5
El taxi la dejó en casa cerca de las dos de la madrugada, agotada, empapada y todavía temblando.
Se quitó la ropa húmeda y manchada al fondo del baño sin atreverse a mirarla demasiado tiempo.
La sangre seca sobre la tela le producía una sensación extraña y casi irreal, como si perteneciera a otra persona.
Después se metió bajo la ducha y permaneció allí largo rato, inmóvil, dejando que el agua caliente le golpeara la espalda mientras el vapor cubría el espejo.
Pero ni el calor ni el agua consiguieron borrar lo que había visto aquella noche.
Seguía sintiendo el olor metálico de la sangre atrapado en la nariz.
Seguía viendo el cuerpo de aquel hombre desplomándose sobre el andén cada vez que cerraba los ojos.
Cuando por fin salió de la ducha, se envolvió en una toalla y recorrió la casa en silencio, incapaz de encontrar refugio en un lugar que hasta entonces, siempre le había parecido seguro.
Cerró la puerta con llave, comprobó dos veces las ventanas y dejó el móvil sobre la mesa de su dormitorio sin apartar la vista de él, como si esperara que sonara en cualquier momento.
No llegó ninguna llamada, solo un silencio denso que hacía más presentes los recuerdos de la noche.
Cuando finalmente se tumbó en la cama, el cansancio no trajo descanso, sino un silencio espeso, incómodo, roto por la lluvia golpeando las ventanas y el rumor lejano de algún coche atravesando la avenida bajo el agua.
Dio vueltas durante horas entre las sábanas deshechas, incapaz de desconectar la cabeza.
Cada vez que conseguía quedarse medio dormida, las imágenes regresaban con la misma violencia: el túnel, los fluorescentes parpadeando, el cuerpo desplomándose sobre el andén y aquella mirada aterrorizada clavándose en ella apenas unos segundos antes de morir.
Pero, por encima de todo, volvía siempre la misma frase, pronunciada con el último aliento, sencilla y enigmática a la vez: «Busca Arcoíris treinta y cuatro».
No sabía qué significaba, ni si era un lugar, una contraseña o el nombre de alguien.
Solo tenía una certeza: un hombre había entregado su vida para que ese mensaje llegara hasta ella, y ahora ya no podía fingir que nunca lo había escuchado.
Las palabras parecían haberse quedado atrapadas dentro de su cabeza, repitiéndose una y otra vez con la misma voz rota del hombre del metro.
Cuanto más pensaba en ellas, más aumentaba aquella sensación insoportable de que había tropezado con algo demasiado grande, algo que llevaba tiempo en la oscuridad bajo capas de un sepulcral silencio.
El despertador marcó las ocho de la mañana y aunque apenas había dormido, a las nueve estaba entrando por la puerta de la redacción.
Sin apenas detenerse a saludar a nadie, caminó directa hacia el despacho de su jefe.
El periódico ya había despertado del todo; teléfonos sonando, teclados golpeados con prisas, conversaciones cruzándose entre mesas abarrotadas de papeles y vasos de café medio vacíos.
El olor a tinta llenaba el aire con esa sensación caótica y familiar de las mañanas en cierre.
Pero aquella vez, todo le parecía distante, como si estuviera atravesando un lugar que ya no terminaba de pertenecerle.
Empujó la puerta del despacho sin llamar.
El hombre levantó la vista del ordenador y la observó en silencio durante varios segundos.
Al principio, no dijo nada, solo la miró con esa expresión cansada de quien lleva demasiados años viendo periodistas llegar destrozados después de perseguir historias equivocadas.
Leticia contempló su propio reflejo en el cristal oscuro de la ventana situada detrás del escritorio.
Las ojeras marcadas bajo los ojos, el pelo todavía húmedo cayéndole de forma desordenada sobre los hombros, y la ropa mal colocada y arrugada, daba la sensación de que se hubiera vestido deprisa sin terminar de despertar.
Parecía una versión deteriorada de sí misma, una mujer que había envejecido varios años en una sola noche.
Durante un instante pensó en darse la vuelta y marcharse, en fingir que nada había ocurrido, pero el peso del sobre dentro del bolso seguía allí, recordándole que ya era demasiado tarde para poder dejarlo.
—Tienes cara de llevar tres días sin dormir —dijo al fin su jefe.
—He pasado una mala noche —respondió ella demasiado rápido—. Unos vecinos… no paraban de discutir.
El jefe entrecerró ligeramente los ojos, como si no terminara de creérselo, pero tampoco quería insistir.
—Necesitaría unos días libres —añadió Leticia.
—¿Para qué?
La pregunta la dejó un segundo en blanco. En su cabeza apareció el andén, el sobre, la sangre… Y la voz del policía ya rota:
«No confíes en nadie.»
—Asuntos familiares —dijo.
El silencio se estiró más de lo necesario. El jefe no apartó la mirada. Tampoco aceptó ni rechazó la respuesta de inmediato, como si estuviera sopesando algo más allá de lo que ella acababa de decir.
—Estamos con mucho trabajo, y necesitaría que echases una mano a los de investigación. Están con el tema de la corrupción y no dan abasto.
Leticia levantó lentamente la vista. Durante un instante apenas escuchó el final de la frase.
En lugar del despacho veía otra vez el túnel del metro, el policía desplomándose contra el suelo y la sangre extendiéndose bajo la luz blanca de los fluorescentes.
Se vio a sí misma corriendo sin entender todavía por qué, aferrando contra el pecho un sobre que ni siquiera había querido abrir al principio.
—¿Leticia?
La voz de su jefe la devolvió de golpe al despacho. Parpadeó varias veces antes de reaccionar.
—Sí… perdona.
Él la observó con atención desde el otro lado de la mesa, como si llevara varios segundos esperando una respuesta.
—¿Seguro que estás bien?
Leticia dudó un instante de más. Después forzó una leve sonrisa y asintió.
—Solo necesito descansar un poco.
Su jefe suspiró, apartó unos papeles a un lado del escritorio y terminó por asentir.
—De acuerdo. Tómate unos días libres. Te vendrá bien desconectar.
—Gracias, jefe.
Estando en la puerta, con la mano puesta en el pomo, su jefe se dirigió a ella.
—Leticia, ¿no estarás investigando nada por tu cuenta?
Ella se giró y, con toda la naturalidad que el peso de la noche anterior le dejaba, le contestó:
—No, si lo estuviera, se lo diría.
Su jefe no quedó nada convencido. Salió del despacho con la autorización en la mano y recorrió el pasillo de la redacción casi por inercia.
Varias personas seguían trabajando frente a sus ordenadores, ajenas a todo lo que había ocurrido durante la noche.
Nadie levantó la vista cuando pasó. Aquella normalidad le resultó extraña, incluso incómoda.
Mientras abandonaba el edificio comprendió que el cansancio era solo una parte del problema.
Lo que de verdad la desbordaba era el peso de un secreto que no podía compartir con nadie.