No confíes en nadie (Leticia Santos 3) 12
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En la mañana, el nombre del juez apareció en las noticias.

Leticia estaba en su domicilio cuando la imagen de una vivienda acordonada ocupó la pantalla del informativo de fondo.

Al principio no le prestó demasiada atención: policía, flashes, periodistas, el movimiento habitual de una escena reciente.

Hasta que oyó el nombre: Ricardo Utrera.

Horas después, cuando las primeras fotografías de la inspección ocular se filtraron sin censura en los foros de la prensa digital, Leticia tardó varios segundos en comprender qué era lo que en verdad le resultaba inquietante.

No la sangre ni los disparos, sino la serenidad de aquella escena.

A través de las imágenes de alta resolución, el salón parecía una estancia perfectamente ordenada donde el eco de la pólvora casi podía olerse entre el rancio aroma del whisky y el tabaco.

Sobre la mesa baja del salón, la cámara forense había captado un cenicero con dos cigarros consumidos: uno de boquilla blanca y corte premium , apagado con pulcritud a la mitad, y otro de filtro amarillo corriente, aplastado con nerviosismo contra el cristal.

Aquello no parecía un asesinato; parecía una reunión que había terminado exactamente como el juez le había dicho que iba a acabar.

Por eso, que la policía hablara primero de suicidio antes de que el caso fuera sepultado en un repentino y sospechoso silencio mediático, solo confirmaba sus peores temores.

No había arma, ni señales de forcejeo, ni nada roto. Solo un pacto de muerte.

No pudo permitirse flaquear, y continuó con la lista, sin embargo, ahora lo hizo con una atención distinta, más fría y más precisa, como si cada nombre hubiera dejado de ser un simple dato para convertirse en una pieza de algo que aún no terminaba de mostrarse del todo.

El nombre de Ricardo Utrera seguía allí, pero la palabra CONTROLADO ya no le resultó un estado administrativo ni una anotación técnica, sino una sentencia cumplida, una forma discreta de confirmar que alguien había cerrado un capítulo sin dejar margen a ninguna explicación adicional.

A partir de ahí empezó a recorrer el resto de nombres con una paciencia distinta, intentando reconstruir mentalmente todo lo que sabía del caso Varela y de los años posteriores, buscando un patrón que hasta entonces se le había escapado entre la confusión y la urgencia de la noche anterior.

Jueces, periodistas, fiscales… perfiles aparentemente desconectados entre sí pero que, vistos ahora con distancia, habían pasado de una forma u otra cerca del mismo caso, rozándolo sin llegar a tocarlo directamente o desapareciendo justo después de hacerlo.

Entonces encontró uno que apenas recordaba.

Esteban Roldán.

Tardó unos segundos en situarlo, rebuscando en la memoria como si intentara encajar un rostro en una fotografía antigua ya desvaída.

No era policía ni fiscal, tampoco alguien que hubiera ocupado titulares importantes o ruedas de prensa, sino el abogado que representó a la familia de Samuel Varela durante el juicio que terminó suspendiéndose en circunstancias nunca del todo aclaradas.

Un nombre secundario, de esos que la prensa menciona al principio y olvida en cuanto la historia avanza hacia otros focos más llamativos, y fue por eso mismo que empezó a resultar significativo ahora, porque era el tipo de persona que podía haber escuchado cosas que nunca llegaron a declararse oficialmente, detalles que quedaron fuera de los informes, contradicciones que no llegaron a juicio o conversaciones que nunca se registraron en ningún documento.

Volvió a mirar la línea bajo su nombre, más despacio esta vez, y sintió cómo algo en el patrón empezaba a tensarse.

ACTIVO.

A las diez y media, se presentó en el despacho del abogado.

Se hallaba en una calle estrecha del centro, escondido entre una gestoría y una cafetería casi vacía donde un camarero limpiaba vasos con desgana detrás de la barra.

Era una de esas calles que parecían vivir siempre a media luz, incluso de día, con edificios antiguos cubiertos de humedad y escaparates envejecidos que daban la sensación de llevar años esperando cerrar definitivamente.

Aparcó unos metros más abajo y permaneció unos segundos dentro del coche observando la fachada. Nada destacaba. No había ningún movimiento extraño, ni ningún coche sospechoso; solo el ruido lejano del tráfico, el aire con aroma a asfalto mojado y la lluvia golpeando suavemente su parabrisas.

Bajó del vehículo ajustándose el abrigo. Caminó despacio por la acera hasta detenerse frente al portal. Sobre el telefonillo había varias placas metálicas desgastadas por el tiempo: Administrador de fincas, asesoría fiscal, dentista…. Y casi al final, en letras pequeñas y apagadas:

«Esteban Roldán. Abogado.»

Observó el nombre durante unos segundos.

Apenas aparecía en internet y apenas existían fotografías suyas.

Un abogado discreto, especializado en casos menores y asuntos familiares.

Tal vez por eso le pareció extraño que hubiera terminado relacionado con Samuel Varela.

Aquel hombre había pasado demasiado desapercibido durante demasiado tiempo.

Empujó la puerta del edificio y entró. El portal era viejo, estrecho y oscuro.

Las luces automáticas tardaron varios segundos en encenderse.

El olor a humedad subía desde las escaleras mezclándose con el aroma amargo del café recalentado que llegaba desde la cafetería de abajo.

Empezó a subir despacio, escuchando cómo sus propios pasos resonaban en el hueco de la escalera.

Primer piso… Segundo piso… Y en el tercero lo vio. La puerta del despacho estaba entreabierta. Sin pensarlo, entró.

Había una lámpara encendida al fondo; una taza de café todavía humeante sobre la mesa varios archivadores abiertos en el suelo, y una silla caída junto al escritorio.

Avanzó con cautela.

—¿Señor Roldán?

Nadie respondió. Entonces vio el cajón abierto, vacío, con papeles arrancados y espacios limpios donde antes debía de haber carpetas.

Aquello no parecía un robo. Parecía una retirada.

Un movimiento rápido y organizado. Su mirada se detuvo en el escritorio.

Había marcas recientes sobre el polvo, como si alguien hubiera arrastrado varias cajas apenas unos minutos antes.

Entonces escuchó pasos en el rellano. Leticia se giró de golpe.

Una mujer mayor apareció al otro lado de la puerta sujetando una bolsa de la compra.

—¿Busca a Esteban?

—Sí.

La mujer dudó un instante.

—Llegó gente esta mañana muy temprano, y se marcharon hace menos de una hora.

—¿Qué gente?

—No lo sé. Dos hombres.

Leticia sintió un escalofrío subirle por la espalda.

—¿Y Esteban?

La mujer frunció el ceño.

—Me parece que sí se fue con ellos.

El silencio volvió a llenar el despacho. Leticia entendió algo horrible: no había llegado para hablar con Esteban Roldán. Había llegado después de que alguien se lo llevara.

Salió del despacho sin decir nada más. Descendió por las escaleras mientras el eco de sus pasos retumbaba en el edificio vacío.

Afuera, no paraba de llover. El aire húmedo le golpeó el rostro al salir a la calle, pero apenas lo notó.

Se detuvo junto al coche y volvió a sacar la fotografía de la lista que guardaba en su móvil.

Esteban Roldán. ACTIVO. Durante unos segundos se quedó mirando aquella palabra fija sobre la pantalla.

Ya no parecía una simple etiqueta, ahora sonaba a algo peor.

Como si alguien hubiese decidido actuar antes incluso de que ella llegara.

Cerró el móvil. Por primera vez empezó a tener la sensación de que no estaba siguiendo una pista, sino entrando exactamente donde alguien quería que entrara.

Abrió la puerta del vehículo y se sentó al volante con las manos temblando sobre la llave de contacto, consciente de que la cuenta atrás no iba a detenerse por ella.