No confíes en nadie (Leticia Santos 3) 8
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Leticia recordó con lagunas el caso Varela al mismo tiempo que mantenía la mirada fija sobre el nombre escrito en la hoja.

Habían pasado casi diez años desde entonces, pero todavía conservaba imágenes sueltas de aquella investigación flotando en la memoria como fotografías envejecidas por el tiempo.

Recordaba titulares confusos, ruedas de prensa tensas llenas de micrófonos y flashes, y el rostro agotado de Samuel entrando a los juzgados rodeado de cámaras con una expresión que en aquel momento ella interpretó como miedo a ser condenado.

Ahora ya no estaba tan segura de qué era exactamente lo que reflejaban aquellos ojos.

También recordó el ambiente extraño que rodeó todo el caso desde el principio, la sensación constante de que había demasiada gente interesada en controlar lo que se publicaba y lo que no.

Su antiguo jefe, Rubén Aguas, decidió ponerla al frente del seguimiento del caso casi como una prueba, quizá esperando ver cuánto tardaba en rendirse o hasta dónde estaba dispuesta a llegar persiguiendo una historia incómoda.

Nunca imaginó que bajo aquella superficie existiera algo mucho más profundo, una estructura invisible capaz de sobrevivir durante años enterrando nombres, fabricando versiones oficiales y convirtiendo personas reales en simples registros dentro de documentos ocultos.

Se sentó frente al ordenador y comenzó a buscar entre carpetas antiguas, discos duros olvidados y archivos del periódico.

Apenas encontró nada. Después de tantos años, gran parte del material había desaparecido o sido eliminado durante alguna limpieza del sistema.

Maldijo en voz baja mientras abría directorios vacíos con nombres que ya ni recordaba haber creado.

Al final tuvo que apoyarse únicamente en la memoria.

Cerró los ojos un instante para visualizar a Samuel Varela.

La versión oficial decía que solo era un testigo protegido dentro de un caso de corrupción policial menor.

La versión publicada entonces hablaba de una intervención irregular en las afueras de Madrid, varios agentes suspendidos de empleo y sueldo y una investigación interna llena de contradicciones.

Sin embargo, la realidad era mucho más oscura: Samuel había presenciado cómo varios policías asesinaban a un narcotraficante en un descampado industrial para quedarse con parte de la droga y el dinero que transportaba.

Durante semanas intentó denunciar lo ocurrido, declaró ante Asuntos Internos, e incluso llegó a identificar a algunos agentes implicados.

El caso llegó parcialmente a juicio, pero las pruebas desaparecieron, varios testimonios fueron modificados y el proceso terminó reducido a simples irregularidades policiales.

Meses después, cuando todo parecía haberse enfriado, Samuel apareció muerto en circunstancias nunca del todo aclaradas.

Abrió el navegador y empezó a buscar las noticias antiguas del caso.

Apenas quedaban referencias dispersas en hemerotecas digitales y foros olvidados.

La mayoría de enlaces devolvían errores o páginas eliminadas.

Encontró un artículo suyo publicado años atrás que ni recordaba que había escrito, lo leyó deprisa, intentando recordar detalles que en aquel momento, le parecieron insignificantes.

Siguió bajando por la pantalla hasta detenerse en una pequeña noticia publicada meses después del juicio.

Solo cuatro líneas: Samuel Varela había aparecido muerto en un piso de Vallecas como un posible suicidio.

Se quedó mirando la pantalla sin moverse.

No recordaba aquella noticia y eso le puso la piel de gallina.

Necesitaba respuestas y, por el momento, solo había una persona que quizás podía dárselas: Rubén Aguas, su antiguo jefe.

Cerró el portátil y contempló cómo la lluvia castigaba los cristales del salón.

Había algo enfermizo en todo aquello. El nombre de Samuel Varela llevaba años enterrado y, aun así, continuaba apareciendo delante de ella como si alguien se hubiera empeñado en devolverlo al presente.

Durante años había pensado que aquello solo había sido una investigación más, un escándalo policial que terminó diluyéndose entre titulares nuevos y noticias olvidadas.

Pero ahora ya no estaba tan segura. Había demasiadas cosas rotas alrededor de Samuel.

Buscó la dirección de su antiguo jefe en una agenda olvidada al fondo de un cajón del escritorio.

Le costó varios minutos encontrarla entre números antiguos, notas garabateadas y contactos que ya ni siquiera existían, hasta que finalmente apareció escrita con tinta azul junto a un nombre que llevaba años sin pronunciar en voz alta: Rubén Aguas.

Vivía en Horcajo de la Sierra, un pequeño pueblo en las afueras de Madrid al que, según recordaba, se había marchado poco después de abandonar el periódico.

Nadie supo decir con exactitud por qué dejó el trabajo.

Según la versión de Rubén Aguas, habló de cansancio, de estrés, de querer alejarse de la ciudad y del ritmo de la redacción.

Sin embargo, en aquel momento ya circulaban rumores extraños sobre él: investigaciones canceladas de repente, artículos desaparecidos antes de publicarse, llamadas incómodas que recibía de madrugada y conversaciones que terminaban en silencio cuando alguien entraba en la sala.

Cerró la agenda y cogió las llaves de casa mientras volvía a mirar el sobre manchado de sangre sobre la mesa del salón.

Continuaba allí como una presencia incómoda dentro del apartamento, deformado por la humedad y cargado con un peso que parecía llenar toda la habitación.

Durante un instante volvió a sentir el impulso de dejarlo todo exactamente donde estaba, llamar a la policía, entregar la lista y contar lo ocurrido en el metro para fingir después que aquella historia nunca había pasado por su vida.

Habría sido lo lógico, lo seguro, lo que cualquier persona normal haría después de ver morir a un hombre delante de ella.

Pero ya no estaba segura de qué significaba exactamente la palabra seguro.

Entonces le volvió aquella imagen que no lograba sacar de su cabeza: el rostro del hombre en el túnel justo antes de desplomarse sobre el andén, la manera desesperada en que le había agarrado la muñeca, y el auténtico terror reflejado en sus ojos mientras intentaba hablar con la poca fuerza que le quedaba.

Y, sobre todo, recordó aquella última frase pronunciada casi sin aire, rota por la sangre que le llenaba la boca:

— No confíes en nadie.

Las palabras seguían clavadas dentro de su cabeza desde la noche anterior, creciendo cada vez que pensaba en las noticias manipuladas, en la lista escondida dentro del sobre y en la rapidez con la que todo parecía estar siendo borrado.

Hizo una foto con el móvil al documento, después lo guardó en el sobre, y lo colocó en el armario, entre una separación de este y los cajones.

Mientras lo colocaba, una pregunta comenzó a abrirse paso entre todas las demás: si no podía confiar en nadie, ¿podía confiar en verdad en su antiguo jefe?