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El coche avanzaba por la carretera mojada mientras la lluvia golpeaba el parabrisas en intervalos constantes, como si marcara un ritmo que Leticia no conseguía seguir.
Aún tenía la voz de Rubén en la cabeza, repitiéndose una y otra vez con frases desordenadas: «no hubo presiones, hubo amenazas», «dos hombres en mi casa», «esa gente no deja cabos sueltos».
Mientras pensaba, la voz del noticiario en la radio cambió de tono y algo en su interior se tensó sin saber aún por qué.
…La policía confirma la identidad del hombre hallado en el andén del metro…
Subió el volumen sin apartar la vista de la carretera.
…Se trata de Sergio Velasco, un agente en activo de la Policía Nacional…
El corazón de Leticia dio un vuelco. El sonido de la lluvia desapareció de golpe.
Llegó a casa y, nada más cerrar la puerta, encendió la televisión por impulso, buscando llenar el apartamento con cualquier sonido que consiguiera mantener lejos el silencio que llevaba horas persiguiéndola.
El canal de noticias 24 Horas apareció directamente en pantalla y durante unos segundos apenas prestó atención, ocupada todavía en dejar las llaves sobre la mesa y quitarse la chaqueta húmeda.
Entonces la primera imagen la golpeó sin previo aviso.
Ahí estaba el hombre del túnel. El mismo rostro pálido que apenas había conseguido distinguir entre la lluvia, la sangre y las luces frías del andén.
La misma mirada nerviosa y agotada de alguien que llevaba demasiado tiempo huyendo.
La fotografía aparecía ahora limpia y estable en la pantalla, acompañada de un rótulo informativo y de una voz neutra que hablaba de él como si fuera únicamente otro nombre más dentro de un informativo cualquiera.
Sintió cómo el aire del salón parecía cambiar de golpe, volviéndose más pesado, más estrecho, como si las paredes del apartamento se hubieran acercado unos centímetros sin razón aparente.
El corazón empezó a latirle más deprisa mientras observaba aquella imagen repetirse una y otra vez acompañada por titulares que hablaban de «un agente relacionado con una investigación interna» y «posibles vínculos con irregularidades todavía no confirmadas».
Todo sonaba cuidadosamente medido y preparado para alguien que, apenas unas horas antes, había muerto desangrándose en un túnel de metro mientras le suplicaba que no confiara en nadie.
La pantalla mostró un plano de la estación de Lago y esa sola palabra la arrastró de vuelta a la llamada del día anterior, cuando todavía estaba en la redacción .
Dudó antes de responder.
—¿Sí?
Durante unos segundos solo escuchó una respiración agitada.
—¿Leticia Santos?
La voz era grave y temblorosa.
—Sí, ¿quién es?
El hombre tardó unos instantes en responder.
—Necesito verte.
Leticia frunció el ceño.
—¿Para qué?
Hubo un silencio, como si estuviera mirando detrás de él.
—No puedo hablar por teléfono.
—Mire, son casi las once de la noche…
—Por favor —la interrumpió—. Solo serán cinco minutos.
Aquella frase volvió a resonar ahora dentro de su cabeza con una claridad enfermiza.
«Solo cinco minutos.»
Leticia recordó haberse quedado quieta junto a la mesa de trabajo mientras la lluvia golpeaba los cristales.
—¿Quién es usted?
Hubo otra pausa.
—Tengo algo con lo que solo tú puedes ayudarme. Es de vida o muerte. Nos vemos en media hora en la estación de Lago. Si alguien pregunta… usted no me conoce.
Después escuchó un ruido metálico al otro lado de la llamada. Voces lejanas, y entonces el hombre habló mucho más bajo.
—No venga acompañada.
El silencio regresó al apartamento con una brusquedad incómoda, el tiempo se estiró durante un minuto completo antes de que pudiera apartar los ojos del teléfono.
Poco a poco volvió al presente, sacudiéndose los recuerdos de aquella habitación apenas iluminada.
Bajó el volumen de la televisión mientras las imágenes del metro continuaban apareciendo en pantalla acompañadas por titulares cada vez más ambiguos y declaraciones cuidadosamente vacías.
Después dejó el móvil a un lado y volvió a coger la lista.
La extendió sobre la mesa con cuidado, alisando las hojas arrugadas bajo la palma de la mano mientras recorría los nombres uno a uno.
Algunos le resultaban vagamente familiares, ecos perdidos de noticias antiguas, investigaciones olvidadas o casos que habían desaparecido demasiado deprisa de los periódicos.
Otros, en cambio, no le decían absolutamente nada.
Un juez, una fiscal, un abogado… Nombres que a simple vista, mostraban tranquilidad.
Sin embargo, alguien había matado por aquella lista. Alguien llevaba años ocultando nombres, manipulando informes y eliminando cualquier rastro que pudiera conectar unas piezas que no deberían encajar.
Abrió el portátil y la luz fría de la pantalla iluminó parcialmente el salón mientras comenzaba a buscar el primer nombre.
El cansancio le pesaba detrás de los ojos, pero la necesidad de entender todo aquello era ya más fuerte que el miedo.
Empezó a abrir archivos antiguos, noticias olvidadas y artículos enterrados en hemerotecas digitales mientras una idea comenzaba a crecer poco a poco dentro de su cabeza.
Quizá el error había sido intentar relacionar directamente a las personas de la lista.
Tal vez la conexión real no estaba en quiénes eran, sino en lo que todos habían visto antes de desaparecer de una forma u otra.