprendió demasiado pronto que mirar hacia otro lado sale más rentable que enfrentarse a ellos. Y cuando alguien rompe ese equilibrio… desaparece.
—¿Como el policía muerto?
La fiscal tardó demasiado en responder.
—Como todos.
Se levantó y cerró la puerta del despacho con llave. Ese gesto hizo que Leticia sintiera por primera vez que la conversación ya no era normal.
—Escúchame bien —dijo la fiscal, volviendo a su silla—. Ese caso no se suspendió por errores. Se suspendió porque alguien decidió qué podía llegar a juicio y qué no. Se borraron los videos y cualquier prueba que pudiera ser incriminatoria.
—¿El juez?
—El juez obedeció.
Leticia sintió un escalofrío.
—Entonces, ¿quién?
La fiscal tardó unos segundos en responder, como si estuviera midiendo cada palabra.
—Hay gente que no aparece en los informes, Leticia. Gente que no investiga… que clasifica.
El móvil de la fiscal vibró sobre la mesa. Una sola vez. Luego otra y otra. No lo miró pero Leticia sí.
—¿Está esperando algo?
La fiscal negó, pero no de forma convincente.
—Escúchame —dijo más rápido—. Si tienes esa lista, no la enseñes. No la compartas.
—¿Sabes algo de Arcoíris 34?
La fiscal dejó la frase suspendida, y ladeó la cabeza hacia la ventana.
Su expresión cambió apenas un instante, lo suficiente para que Leticia lo notara.
Abajo, junto a la acera, dos hombres acababan de salir de un coche negro.
No miraban alrededor, no lo necesitaban.
Uno de ellos pegó unas chupadas a un cigarro mientras el otro empujaba la puerta principal del edificio.
La fiscal abrió la puerta del despacho y bajó la vista hacia el ascensor del pasillo.
Por primera vez desde que Leticia había entrado en el despacho, pareció realmente asustada.
—Ya están aquí.
Leticia se levantó instintivamente.
—¿Quién?
La fiscal no respondió. Miraba el ascensor como si estuviera escuchando algo que Leticia todavía no podía oír.
—Vete —dijo finalmente, muy bajo—. Si quieres seguir con vida, olvídate de todo.
Leticia dio un paso hacia ella.
—Necesito saber quién está detrás de esto.
La fiscal negó con la cabeza.
—No necesitas saberlo. Necesitas olvidarte de todo.
El segundo sonido fue más claro. Esta vez llegó desde el pasillo con pasos lentos y Firmes. La fiscal abrió un cajón con rapidez contenida, sacó una carpeta marrón desgastada y la empujó hacia Leticia sin mirarla, como si en aquel momento ya no quedara tiempo para explicaciones.
—Si sales de aquí con vida, no vuelvas a buscarme.
Leticia cogió la carpeta.
—¿Qué es esto?
No respondió. La puerta del despacho empezó a abrirse desde fuera, y sin apartar la vista, susurró por última vez:
—Vete por las escaleras del pasillo de la derecha, no pierdas tiempo.