9
Transcurrida una hora y cuarto de carretera bajo una lluvia constante y gris, llegó finalmente al pequeño pueblo a las cinco de la tarde.
El trayecto se le hizo más largo de lo normal, quizá porque la oscuridad, la niebla y el cansancio convertían cada kilómetro en algo más pesado, o quizá porque llevaba todo el camino mirando constantemente por el retrovisor con la sensación absurda de que aquel coche negro podía reaparecer en cualquier momento detrás de ella.
Cuando atravesó el cartel oxidado que anunciaba Horcajo de la Sierra, tuvo la impresión de estar entrando en un lugar detenido fuera del tiempo.
Las calles estrechas y empedradas descendían entre casas de piedra oscurecidas por la humedad y los años, con balcones de hierro viejo y ventanas pequeñas desde las que escapaba una luz cálida y amarillenta.
Las farolas antiguas apenas conseguían atravesar la niebla que se acumulaba entre las fachadas, dejando amplias zonas sumidas en sombras húmedas donde todo parecía más silencioso de lo normal.
En aquellas horas apenas quedaba movimiento.
Solo algún bar todavía abierto dejando escapar murmullos apagados y olor a leña mojada hacia la calle, el sonido lejano de una televisión encendida detrás de una ventana y el agua golpeando continuamente los canalones de las casas.
Redujo la velocidad y avanzó despacio entre las construcciones de estilo medieval mientras los neumáticos del coche deslizaban pequeñas corrientes de agua sobre el brillante pavimento.
El pueblo entero transmitía una sensación extraña, como si hubiera sido construido para esconderse del resto del mundo.
Hacía años que Rubén Aguas se había marchado allí después de abandonar el periódico casi de un día para otro.
Sin embargo, la vida continuó, el periódico siguió adelante y Rubén terminó convirtiéndose en otro nombre perdido entre demasiadas historias sin cerrar.
Pero mientras recorría aquellas calles vacías bajo la lluvia, empezó a preguntarse si de verdad se había marchado buscando tranquilidad o si, en realidad, llevaba años escondiéndose de algo.
Aparcó frente a la entrada de la casa y apagó el motor.
Durante unos segundos se quedó observando bajo la lluvia, la fachada de piedra húmeda.
Las ventanas estaban iluminadas tenuemente y el humo salía lento por la chimenea.
Bajó del coche y cruzó el pequeño camino de tierra mientras el agua golpeaba el paraguas con fuerza.
Levantó la aldaba y golpeó tres veces. Unos pasos resonaron al otro lado de la madera vieja.
Después, la puerta se abrió con un chirrido largo y desagradable.
Una mujer de unos sesenta años la observó desde el interior de la casa.
—¿En qué puedo ayudarla?
—Busco a Rubén Aguas.
La mujer no respondió enseguida. Sus ojos recorrieron a Leticia de arriba abajo con cierta desconfianza.
—¿Qué quiere de él?
—Hablar. Soy una vieja amiga.
—¿Cómo se llama?
—Leticia Santos, él sabe quién soy.
La expresión de la mujer cambió apenas un instante, casi imperceptiblemente.
—Espere aquí.
La puerta volvió a cerrarse. Leticia esperó bajo el pequeño tejado de la entrada intentando resguardarse de la lluvia y del viento frío que recorría la calle vacía. Escuchó voces apagadas al otro lado de la casa y después pasos acercándose de nuevo.
La mujer abrió la puerta.
—Pase.
La condujo escaleras arriba a través de un pasillo estrecho cubierto de fotografías antiguas y estanterías llenas de libros que olían a humedad.
La madera crujía bajo cada paso y el aire dentro de la casa era cálido, pero tenía esa quietud incómoda de los lugares donde parece hablarse poco.
Al final del pasillo había una puerta entreabierta de la que escapaba una luz tenue y amarillenta.
La mujer no dijo nada más. Solo señaló discretamente el despacho antes de alejarse escaleras abajo. Leticia empujó la puerta despacio.
Rubén Aguas se encontraba de pie junto a la ventana, observando la lluvia caer sobre aquel pueblo que ahora, era su hogar.
La habitación estaba casi a oscuras, iluminada únicamente por una lámpara de escritorio y por la luz gris que atravesaba el cristal empañado.
Sobre las estanterías se acumulaban carpetas, periódicos antiguos y montones de papeles desordenados que daban al despacho un aspecto más parecido al de un archivo olvidado que al de una casa particular.
Su antiguo jefe había envejecido mucho más de lo que ella esperaba.
El cabello, antes oscuro, aparecía ahora cubierto de canas y llevaba unas gafas finas que no recordaba haberle visto nunca.
Aun así, seguía transmitiendo la misma sensación de calma incómoda que tenía en la redacción cuando una historia empezaba a acercarse demasiado a algo peligroso.
—Leticia Santos… —murmuró finalmente sin girarse del todo—. Ha pasado mucho tiempo.
Su voz sonó grave, cansada, como si aquellas palabras hubieran tenido que atravesar demasiados años antes de salir.
—Casi diez años —respondió ella.
Rubén señaló una de las sillas frente al escritorio. Leticia se sentó.
—¿A qué debo esta agradable visita? Y no me digas que vienes a ver a las viejas amistades.
Dudó unos segundos antes de responder.
—Necesito hablar contigo.
Rubén le sostuvo la mirada unos instantes. Leticia no titubeó.
—Vengo por el caso Varela.
Rubén soltó una pequeña risa cansada mientras negaba con la cabeza.
—Todavía recuerdo cuando te conocí. Aún ibas en pañales y mira ahora… jefa de sucesos. Lo que es la vida.
—Rubén, por favor…
La sonrisa desapareció del rostro del hombre.
—También recuerdo lo curiosa que eras. Querías saberlo todo, cómo funcionaba el oficio… y hay cosas que son mejor no saber cómo funcionan.
Leticia le clavó la mirada.
—Me pusiste al frente de la investigación y luego manipulaste mi artículo. ¿Por qué?
Rubén tardó unos segundos en responder.
—Eras muy joven para entenderlo.
—Pero ahora no lo soy. Hubo presiones, ¿verdad?
—No hubo presiones. Hubo amenazas.
Leticia sintió cómo algo se tensaba dentro de ella.
—¿Te amenazaron?
—Dos hombres se presentaron en mi casa una noche.
—¿Policías?
—Eso es lo que me pregunto yo todavía.
El silencio cayó entre los dos durante unos segundos.
—¿Qué pasó? —preguntó finalmente Leticia.
—Que obedecí. Cerré el caso, dejé el periódico y me vine aquí con mi mujer.
La lluvia golpeó los cristales del despacho.
—¿Qué pasó en realidad con Samuel?
Rubén desvió la mirada hacia la ventana.
—Samuel vio algo que no debía ver.
—¿Qué vio?
Rubén tardó unos segundos demasiado largos en responder.
—Un asesinato. Vio cómo varios policías asesinaban a un narcotraficante y se quedaban con el dinero y la mercancía. Eso fue lo que declaró. Hubo un juicio, pero el juez terminó suspendiéndolo. Aun así, una fiscal siguió presionando para reabrir el caso y…
—Samuel apareció muerto en un piso de Vallecas —interrumpió Leticia.
Rubén asintió.
—Exacto. Después todo se archivó y oficialmente no quedó nada. Ni nombres, ni pruebas, ni responsables. Esa gente no dejó cabos sueltos.
Leticia tragó saliva.
—¿Por qué te interesa tanto un caso de hace diez años?—continuó Rubén—. ¿Estás investigando? Eso se cerró hace mucho tiempo, se destruyeron muchas pruebas y hubo gente que guardó silencio. No creo que encuentres mucho.
—No estés tan seguro. Tengo una lista.
Rubén levantó la vista de golpe.
—¿Cómo dices?
Leticia sacó el móvil y le mostró la fotografía. La expresión de Rubén cambió por completo. El color pareció desaparecerle del rostro.
—Eso es imposible…
Sus ojos recorrieron los nombres durante unos segundos demasiado largos.
—¿Cómo has conseguido esto?
Leticia sostuvo su mirada.
—Digamos que alguien perdió la vida para que la tuviera.
Rubén apartó la vista del teléfono y se quedó inmóvil, como si acabara de comprender algo que llevaba años intentando olvidar. Se levantó despacio, con las manos apoyadas en la mesa, y la miró con un terror genuino.
—Tienes que marcharte, Leticia. Ahora mismo. Si te han visto venir aquí, nos vas a matar a todos.
Ella asimiló el pánico de su mentor y se levantó sin oponer resistencia. Guardó el móvil en el bolso, sintiendo que la temperatura del despacho había bajado diez grados.
Bajaron las escaleras en un silencio sepulcral. La lluvia seguía cayendo con fuerza sobre el pueblo. Ya en la puerta, Leticia abrió el paraguas, preparándose para volver a la tormenta.
—Me ha gustado volver a verte.
Rubén esbozó una sonrisa cansada.
—Lo mismo digo.
Leticia caminó unos pasos hacia el coche, pero una idea volvió a cruzarle la cabeza. Se giró.
—¿Te suena Arcoíris 34?
Durante un instante, Rubén no respondió.
—No —dijo finalmente—. No me suena.
Leticia lo observó unos segundos más.
—De acuerdo.
Volvió a girarse.
—¡Leticia!
Ella se detuvo y miró atrás. Rubén seguía bajo el marco de la puerta, con la lluvia y la oscuridad detrás de él.
—Sea lo que sea en lo que te estás metiendo… ten cuidado.
Leticia sostuvo la mirada del hombre unos segundos antes de asentir levemente y entrar en el coche.