11
El nombre del juez Ricardo Utrera, aparecía al principio de la lista con el estado de CONTROLADO.
Lo observó durante unos segundos mientras intentaba recordar dónde lo había escuchado por última vez.
Tardó poco en hacerlo; fue aquel juez quien suspendió el juicio de Samuel Varela diez años atrás.
Oficialmente por irregularidades en el procedimiento.
Extraoficialmente, nadie supo nunca qué ocurrió realmente.
Empezó a buscar entre artículos de internet.
Las primeras noticias hablaban de un magistrado respetado, especializado en casos complejos y conocido por su dureza en los tribunales.
Las fotografías mostraban a un hombre serio e impecable, siempre rodeado de periodistas a la salida de la Audiencia Provincial.
Las noticias más recientes eran distintas; hablaban de un hombre retirado, con problemas con el alcohol y una baja prolongada poco antes de abandonar definitivamente la judicatura.
Encontró una dirección actual en pleno corazón de Madrid.
La lluvia seguía golpeando las ventanas del salón mientras volvía a mirar la lista.
Alguien había matado por aquellos nombres y Ricardo Utrera seguía vivo.
Hizo un par de llamadas pidiendo favores para averiguar dónde residía el juez.
Uno de esos favores le dio una dirección.
Cogió las llaves del coche y salió de casa a las ocho de la tarde.
Aquel hombre que el alcohol había retirado, residía en uno de aquellos edificios antiguos que parecían existir fuera del tiempo en el barrio de Salamanca.
La fachada de piedra estaba impecablemente limpia y las ventanas altas permanecían cerradas pese a la humedad de la tormenta.
No había cámaras visibles ni seguridad exagerada; ya no la necesitaba.
El portal olía a madera encerada y silencio caro.
Un portero uniformado levantó la vista apenas un segundo cuando Leticia entró, como si estuviera acostumbrado a ver personas llegar sin hacer preguntas y marcharse sin respuestas.
Subió en el ascensor entre plantas silenciosas hasta detenerse en el ático.
Llamó dos veces a la puerta, pero nadie respondió.
Cuando estaba a punto de marcharse escuchó el sonido de varios cerrojos abriéndose.
La puerta apenas se entreabrió unos centímetros.
Un hombre de barba descuidada y ojos cansados apareció al otro lado.
El olor a alcohol salió antes que sus palabras.
—¿Sí?
Leticia tardó un instante en reconocerlo. Costaba encontrar en aquel hombre derrotado, al juez pulcro que aparecía en las fotografías antiguas.
—¿Ricardo Utrera?
El hombre no respondió.
—Soy Leticia Santos. Periodista.
El nombre pareció incomodarle.
—No hablo con periodistas.
Intentó cerrar la puerta, pero Leticia habló antes.
—Vengo por el caso Samuel Varela.
El movimiento del juez se detuvo de golpe. El silencio que siguió fue demasiado largo. Ricardo bajó la mirada, como si aquel nombre hubiera regresado desde un lugar que llevaba años intentando mantener enterrado.
—¿Puedo pasar?
El juez sin decir nada, abrió la puerta.
Leticia entró, sin embargo, tuvo la sensación incómoda de no estar entrando en la casa de un hombre, sino en un lugar construido específicamente para mantenerse lejos del ruido del mundo.
Todo allí transmitía una calma antinatural: las alfombras gruesas, la iluminación cálida, y los cuadros clásicos perfectamente alineados sobre las paredes oscuras.
A través de los ventanales podía verse Madrid extendiéndose bajo la noche, lejana y pequeña, como si la ciudad perteneciera a otra gente y las decisiones importantes se tomaran siempre muy por encima de ella.
—Ese caso terminó hace mucho tiempo.
—No para todos.
El juez observó la calle vacía antes de volver a mirarla. Parecía nervioso.
—¿Quién más sabe que estás aquí?
La pregunta la descolocó.
—Nadie.
El juez soltó una risa seca y cansada.
—Entonces todavía no entiende en qué se está metiendo, señorita…
—Leticia Santos. Para eso he venido, para que me lo diga usted.
El juez la condujo hasta una habitación en la que parecía haber instalado su vida. Le hizo un gesto para que se sentara.
—Sabía que alguien vendría… pero no que sería una periodista.
—¿A qué se refiere?
—Cuando vi la noticia del policía muerto en el metro, supe que esto no había terminado. Aunque si le digo la verdad, siempre pensé que el final, solo estaba en la muerte.
—¿Sabía quién era?
—Lo reconocí.
—¿Por qué suspendió el juicio?
El juez soltó otra risa seca y amarga.
—Por lo mismo que haría cualquiera.
—¿Dinero? —cuestionó Leticia.
—Mucho dinero.
Leticia lo observó en silencio.
—Pero usted era un juez respetado, no lo entiendo.
—Todos somos respetados hasta que nos ponen un maletín encima de la mesa, señorita Santos.
—No meta a todo el mundo en su fango, algunos dejamos los principios en el mismo sitio donde los encontramos.
—Eso es porque su precio todavía no ha salido a subasta. Pero llegará.
—¿Y le mereció la pena vivir así? —preguntó Leticia señalando la habitación desordenada, el olor a alcohol y una vida detenida.
—No lo entiende. Con esa gente no haces un trato… haces un pacto. Y un pacto con el diablo solo termina cuando uno de los dos muere.
—Pero usted sigue vivo.
—Lo sigo porque un hombre destruido da menos problemas que un hombre muerto.
Leticia frunció el ceño.
—No entiendo.
—Desde entonces he estado controlado. No directamente, pero cada cierto tiempo aparecían, comprobaban que siguiera callado.
Esa sensación constante de que podían hacer cualquier cosa…
me llevó hasta aquí. Nunca debí aceptar aquel dinero, pero lo peor no fue ver a hombres que llevaban toda la vida persiguiendo delincuentes comportarse como ellos... sino convertirme en uno de ellos.
—Todavía puede ir a la policía.
El juez negó.
—Ellos son la policía. Y con el paso del tiempo… seguro que hay peces más gordos en la charca.
Leticia sacó el móvil.
—Tengo una lista con nombres de personas que tuvieron algo que ver. Los he localizado a través de esto.
Le mostró la pantalla. El juez recorrió los nombres en silencio. Su expresión cambió poco a poco, endureciéndose.
—Pero no entiendo —continuó Leticia— lo de las etiquetas.
—Eso no son etiquetas —dijo al fin—. Son dianas. Esas personas ya están muertas.
—¿Los reconoce?
—A todos. Cada uno se llevó su tajada.
—¿Sabe qué fue de ellos?
—No, ni quiero saberlo.
El juez apartó la mirada de la lista como si le quemara en las manos. Durante unos segundos no dijo nada, solo respiró con dificultad, como si hubiera recordado algo que llevaba años intentando olvidar.
—¿Quién llevaba todo aquello? —cuestionó Leticia.
—Nunca lo vi, solo había un intermediario, nadie pronunciaba nombres.
El juez permaneció unos segundos en silencio.
—¿Sabe cuál fue mi mayor error, señorita Santos?
Leticia negó con la cabeza.
—Pensar que el hombre que me entregó el dinero era el peligro.
Frunció el ceño.
—¿No lo era?
El juez esbozó una sonrisa amarga.
—No, el verdadero peligro siempre llegaba después.
—¿Después?
—Siempre aparecía alguien para asegurarse de que nadie hablara. Ese era el hombre al que todos temían.
Leticia sintió un escalofrío.
—¿Llegó a conocerlo?
El juez tardó unos segundos en responder.
—No, y si usted llega a conocerlo... será porque ya es demasiado tarde.
Ambos se quedaron en silencio.
—No debería haber venido aquí —murmuró el juez.
Leticia se levantó despacio, sin apartar los ojos de él.
—Necesito saber quién sigue en esa lista.
El juez negó, casi imperceptiblemente.
—Ya no es una lista. Es un aviso. Lo más seguro es que sepan ya quién la tiene. Por su bien, yo lo dejaría.
—¿Y si no lo hiciera?
—Yo miraría siempre a mi espalda.
Se acercó a la puerta y la abrió con urgencia, sin mirarla.
—Váyase ahora, y no vuelva a pronunciar esos nombres en voz alta.
—Solo una cosa más, ¿sabe algo de Arcoíris 34?
—No, ahora váyase.
Leticia dudó un segundo, pero salió. La puerta se cerró a sus espaldas con un golpe seco que resonó en el pasillo de la casa.
Se quedó un segundo inmóvil en el exterior, con la lluvia fina empapándole los hombros sin que apenas lo notara.
Caminó hacia su coche sin prisa, aunque el pulso ya le golpeaba con fuerza en las sienes.
Sacó las llaves del bolso y lo vio. Un coche estaba aparcado unos metros más abajo, en el borde de la calle y con el motor encendido.
Los cristales estaban ligeramente tintados, pero alcanzó a distinguir una silueta en el interior.
El parabrisas del coche reflejaba las luces tenues de la calle, pero no hubo movimiento, ni prisa, ni reacción.
Solo espera. Un segundo después, el vehículo arrancó con suavidad.
No aceleró ni huyó, simplemente empezó a avanzar, manteniéndose a la misma distancia que ella.
Leticia no se giró de inmediato. Continuó caminando hasta su coche, pero ya no miraba la casa del juez.
Ahora miraba la calle. Y entendió algo sin necesidad de que nadie se lo explicara: ya no estaba sola.
Aquella misma noche, sentado en el salón del ático, todavía vestido y con la ciudad extendiéndose detrás de los ventanales como un reflejo lejano y enfermo, asesinaron al juez y a su mujer.
Cuando la asistenta abrió la puerta por la mañana, la lámpara junto al sillón seguía encendida y el tocadiscos reproducía una pieza de jazz a volumen muy bajo.
El juez tenía una copa de whisky en la mano derecha y una pequeña mancha oscura descendía desde el cuello de la camisa hasta perderse bajo la chaqueta; su frente albergaba un único disparo limpio y preciso.
A unos pocos pasos, su esposa descansaba en la otra butaca, con las manos cruzadas sobre el regazo y la cabeza ladeada hacia la ventana, como si se hubiera quedado dormida contemplando el skyline de Madrid antes de recibir el mismo impacto certero.
Nadie en el edificio escuchó nada o fueron instigados a no decir nada.