13
La lluvia caía con más fuerza cuando salió a la carretera y el limpiaparabrisas golpeaba el cristal con un ritmo constante y casi hipnótico mientras las luces de los coches se deshacían en reflejos alargados sobre el asfalto mojado.
Madrid parecía distinta bajo aquella tormenta, más fría, más vacía, como si la ciudad entera hubiera quedado suspendida dentro de un día interminable.
Encendió la radio por pura inercia, buscando cualquier ruido que consiguiera romper el silencio que llevaba acompañándola desde el metro, pero apenas soportó unos segundos las voces del locutor antes de volver a apagarla.
El sonido le resultó artificial para todo lo que estaba ocurriendo.
Al mirar por el retrovisor, observó que un vehículo oscuro circulaba detrás de ella a la misma distancia desde hacía varias calles.
Lo reconoció de inmediato. Era el mismo coche que había visto estacionado frente al domicilio del juez antes de marcharse.
Las luces blancas atravesaban la lluvia con una quietud extraña, sin acercarse demasiado y sin intentar adelantarla.
Durante unos segundos intentó convencerse de que podía tratarse de una coincidencia, otro conductor regresando a casa bajo la tormenta, pero la sensación incómoda que comenzó a cerrársele en el pecho, le dijo que ni ella misma terminaba de creerse aquella explicación.
El pulso empezó a acelerársele poco a poco.
Cuando llegó a la primera rotonda decidió comprobarlo.
Entró despacio y dio una vuelta completa sin tomar ninguna salida, fingiendo indecisión.
El coche hizo exactamente lo mismo; ni un segundo de duda, ni un movimiento extraño, tan solo se mantuvo detrás de ella describiendo el mismo círculo bajo la lluvia como si aquello formara parte de una maniobra ensayada.
Leticia apretó las manos contra el volante con más fuerza.
Tomó la segunda salida y aceleró ligeramente por encima de lo normal mientras el corazón comenzaba a golpearle el pecho con violencia.
Volvió a mirar por el espejo y el vehículo seguía allí.
Dos calles después, giró sin señalizar, enlazando varias vías estrechas del centro casi de manera impulsiva, buscando perderlo entre semáforos, taxis y cruces mal iluminados.
Pero el coche continuó detrás de ella con una calma inquietante, manteniendo siempre la misma distancia, sin cometer errores y sin precipitarse, como si quien condujera no tuviera ninguna prisa porque supiera perfectamente que tarde o temprano acabaría llevándolos exactamente al lugar que buscaba.
Sintió un nudo helado cerrársele en el estómago.
Ya no intentaba convencerse de que aquello fuera casualidad.
Cuando finalmente llegó a su calle, el coche redujo la velocidad unos metros detrás y permaneció inmóvil bajo la lluvia, con los faros encendidos atravesando la oscuridad de la avenida vacía.
Leticia apagó el motor, pero no salió inmediatamente del vehículo.
Se quedó quieta, respirando despacio, mirando el retrovisor mientras aquellas luces blancas permanecían clavadas sobre ella como dos ojos inmóviles, observando cada uno de sus movimientos.
Estando ya en casa, cerró la puerta y echó el pestillo inmediatamente, casi de manera automática, como si aquel simple gesto pudiera mantener fuera todo lo que estaba viviendo.
Se quedó en la oscuridad del recibidor, todavía con las llaves entre los dedos, intentando acompasar la respiración mientras el sonido de la lluvia seguía golpeando las ventanas del salón con una insistencia constante y nerviosa.
El apartamento estaba completamente a oscuras y durante un instante tuvo la sensación incómoda de que el silencio dentro de casa no era un refugio, sino algo mucho más opresivo.
Había conducido mirando continuamente por el retrovisor, incapaz de ignorar la presencia del vehículo oscuro que permaneció detrás de ella demasiado tiempo como para seguir considerándolo una coincidencia.
Cada semáforo, cada giro y cada calle vacía solo habían servido para confirmar lo que ya sabía desde hacía rato: alguien la estaba siguiendo con demasiada paciencia para improvisar.
Finalmente encendió la luz del salón y el resplandor cálido iluminó el apartamento vacío, pero ni siquiera aquello consiguió tranquilizarla del todo.
Se acercó lentamente hasta la ventana sin apartar demasiado la cortina y miró hacia la calle.
La lluvia deformaba las luces de las farolas sobre el asfalto mojado y durante unos segundos no vio nada extraño.
Después distinguió el coche. Seguía allí, estacionado unos metros más abajo e inmóvil bajo la tormenta, con los cristales oscurecidos y el motor aparentemente encendido.
No había movimiento en su interior, tampoco ninguna puerta abriéndose, ni ninguna figura descendiendo del vehículo.
Solo aquella presencia silenciosa esperando al otro lado de la calle como si no tuviera necesidad de esconderse.
Apartó la cortina sintiendo cómo el pulso volvía a acelerársele y por primera vez desde el metro entendió que aquello ya había dejado de ser únicamente una investigación, porque alguien no solo sabía quién era, también sabía dónde vivía.
Las horas pasaron muertas y cada minuto, pesó más que el anterior.
El silencio se volvió denso, casi sólido, roto nada más que por el silbido lejano del tráfico de Madrid y el latido desbocado de su propio pecho.
Leticia permaneció allí, sentada en el parqué frío, con las rodillas pegadas al cuerpo y los dedos clavados en la tela de su ropa, como si necesitara aferrarse a algo real para no terminar de romperse.
Los ojos comenzaron a menguar hasta que se quedó transpuesta.