No confíes en nadie (Leticia Santos 3) 6
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A mediodía y estando en casa, con una ciudad que continuaba moviéndose con absoluta normalidad, haciendo como si nada hubiera ocurrido bajo tierra unas horas antes, encendió la televisión sin hacerle mucho caso, lo hizo más por necesidad de ruido que por verdadero interés.

El apartamento estaba demasiado silencioso y aquel silencio empezaba a resultarle incómodo y casi hostil.

Dejó que las imágenes pasaran de fondo mientras intentaba no pensar en el andén, en la sangre extendiéndose sobre las baldosas húmedas ni en la voz quebrada de aquel hombre muerto pronunciando su última frase.

Durante unos minutos solo hubo anuncios, tertulias vacías y noticias irrelevantes mezclándose en el murmullo constante del televisor.

Sin embargo, algo captó su atención, una noticia de última hora.

Se trataba de una imagen borrosa del metro, con la cinta policial  acordonando un andén bajo las luces frías de la estación.

Se incorporó despacio en el sofá, como si el cuerpo le pesara más de lo normal.

El reportero aparecía frente a la entrada de la estación con gesto serio, hablando de «un incidente ocurrido durante la noche en una estación del centro de Madrid».

La voz del presentador sonaba neutra y limpia para lo que ella había vivido allí abajo.

No dieron detalles, solo mencionaron la muerte como «posiblemente por ajuste de cuentas», aunque el caso, según explicaban, permanecía bajo investigación y no existía ningún riesgo para la población.

Nada más. Solo una versión fría, ordenada y casi clínica de algo que ella recordaba como un caos absoluto lleno de gritos, miedo y sangre.

Sintió un vacío extraño en el estómago mientras observaba las imágenes repetirse una y otra vez en la pantalla.

Alguien había decidido qué parte de la historia podía existir y cuál debía desaparecer antes incluso de que amaneciera. Alguien ya estaba limpiándolo todo.

Escuchó una breve descripción que el reportero mencionó casi de pasada, como si se tratara de un detalle irrelevante dentro de la noticia.

Según las primeras declaraciones recogidas por la policía, una mujer joven y rubia había sido vista abandonando la estación poco después del incidente.

Leticia no reaccionó de inmediato. Podía ser cualquiera, en una ciudad como Madrid, en una estación de metro a las doce de la noche de un lunes, aquella descripción no significaba nada por sí sola.

Miles de mujeres podían encajar perfectamente en algo tan genérico.

Sin embargo, sintió una incomodidad extraña creciendo poco a poco dentro de ella, una sensación fría e insistente que no conseguía apartar del todo.

Volvió a mirar la pantalla esperando que el reportero añadiera algo más, un nombre, una imagen o cualquier detalle concreto que desmontara aquella inquietud antes de que terminara de instalarse por completo en su cabeza, pero el informativo ya había pasado a otra noticia y la voz del presentador se mezcló enseguida con nuevos titulares y conversaciones vacías.

Se mantuvo en el sofá mientras la lluvia seguía golpeando las ventanas y el resplandor gris de la mañana se extendía sin prisa por el apartamento.

Después, bajó despacio la mirada hacia sus manos.

A pesar de haberse lavado varias veces durante la noche, todavía quedaban pequeñas manchas oscuras de la sangre de aquel hombre muerto incrustadas junto a las uñas.

Sin darse cuenta empezó a reconstruir todo lo ocurrido, encajando escenas que hasta entonces había intentado mantener separadas dentro de su cabeza.

Recordó al hombre empujando el carrito, la mujer dormida en el banco, y su propia carrera atravesando la estación hasta salir a la calle bajo la lluvia.

Cuanto más pensaba en ello, más insoportable se volvía aquella sensación de que algo no encajaba.

No estaban buscando únicamente a una mujer que hubiera presenciado un crimen, sino a una mujer que lo había vivido.

Todo era demasiado rápido, limpio, y preparado desde el principio.

Entonces comprendió desde la noche anterior, que quizá alguien ya estaba decidiendo qué papel debía ocupar ella dentro de aquella historia, antes incluso de que tuviera oportunidad de contar su propia versión.

Se dirigió al baño casi por inercia, arrastrando los pies con un cansancio sordo y pesado que la visita a la redacción solo había conseguido empeorar.

Le pesaban los párpados y sentía una presión sorda detrás de los ojos, como si el cerebro hubiera renunciado a procesar nada más.

Cuando encendió la luz, el tono amarillento del techo iluminó la ropa que había dejado tirada horas antes junto a la ducha.

Seguía allí, arrugada, húmeda en algunas zonas, y marcada por varias manchas oscuras que el tiempo había secado pero no conseguido disimular.

La sangre permanecía adherida al tejido como una prueba imposible de ignorar.

Se agachó despacio, sintiendo cómo las rodillas le temblaban por la pura falta de sueño, y sostuvo la chaqueta entre las manos.

El tejido estaba rígido donde la sangre se había endurecido.

El simple contacto áspero hizo que regresaran de golpe imágenes que llevaba horas intentando apartar de la cabeza.

Durante un instante largo, la mente se le quedó completamente en blanco, atrapada en un bucle absurdo.

Pensó en meter toda aquella ropa en una bolsa y deshacerse de ella, borrar cualquier rastro físico de la noche anterior antes de que aquello terminara contaminándolo todo.

Era lo lógico, era lo que tenía que hacer, pero el cuerpo no le obedeció.

Se quedó inmóvil, sentada en el suelo del baño con la prenda entre los dedos, incapaz de ejecutar el movimiento, y superada por la simple tarea de buscar una bolsa de basura.

Terminó dejando caer la chaqueta sobre una silla.

El sonido seco de la tela resonó en el baño silencioso con una fuerza exagerada.

Permaneció mirándola, paralizada por la certeza incómoda de que aquella ropa ya no le pertenecía a su vida normal.