No confíes en nadie (Leticia Santos 3) 7
19%

7

Cuando cerró la puerta del baño, el silencio de la casa le pareció demasiado grande.

Durante unos segundos se quedó de pie en el pasillo, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

Encendió una luz y luego otra por puro instinto, llenando el piso de una claridad fría que no conseguía tranquilizarla.

En la calle, la lluvia no había dado tregua y seguía castigando la ciudad con una furia intensa.

En el interior, solo se escuchaba su respiración.

Se acercó a la ventana y apartó apenas un poco la cortina.

La calle estaba prácticamente desierta; el asfalto brillaba bajo las farolas y el agua corría por los bordillos formando pequeños riachuelos que arrastraban la suciedad hasta colarse en la alcantarillas.

Se quedó allí unos segundos, escrutando la oscuridad con la incómoda sensación de que alguien podía estar observándola desde cualquier punto de la calle, su miraba se centraba en buscar aquel coche negro.

No vio a nadie. Sin embargo, en lugar de aliviarla, aquella ausencia terminó por inquietarla aún más.

Cerró la cortina con un gesto rápido y apoyó la espalda contra la pared.

Desde que había abandonado la estación, comprendió que el miedo no había quedado allí abajo. Había vuelto con ella a casa.

Fue a la cocina, abrió el grifo, y se lavó las manos una y otra vez, aunque la sangre ya no estaba fresca. El agua corría clara, pero ella seguía frotando la piel con más fuerza de la necesaria, quería borrar algo más que una mancha.

Al regresar al salón, sus ojos se dirigieron hacia el sobre.

Seguía allí, sobre la mesa, deformado por la humedad y con la marca de sus delicados y temblorosos dedos.

Bajo la luz gris que entraba por las ventanas, aquel sobre parecía todavía más fuera de lugar.

Era un objeto que pertenecía a otro escenario distinto al de su apartamento, algo arrancado de una escena de crimen y abandonado por error entre libros, tazas de café y muebles corrientes.

Durante varios segundos no se acercó. Se mantuvo de pie observándolo desde la distancia, con una idea absurda atravesándole la cabeza: la sensación infantil de que quizá todo pudiera cambiar si no volvía a tocarlo, como si ignorarlo fuera suficiente para devolver las cosas a la normalidad.

Pero no ocurrió nada. El sobre siguió igual, inmóvil sobre la mesa, manchado de sangre seca y cargado con el peso insoportable de todo lo que había ocurrido desde el metro.

Tras varios segundos de una incertidumbre que ahora pesaba más que la curiosidad, se acercó despacio y se sentó frente a él, desafiándolo, aunque tampoco lo abrió de inmediato.

Primero lo sostuvo entre las manos y lo giró entre los dedos, sintiendo la textura áspera del papel humedecido, las arrugas formadas por la presión y las manchas oscuras donde la sangre había perdido color sin perder presencia.

Había algo profundamente perturbador en aquello.

Le costaba aceptar que un objeto tan simple pudiera haberse convertido en el centro de una persecución, de un asesinato y de una noche que todavía seguía sintiendo pegada a la piel.

Mientras lo observaba en silencio, no podía dejar de pensar en la forma desesperada en que el hombre muerto se lo había entregado antes de caer redondo, como si aquel sobre valiera más que su propia vida y aquello era lo que más miedo le daba.

Tomó aire antes de abrirlo, aunque el gesto le costó más de lo que esperaba, dado que una parte de ella todavía creía que mantener el sobre cerrado, pudiera retrasar lo que estaba a punto de descubrir.

Cuando separó el papel, el sonido áspero del sobre rompiendo el silencio de la habitación le pareció exageradamente fuerte dentro del apartamento.

Durante un instante permaneció quieta, escuchando únicamente la lluvia golpeando las ventanas y el murmullo lejano de la televisión encendida al fondo del salón.

Después, miró el interior. Las hojas aparecieron dobladas de forma irregular, arrancadas claramente de algún documento más grande.

Algunas tenían los bordes rasgados y faltaba un fragmento en la parte inferior, como si alguien hubiera eliminado deliberadamente una sección importante antes de esconderlas.

No parecían documentos guardados con cuidado, sino papeles ocultados deprisa, bajo presión, y lo más seguro que con miedo.

Los extendió con cuidado sobre la mesa intentando no dañarlos más y solo entonces se dio cuenta de que llevaba varios segundos conteniendo la respiración.

Esperaba encontrar páginas llenas de informes, listas interminables o más códigos imposibles de descifrar, pero no había nada de eso.

Solo cuatro nombres, escritos a mano con una letra clara y sorprendentemente ordenada, una caligrafía demasiado tranquila para el tipo de documentos que tenía delante.

No había títulos ni explicaciones, solo etiquetas a cada lado de los nombres.

A medida que los observaba, una presión lenta comenzó a cerrársele en el pecho, porque después de todo lo ocurrido aquella noche ya no podía mirar un nombre escrito en aquellas hojas sin preguntarse quién seguía vivo, quién estaba siendo vigilado, y quién había desaparecido ya sin dejar más rastro que una línea tachada dentro de algún archivo oculto.

Las repasó varias veces sin entender del todo la lógica.

No sabía si era una lista de víctimas o asesinos.

Volvió al principio, al primer nombre. Samuel Varela.

El aire de la habitación pareció volverse más denso, más frío, aunque no supiera explicar por qué.

El nombre seguía allí, entre otros dos, subrayado con una línea fina que no recordaba haber visto nunca, como si alguien lo hubiera añadido mientras ella no miraba o como si siempre hubiera estado allí esperando ese momento exacto.

Se quedó mirándolo demasiado tiempo, incapaz de apartar la vista, con la extraña sensación de que el papel no era el que estaba cambiando, sino ella.

Por un instante, el miedo dejó de ser ruido, movimiento o persecución, y se convirtió en algo mucho más simple y devastador: comprensión.